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Nº 671
21/11/2005

Otro fantasma recorre Europa

Pasados diez años desde que en Barcelona se lanzara un ambicioso proyecto de seguridad, desarrollo Y cooperación entre los países mediterráneos y la Unión Europea, los resultados son tan magros y tan sonoros los incidentes relacionados con la emigración, la violencia y el terrorismo –que tienden a calificarse de próximos–, que las celebraciones buscan motivos y autocríticas, sin que las preocupaciones por el futuro euromediterráneo tengan fácil res-puesta. En el Informe del Instituto Elcano–FRIDE, o en el último número de Economía Exterior sobre la década transcurrida, se pormenorizan por capítulos las carencias al respecto que la actualidad no hace sino corroborar y de manera dramática. En 1995 aparecían una circunstancias que autorizaban, al revés que ahora, la esperanza en la dinámica de una serie de actuaciones en la política, la economía y la cultura que en beneficio de todas las partes se moverían de Norte a Sur. Necesitado de una especie de refundación, de una reactivación política lo más voluntariosa posible, en el proceso de Barcelona no se ha conseguido la creación de una zona de paz, seguridad y estabilidad, en su día considerada posible por el optimismo que generaron los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP.

Innecesario pormenorizar los datos negativos acumulados desde aquella Declaración de Barcelona, comenzando por el laberinto del proceso de paz en Oriente Medio, la emigración ilegal masiva, las consecuencias de la guerra y ocupación de Iraq en cuanto a los niveles de seguridad y bienestar en la región, así como la persistencia en determinados países de estructuras políticas, sociales y económicas que continúan sosteniendo regímenes autoritarios. Sin excluir culpas ajenas, ni factores de desestabilización e inseguridad impredecibles, a los diez años de la Declaración de Barcelona se destaca de manera generalizada que el elevado déficit en la libertad y el buen gobierno en el mundo árabe en general, es el impedimento más notorio para el progreso. La apertura política en el Mediterráneo Sur hasta ahora ha sido cauta, selectiva y, por supuesto, ha estado controlada por los regímenes respectivos. Las reformas económicas han resultado fragmentarias, sin que pueda descubrirse en ellas un impacto sustancial para la calidad de vida poblacional susceptible de mitigar las espectaculares crisis en el norte de Africa y el Africa subsahariana.

Por parte europea se ha asistido a una relativa pérdida de interés hacia el proceso euromediterráneo, relacionado además y de alguna manera con las amenazas terroristas, el extremismo islámico y ciertos recelos hacia todo lo musulmán; la atención se ha desplazado hacia las alar-mas terroristas, las guerras de Afganistán e Iraq, etc., que hicieron prioritario el refuerzo de la cooperación atlántica y el cierre de filas requerido por la "Guerra contra el Terror". Oportuno resulta añadir en qué medida más de un régimen oportunista y odioso ha aprovechado tal guerra no para perseguir terroristas, sino para tratar como tales a los opositores políticos. También parece oportuno recordar aquí que España, reiterando siempre su profunda vocación política mediterránea, es, sin embargo, uno de los países más sensibles en la zona, uno de los másvulnerables a cualquier incidente desestabilizador. En cualquier caso, los desórdenes migratorios, de los que prácticamente ningún país europeo se libra, deberán consolidar en Barcelona la solidaridad y la renovación de los intentos de comprensión y tratamiento de las capitales ante lo que se ha considerado como el nuevo fantasma que recorre Europa.

Si los riesgos, los peligros amenazas son dramáticamente ciertos, y tanto los desórdenes en Francia como los atentados en Jordania contribuyen a situarlos en muy primer plano, los esfuerzos para revitalizar el moribundo proceso de Barcelona pueden no obstante verse debilitados por el rechazo de Francia y Holanda al Tratado Constitucional, así como por las dificultades en alcanzar un acuerdo en las perspectivas financieras de la Unión Europea 2007—2013. El fantasma quc corre Europa nos la presenta como amenazada e invadida, en lugar de aparecer como la tierra de promisión que hasta ahora era, fertilizada en buena medida por elementos de la otra orilla que contribuían prosperidad y que a su vez acarreaban riqueza a sus países de origen. Hasta ahora, y sucesivamente, se han acumulado los fracasos en combatirlo; por la incapacidad de gobierno tras gobierno, en país tras país, en abordar con éxito la fenomenología del vandalismo y la delincuencia, en identificar las formas de inseguridad o en controlar la emigración ilegal, en evitar tensiones racistas o xenófobas, pero también por la resistencia a abandonar los sueños multiculturalistas o a reivindicar con energía la identidad europea.

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