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Banderas republicanas En La Ventana de la SER, Gemma Nierga preguntó sobre cuál ha de ser el papel del Rey, mudo hasta el presente, frente al gravísimo conflicto de lrak. La cuestión resulta relevante, teniendo en cuenta que el Gobierno se ha alineado -sin la más mínima vacilación- con las tesis de George W. Bush, mientras que el 94% de los ciudadanos rechazan la guerra y todos los partidos, incluidos los tradicionales aliados del PP, como CiU y CC, aplauden a Francia y critican acerbamente a José María Aznar. Santiago Carrillo, presente en la tertulia, defendió el silencio del Rey poniendo como ejemplo -tan clásico y tan válido- a la Monarquía británica. La Reina asume, ante la Cámara de los Comunes, la política del Gobierno de turno. Es decir, que el fundamento último -y a la postre legitimador- de la Monarquía parlamentaria descansa en el principio de que el Rey reina, pero no gobierna. Lo mismo sostuvo, el jueves 27 de febrero, el catedrático Javier Pérez Royo en la tertulia de Iñaki Gabilondo. Un oyente inquirió sobre qué tenía que decir a su hijo de once años, quien le había interrogado sobre por qué el Rey no se ponía del lado de la mayoría de los españoles. Ni Carrillo -con quien compartir colaboración en El SiGLO me produce, por cierto, enorme satisfacción ni Pérez Royo son sospechosos de connivencias con esta Administración norteamericana. Todo lo contrario y, menos aún, en lo referido al terrible fantasma de la guerra. Pero a ambos les asiste la razón. Sin embargo, cada día parece más lógico que cunda entre la ciudadanía tal inquietud. El abismo entre el Gobierno del PP y la opinión pública se ensancha peligrosamente, sin que deba excluirse de tal distancia a miles de mílitantes o votantes de la derecha, perplejos e irritados por la sumisión de Aznar a Bush, cuando la derecha francesa, sin ir más lejos, mantiene la dignidad gracias a Jacques Chirac, arropado en esta ocasión suprema por el apoyo mayoritario, desde la derecha a la izquierda, de los franceses. Al respecto, no debe obviarse tampoco cuál está siendo el admirable trabajo del Papa por la paz, a pesar del desdén hacia él que ha exhibido Bush, quizás inspirado para la ocasión por el supernumerario del Opus Federico Trillo, ministro de Defensa y, como otros colegas suyos de Gabinete, aficionado a la caza en tiempos de zozobra. Entre perdiz y perdiz, Trillo debió de impartir al embajador de EE UU en España, distinguido compañero de cacería, su lección teológica sobre desobediencia al Pontífice. Con motivo del referéndum de la OTAN, el Rey anunció que él y su familia, excepcionalmente, irían a votar. Dejó así a Fraga -que patrocinaba la abstención como fórmula para liquidar a González con su culo de oportunista al aire. Las relaciones entre el Rey y el actual presídente del Gobierno son deficientes y tensas. Aznar no le deja apenas cancha. Pero el articulo 63/3 de la Constitución dice: "Al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes Generales, declarar la guerra y hacer la paz". Intente, pues, el Rey "hacer la paz" y que sea la mayoría del PP, si acaso, quien rechace la propuesta. Hágalo, Majestad, por el bien de España y de la Humanidad. Y también por el suyo. Habrá observado, ciertamente, Su Majestad, que la bandera republicana se multiplica en la calle a cada manifestación multitudinaria. Por algo será. |