Nº 516
8/7/20021

Tiempos de rencor

El otro día, en un acto del PP para enaltecer -más aún­ la presidencia española de la UE, José María Aznar exhibió alguna de sus razones para poner los pies sobre la mesa, como George W. Bush, las poses idénticas a las del Emperador: de igual a igual. En Europa, por ejemplo, no hay qu¡en le tosa. "En Portugal ‑reveló un Aznar pletórico‑ me dicen que se han inspirado en el PP español; en Italia que sólo me falta presentarme a las elecciones; en Francia, que quieren hacer lo mismo que hemos hecho nosotros aquí, y llega el congreso del CDU alemán y dicen que quieren hacer la política del PP".

¿Cuáles son las elecciones, por cierto, a las que debería presentarse Aznar, según sus amigos italianos: las de aquel país o las de España? Es una lástima que no lo aclare. En Italia, tal hipótesis no le habrá hecho ninguna gracia a Il Cavaliere, uno de los invitados de honor a la boda del siglo XXI, junto a Blair y otros Príncipes de este Renacimiento liberal aderezado con condimentos ultramontanos. En España, esa posibilidad llega con retraso. Aznar cruzó el Rubicón en enero, cuando se despidió de sus fieles y decidió ascender a los cielos de la Historia.

Mientras, sin embargo, todavía no se ha pronunciado sobre quién es el llamado a ejercer de Pedro, el que garantice la continuidad de su Iglesia. De momento, ha incluido a Ángel Acebes en el pelotón de cabeza. Cuando irrumpen los primeros síntomas de la tempestad, con Cascos y Fraga cabildeando, Aznar juega a sibila, aprovecha el cumpleaños de Acebes y vacila con el número cuatro: 44 años, 4 años en el Gobierno y cuarto, como titular de justicia, en el orden de los ministros. Esta fue la fórmula de la entronización atisbada: "Enhorabuena, que lo estás haciendo muy bien"

Él ejerce de Pontífice. Javier Arenas, de cardenal del Santo Oficio. "El PP es uno", clama Arenas. Ni familias, ni corrientes, ni tendencias. Los ortodoxos del Movimiento Nacional sostenían exactamente lo mismo. En los debates de las Cortes de finales de los sesenta y principios de los setenta argumentaban ardorosamente los procuradores aperturistas, partidarios del Movimiento comunión ‑acorralados por la mayoría roqueña del Movimiento organización‑ en favor del pluralismo, limitado, faltaría más, a los distintos sectores sobre los que se había cimentado el Régimen. Querían abolir el Decreto de Unificación por el que fueron prohibidos los partidos que apoyaron la insurrección del 36 e incorporados al Movimiento.

Eran aquéllos debates bizantinos, perfectamente estériles. Como lo son las proclamas de Javier Arenas consagrando el monolitismo del PP. la unidad ha funcionado en los últimos años, porque el PP consiguió salir del túnel de tantas zozobras y de inacabables intrigas, venciendo al fin a los socialistas y gobernando sin agobio gracias a la prosperidad internacional. Pero la bonanza se acaba y el general victorioso se retira. las condiciones objetivas -a las que antaño aludían los seguidores de un pensador ahora proscrito, aunque aún útil- facilitan el fin de la calma. En el PP se ha abierto la batalla de la sucesión. No será incruenta. Y no ha hecho más que empezar.

La inclusión de Acebes en la carrera sucesoria complica más la situación. Porque hay indicios para pensar, como advirtiera recientemente Felipe González, que se trata del tapado. Es el más moldeable de los cuatro: nada complace más a Aznar. Se avecinan, pues, tiempos propicios para el rencor y las conspiraciones. Volverán pronto las derrotas.

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