Nº 541
3/2/2003

¿Cuento de la lechera?

Fue Ana Botella quien le anunció a  Zarzalejos, director de ABC, que “el sucesor será el que tenga más posibilidades de ganar las elecciones”. Poco después, Ruiz-Gallardón –entrevistado por Gabilondo– hizo una exhibición de habilidad retórica o de malabarismo dialéctico al ser preguntado si él estaba en la batalla sucesoria. No dijo  que no, de modo que quedó claro que Gallardón continúa aspirando a la Presidencia del Gobierno, como  él mismo, hace ya tiempo, había declarado, aun a sabiendas de que con ello se incrementaba el foso de su desencuentro con Aznar.

Sin embargo, la carta Gallardón forma parte de esos golpes de efecto que tanto apasionan al jefe del Ejecutivo. Su propia renuncia a presentarse a una tercera reelección constituyó asimismo un audaz golpe de efecto en 1995, cuando Anson ensalzaba la fórmula americana en cuanto a la limitación temporal de mandato. Lo hacía Anson, sobre todo –jaleado por sus colegas de movida–, con el fin de resaltar los riesgos de la perpetuación de Felipe en el poder. Comparaban al PSOE con el PRI, silenciando –intencionadamente– que en México también está tasada la duración del mandato presidencial, lo que no impidió, por cierto, 80 años de PRI.

Detrás de aquella promesa –que ha abocado al PP a sufrir el síndrome de la incertidumbre sucesoria– conviene no buscar motivos vinculados al regeneracionismo, a la renovación o a la ética. Hubo oportunismo, según reconoce –aunque eludiendo este vocablo– el autor de tal invento, que fue Miguel Ángel Rodríguez. Funcionó el impulso convulsivo que mueve a los magos de circo a extraer conejos de la chistera con el lógico afán –en su oficio– de llamar la atención del público incauto. Aznar es un especialista acreditado en semejantes menesteres.

Gallardón había caído en desgracia. Pero Aznar, siendo  muy rencoroso,  es menos rencoroso que pragmático. Intuyó, a la vista de los estudios electorales que le suministraron sus asesores, que únicamente Gallardón podía impedir la victoria en Madrid de Trinidad Jiménez. Después del acceso de Tierno Galván a la alcaldía, llegó González a Moncloa. Detrás de Álvarez del Manzano, llegó Aznar. Convencido Gallardón de su trascendental misión, Aznar le añadió, o aceptó –que da lo mismo–, a Ana Botella, destinada a ser el hada madrina de la operación y, en España, la estrella electoral para la abundante prensa  afín.

Por último, Aznar le ha colocado de número dos teórico –la número dos de verdad es Botella– a otra persona de estricta confianza: Pío García Escudero. El presidente regional del PP en Madrid fue compañero de colegio de Aznar y mantienen desde entonces la amistad. Cuando fue presidente de Castilla y León, Aznar lo nombró director general de Patrimonio. La apuesta de Aznar parece cada vez más nítida. Una vez salvado Madrid de los progres –lo que tiene que hacer Gallardón con holgura, mientras se registra un descenso generalizado del PP–, las encuestas pueden proyectarlo como el candidato a presidente con “más posibilidades de ganar las elecciones”.

Gallardón, a Moncloa; Botella, alcaldesa, y Aznar moviendo cómodamente los hilos, pues no hay mayor sumisión al padre que la del hijo pródigo vuelto a casa, colmado de cariño y de honores. Dentro de unos años, con experiencia de gestión, ¿por qué la sucesora de Gallardón en Moncloa no acaba siendo Botella? ¿Ciencia ficción? ¿Cuento de la lechera? Probablemente. Pero, en parte, que esto sea cierto o no dependerá de Trinidad Jiménez.

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