Nº 520
2/9/2002

Entre los superpijos

Fue presentado como un hombre normal. Como cualquier ciudadano. Un español más. José María Aznar López era ese vecino que todos tenemos y que ni es mucho ni poco, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre, ni listo ni tonto, cordial lo imprescindible, tímido, distante y reservado, tenaz pero no brillante. En fin, un tipo que llama poco la atención; eso sí, un hombre de fiar, de una pieza. ¿Un político? De los que escasean, insistían sus propagandistas.

Cuando le tocó formarse, se formó, dejando de lado veleidades ideológicas, compromisos políticos y otras movidas irresponsables de muchos jóvenes de su tiempo. Él estudiaba. Preparaba oposiciones. Sería un probo funcionario. Se enamoró de una compañera de curso, quería casarse. Pasaba del antifranquismo. Se casó sin haber terminado los estudios. Quizás fue ésta una de las pocas excentricidades que, para aquella época, se permitió dentro de su aurea mediocritas, ese lugar indefinido, de gente mesocrática, con aspiraciones disimuladas, no hay que arriesgar, si me llega la oportunidad la aprovecharé, ojo, más vale pájaro en mano. Era, pues, uno más. Un hombre normal, repetían entusiasmados, que, de ado~ lescente, había sido, vaya por Dios, falangista de los de la revolución pendiente. Pero esto sus aduladores lo silenciaban: empezaba a ser de mal tono.

El hombre normal llegó a presidente. Ahora se le casa la hija. La boda lo retrata: era ficcticia su normalidad. Más que uno más, fue un engañabobos. Este hombre y su esposa han convertido el enlace de Anita con el ambicioso Agag en la exaltación de su omnipotencia. No han invitado tanto a los amigos, como, sobre todo, a los poderosos. Tamaña exhibición de vanidad sólo es comparable, como ya escribí en EL SIGLo, a la desplegada por

el Caudillo con motivo del matrimonio de Carmencita Franco con Cristóbal Martínez‑Bordiu, aunque el dictador no pudiera contar, por razones obvias, ni con la presencia del premier británico ni con la del italiano. Pero ahora Tony Blair y Silvio Berlusconi serán testigos de la boda, mientras los Reyes realzarán el acto y el presidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela, administrará el sacramento.

Es la apoteosis del aznarismo, como lo fuera el Congreso del PP ‑el del anuncio del adiós, el de su beatificación en vida‑, como tantas otras circunstancias que lo sitúan muy por encima de los demás mortales. El presidente no ha ido a Johannesburgo, a una nueva reunión contestataria, qué ordinariez, por motivos personales. No quiere perderse ni un minuto de la boda del siglo. No necesita ya camuflarse en el disfraz de la normalidad para ganar votos. No oculta que le va la opulencia, sin reparar en gastos. Por cierto, ¿se ha hecho rico Aznar de pronto? ¿Le ha tocado la lotería o ha tenido que pedir otro crédito ‑según hiciera para comprarse el chalé de su retirada‑ con el fin de pagar una cifra exorbitante, como la destinada a este fasto imperial? Ese crédito, en caso de haberse producido, ¿se lo ha concedido el banco portugués donde el nuevo primer ministro del país vecino tuvo a bien colocar, como alto ejecutivo, a Agag, el yerno?

Nunca fue Aznar normal en el sentido tradicional del término. Pero la boda confirma sin paliativos que Aznar, Botella y compañía forman parte ya de la casta de superpijos, donde probablemente siempre hubieran querido estar. En esa ubicación, desde luego, resulta lógico pensar que España va bien. En todo caso, ¡vivan los novios! Que sean felices y coman perdices.

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