Nº 549
31/3/2003

Que no yerre la Corona

Esta guerra está poniendo muchas cosas patas arriba. Los que la planearon incluso antes de que George W. Bush ocupara la Casa Blanca –¿se sabrá algún día cómo se perpetró aquel gran pucherazo electoral y cuáles fueron sus causas últimas?– no contaban con la reacción de la opinión pública o de la ciudadanía a escala mundial. Pensaron que tendrían todo bajo control. Menospreciaron a las gentes de a pie, esa mayoría que Nixon describía como silenciosa y que, harta de tanta insolencia,  ha roto a hablar, a gritar y a protestar contra la ley abominable del más fuerte.

Supusieron erróneamente que habría bastante, y de sobras, con los misiles y las bombas llamadas sin pudor inteligentes. Creyeron que doblegarían la voluntad de los países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Se dispusieron a un paseo militar hasta Bagdad, donde los lugareños recibirían a las tropas liberadoras entre vítores y banderitas de los victoriosos. ¿Cómo iba a contar Bush II con el portazo de Alemania, primero, y después de Francia, de Rusia, de China, de México, de Chile y hasta de los tres países africanos?

Las corrientes profundas –hasta hoy sumergidas– de la sociedad han emergido con fuerza. Estos días de tribulación y de rabia, de horror y de muerte, cuando de nuevo las armas han sustituido al diálogo, ha nacido –súbitamente, de forma sobre todo espontánea– una nueva potencia. Está  constituida por millones de hombres y mujeres de buena voluntad que han dicho ¡basta! a los poderosos que hacen la guerra siempre en nombre de algún  dios –el único Dios verdadero es el de la paz– para repartirse luego el botín como los buitres.

La movida es tremenda, apenas sin precedentes. Ha provocado convulsiones múltiples. Tal vez no ha hecho más que empezar. En España, y entre otras cosas diversas, ha generado un debate, todavía embrionario, sobre la Monarquía. O sobre el Rey. Ha sido EL SIGLO la publicación pionera al respecto. Cuando todos miraban hacia otro lado, esta revista ha abordado la cuestión con cordura pero sin desdeñar que se trata de un problema capital. Son tiempos éstos en los que, por fortuna, hasta lo que parecía tabú se ha convertido en discutible.

El Rey al fin ha hablado. Algunos han interpretado sus palabras como un subliminal toque de atención a Aznar. Otros consideran que al Rey le han faltado reflejos y que ha actuado tarde y de modo manifiestamente mejorable. Aquellos sostienen que el Rey se ha ceñido a su estricto papel constitucional. Reina, no gobierna y ha de asumir la política del Gobierno de turno. Pero quizás haya que calibrar que la situación actual empieza a ser una situación límite. Esto no es una crisis coyuntural. Es una crisis política de fondo. 

La mayoría de los españoles no son monárquicos, sino juancarlistas. Pero el Gobierno del PP ha ninguneado al Rey y, además, le obliga –de acuerdo, ciertamente, con la Constitución– a que secunde su política. Ahora el rostro de Juan Carlos refleja de algún modo el de Aznar. Y Aznar se encuentra en caída libre. ¿Puede arrastrar en su acelerado descenso al Rey?  Hace pocas semanas el título de mi comentario –como modesto aviso para  navegantes– era: Banderas republicanas. Las enseñas tricolores no sólo no han menguado, sino que nunca se habían visto tantas. Ojo con los daños colaterales de una guerra maldita. Que no yerre la Corona.

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