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Tal
como estamos
Hubble Gardner, personaje de Tal como éramos, cuya acción transcurre en la época de McCarthy, afirma en el transcurso de la película: “No tenemos libertad de expresión en este país... Esta política es propia de gentes de mentalidad cerrada, y es estúpida y peligrosa”. La cita está extraída del libro Oficial y confidencial. La vida secreta de J. Edgar Hoover, escrito por el periodista británico Anthony Summers. Hoover fue el temible director del FBI a lo largo de casi 50 años. El maccarthysmo se caracterizó por practicar la caza de brujas en EE UU contra comunistas, sospechosos y disidentes, heterodoxos o herejes. Fue una persecución implacable y sórdida. Hoover –un tipo ideológicamente de extrema derecha y sin escrúpulos– prestó apoyo logístico al senador McCarthy. Tampoco estos de ahora son, precisamente, los mejores tiempos para la libertad de expresión en EE UU. La Administración Bush así como el vendaval de miedo y de patrioterismo que generó el 11-S –y que se prolonga a la espera del nuevo ataque contra Irak– constituyen un freno objetivo al desarrollo del periodismo crítico. Abundan, en este sentido, penosos ejemplos recientes incluso en medios tenidos allá por progresistas. Las circunstancias, sin embargo, no son las mismas y, por tanto, resultaría exagerado señalar que, en la actualidad, ha resucitado en América el maccarthysmo. Su resurrección, por el momento al menos, es solamente parcial. Del mismo modo, equiparar lo que sucede en la España del PP respecto a la libertad de expresión con el franquismo sería todavía más inexacto que el parangón entre los años de McCharthy y los de Bush. Pero es cierto que –desde la recuperación de la democracia– nunca se había estado aquí tan bajo mínimos. Ni con UCD. Ni tampoco con el PSOE. Ambos partidos cometieron errores y ambos incurrieron en arbitrariedades, aunque conviene no olvidar que la libertad de prensa no depende sólo de los Gobiernos de turno, sino de los intereses de quienes, en el ámbito privado, manejan los medios. El PP ha rebasado límites no previsibles. Ha procurado imitar el estilo Berlusconi. Ha procedido a reformas estructurales de gran calado como la de Telefónica, empresa que fue privatizada, entre otras razones, con el fin de crear un gran holding mediático al servicio del PP. El Gobierno ha asaltado sin recato, ni miramientos, RTVE. Sus promesas reformistas sobre el audiovisual público se han quedado en letra muerta. Ha nombrado, destituido o vetado altos cargos y hasta colaboradores, columnistas o tertulianos tanto en los medios públicos como en los privados. La nueva legislación impidiendo poseer, o formar parte como accionista, de una televisión de ámbito estatal y, al mismo tiempo, de otras de carácter local supone un nuevo escándalo tanto en el fondo como, sin duda, en la forma, claramente antidemocrática. La voluntad de control mediático de este Gobierno es insaciable. Como Saturno, ha empezado a devorar, además, a sus propios hijos. Más allá de otras consideraciones, los casos recientes de Pedro J. y de Isabel San Sebastián certifican hasta qué grado el aznarismo no tolera la más mínima disidencia interna. Aznar, aquel político justiciero, que lanceaba a González por las corrupciones de algunos desalmados vinculados al PSOE, prefiere proteger ahora a su amigo Alierta sacrificando a periodistas que han estado a su lado desde hace años. Esta es, pues, a grandes rasgos, la situación en España, amigo Hubble. Tal como somos. O como estamos. Aquí también hay gente poderosa de mentalidad cerrada, estúpida y peligrosa. |