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Duelo
de titanes
La
gira europea del presidente Hu Jintao y la visita a China del presidente
Bush, ambos acontecimientos en este mes de noviembre, parecen confirmar
la confianza en que China se comporte como un "accionista responsable"
en la economía y la política de este mundo. La expresión,
acuñada por Robert Zoe-Ilick, subsecretario de Estado de los Estados
Unidos, ha hecho fortuna en relación con la superpotencia emergente
en vísperas de una visita oficial que, una vez más, ha contribuído
a poner al día la lista de esperanzas, temores, hipótesis
y cálculos que por parte estadounidense se confecciona con la mirada
puesta en China. En definitiva, desde el otro lado del Pacífico
se estima que China supone a largo plazo un destacado elemento de rivalidad,
incluso de confrontación, dotado de un poderío militar en
crecimiento, con capacidad además para alterar los mercados mundiales
por su insaciable apetito de materias primas y suministros energéticos,
por su actualización tecnológica y su agresividad demográfica
y comercial. Si todo esto se acompaña de una relativa indiferencia
hacia los derechos humanos, la democracia y la propiedad intelectual,
los resultados de la eficacia y el pragmatismo de los chinos pueden ser
incontenibles.
Los modelos comparativos para este nuevo duelo de titanes entre
los Estados Unidos y China, oscilan según los tratadistas entre
el escenario Estados UnidosUnión Soviética de la Guerra
Fría y el escenario Estados UnidosJapón de la II Guerra
Mundial, siempre entre potencias muy abiertas al Océano Pacífico
con grandes intereses en la zona. debate al respecto tiene gran interés
político y doctrinal y se renueva constantemente, verificándose
de alguna manera que en el Pacífico no hay espacio suficiente para
dos grandes potencias. A fin de cuentas, el duelo actual registra la presencia
de factores japoneses y soviéticos; se trata de un complejo de
relaciones odioamor, rivalidadcooperación, mezquindadaltruismo,
etc., entre chinos y estadounidenses en que no hay sector de la Administración
y el mundo académico de los Estados Unidos que no participe de
manera muy activa para analizar los síntomas provocados por la
llamada fiebre china. Así se explica que en el viaje del
presidente Bush hubiera todo un séquito con quejas diversas contra
China, con el común denominador apuntando a una superpotencia muy
competitiva con la que incluso puede llegarse a un encontronazo de índole
estratégico por mercados y zonas de influencia territorial, militar
o ideológica.
Efectivamente, en el coro antichino figuran los llamados moralistas neoconservadores,
que siguen criticando la política de apaciguamiento y normalización
diplomática que Nixon y Kissinger iniciaron con brillantez en los
años 70, por parte de una Administración también
republicana y en los peores años de la guerra del Vietnam; los
especialistas en cuestiones de defensa que denuncian sin parar la tensión
armamentística de China, capaz, según un informe del Pentágono
del pasado mes de julio, de proyectar aún mas su fuerza militar
en el teatro asiático, mucho más allá de Taiwán;
los preocupados en cuestiones religiosas, que ponen de manifiesto el ateísmo
del régimen comunista y la falta de libertad de cultos, a los que
finalmente se unen sociólogos y politólogos para criticar
laausencia de democracia y de proyectos para instaurarla, el monopolio
del poder por el Partido Comunista, la insensibilidad oficial hacia los
derechos humanos, el mantenimiento y frecuente aplicación de la
pena de muerte, etc., todo lo cual hace profundamente incompatibles los
sistemas políticos respectivos.
No proliferarían argumentos y objeciones si se tratara de un país
insignificante, si China no tuviera capacidad suficiente como para modificar
el orden internacional y la posición que en él ocupan los
Estados Unidos. Por ello, la fiebre china o la chinofobia
carecen de viabilidad, tanto en Estados Unidos como en Europa, ante la
presencia de un fenómeno imparable y vertiginoso de construcción
nacional en un país hasta hace poco tiempo humillado y preterido
pero que hoy se pone el mundo por montera sin ningún miedo a irritar
a Washington, Nueva York o Bruselas; China amenaza a Taiwán, negocia
con Venezuela, Irán, Cuba, Zimbabwe y Sudán, tiene armas
nucleares y posiciones propias en el Consejo de Seguridad, conserva el
monopolio del poder en manos comunistas pero al mismo tiempo enfatiza
el crecimiento económico y la dinámica nacionalista, haciendo
uso amplísimo de las facilidades del sistema capitalista sin ningún
resquemor ideológico, etc. Sospechosa, además, de especular
con divisas y de traficar con armas de destrucción masiva, afortunada
perceptora de inversiones internacionales también masivas, la atracción
y el rechazo se comparten ante una gigantesca nación como China,
otrora un inmenso vacío, a la que Occidente y el mundo, tal y como
conocemos hoy, deberá necesariamente acoplarse ajustando sus duelos.
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