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Nº 673
5/12/2005

Duelo de titanes

La gira europea del presidente Hu Jintao y la visita a China del presidente Bush, ambos acontecimientos en este mes de noviembre, parecen confirmar la confianza en que China se comporte como un "accionista responsable" en la economía y la política de este mundo. La expresión, acuñada por Robert Zoe-Ilick, subsecretario de Estado de los Estados Unidos, ha hecho fortuna en relación con la superpotencia emergente en vísperas de una visita oficial que, una vez más, ha contribuído a poner al día la lista de esperanzas, temores, hipótesis y cálculos que por parte estadounidense se confecciona con la mirada puesta en China. En definitiva, desde el otro lado del Pacífico se estima que China supone a largo plazo un destacado elemento de rivalidad, incluso de confrontación, dotado de un poderío militar en crecimiento, con capacidad además para alterar los mercados mundiales por su insaciable apetito de materias primas y suministros energéticos, por su actualización tecnológica y su agresividad demográfica y comercial. Si todo esto se acompaña de una relativa indiferencia hacia los derechos humanos, la democracia y la propiedad intelectual, los resultados de la eficacia y el pragmatismo de los chinos pueden ser incontenibles.

Los modelos comparativos para este nuevo duelo de titanes entre los Estados Unidos y China, oscilan según los tratadistas entre el escenario Estados Unidos–Unión Soviética de la Guerra Fría y el escenario Estados Unidos–Japón de la II Guerra Mundial, siempre entre potencias muy abiertas al Océano Pacífico con grandes intereses en la zona. debate al respecto tiene gran interés político y doctrinal y se renueva constantemente, verificándose de alguna manera que en el Pacífico no hay espacio suficiente para dos grandes potencias. A fin de cuentas, el duelo actual registra la presencia de factores japoneses y soviéticos; se trata de un complejo de relaciones odio–amor, rivalidad–cooperación, mezquindad–altruismo, etc., entre chinos y estadounidenses en que no hay sector de la Administración y el mundo académico de los Estados Unidos que no participe de manera muy activa para analizar los síntomas provocados por la llamada fiebre china. Así se explica que en el viaje del presidente Bush hubiera todo un séquito con quejas diversas contra China, con el común denominador apuntando a una superpotencia muy competitiva con la que incluso puede llegarse a un encontronazo de índole estratégico por mercados y zonas de influencia territorial, militar o ideológica.

Efectivamente, en el coro antichino figuran los llamados moralistas neoconservadores, que siguen criticando la política de apaciguamiento y normalización diplomática que Nixon y Kissinger iniciaron con brillantez en los años 70, por parte de una Administración también republicana y en los peores años de la guerra del Vietnam; los especialistas en cuestiones de defensa que denuncian sin parar la tensión armamentística de China, capaz, según un informe del Pentágono del pasado mes de julio, de proyectar aún mas su fuerza militar en el teatro asiático, mucho más allá de Taiwán; los preocupados en cuestiones religiosas, que ponen de manifiesto el ateísmo del régimen comunista y la falta de libertad de cultos, a los que finalmente se unen sociólogos y politólogos para criticar laausencia de democracia y de proyectos para instaurarla, el monopolio del poder por el Partido Comunista, la insensibilidad oficial hacia los derechos humanos, el mantenimiento y frecuente aplicación de la pena de muerte, etc., todo lo cual hace profundamente incompatibles los sistemas políticos respectivos.

No proliferarían argumentos y objeciones si se tratara de un país insignificante, si China no tuviera capacidad suficiente como para modificar el orden internacional y la posición que en él ocupan los Estados Unidos. Por ello, la fiebre china o la chinofobia carecen de viabilidad, tanto en Estados Unidos como en Europa, ante la presencia de un fenómeno imparable y vertiginoso de construcción nacional en un país hasta hace poco tiempo humillado y preterido pero que hoy se pone el mundo por montera sin ningún miedo a irritar a Washington, Nueva York o Bruselas; China amenaza a Taiwán, negocia con Venezuela, Irán, Cuba, Zimbabwe y Sudán, tiene armas nucleares y posiciones propias en el Consejo de Seguridad, conserva el monopolio del poder en manos comunistas pero al mismo tiempo enfatiza el crecimiento económico y la dinámica nacionalista, haciendo uso amplísimo de las facilidades del sistema capitalista sin ningún resquemor ideológico, etc. Sospechosa, además, de especular con divisas y de traficar con armas de destrucción masiva, afortunada perceptora de inversiones internacionales también masivas, la atracción y el rechazo se comparten ante una gigantesca nación como China, otrora un inmenso vacío, a la que Occidente y el mundo, tal y como conocemos hoy, deberá necesariamente acoplarse ajustando sus duelos.

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