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Otro
fantasma recorre Europa
Pasados
diez años desde que en Barcelona se lanzara un ambicioso proyecto
de seguridad, desarrollo Y cooperación entre los países
mediterráneos y la Unión Europea, los resultados son tan
magros y tan sonoros los incidentes relacionados con la emigración,
la violencia y el terrorismo que tienden a calificarse de próximos,
que las celebraciones buscan motivos y autocríticas, sin que las
preocupaciones por el futuro euromediterráneo tengan fácil
res-puesta. En el Informe del Instituto ElcanoFRIDE, o en el último
número de Economía Exterior sobre la década
transcurrida, se pormenorizan por capítulos las carencias al respecto
que la actualidad no hace sino corroborar y de manera dramática.
En 1995 aparecían una circunstancias que autorizaban, al revés
que ahora, la esperanza en la dinámica de una serie de actuaciones
en la política, la economía y la cultura que en beneficio
de todas las partes se moverían de Norte a Sur. Necesitado de una
especie de refundación, de una reactivación política
lo más voluntariosa posible, en el proceso de Barcelona
no se ha conseguido la creación de una zona de paz, seguridad y
estabilidad, en su día considerada posible por el optimismo que
generaron los Acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP.
Innecesario pormenorizar los datos negativos acumulados desde aquella
Declaración de Barcelona, comenzando por el laberinto del proceso
de paz en Oriente Medio, la emigración ilegal masiva, las consecuencias
de la guerra y ocupación de Iraq en cuanto a los niveles de seguridad
y bienestar en la región, así como la persistencia en determinados
países de estructuras políticas, sociales y económicas
que continúan sosteniendo regímenes autoritarios. Sin excluir
culpas ajenas, ni factores de desestabilización e inseguridad impredecibles,
a los diez años de la Declaración de Barcelona se destaca
de manera generalizada que el elevado déficit en la libertad y
el buen gobierno en el mundo árabe en general, es el impedimento
más notorio para el progreso. La apertura política en el
Mediterráneo Sur hasta ahora ha sido cauta, selectiva y, por supuesto,
ha estado controlada por los regímenes respectivos. Las reformas
económicas han resultado fragmentarias, sin que pueda descubrirse
en ellas un impacto sustancial para la calidad de vida poblacional susceptible
de mitigar las espectaculares crisis en el norte de Africa y el Africa
subsahariana.
Por parte europea se ha asistido a una relativa pérdida de interés
hacia el proceso euromediterráneo, relacionado además y
de alguna manera con las amenazas terroristas, el extremismo islámico
y ciertos recelos hacia todo lo musulmán; la atención se
ha desplazado hacia las alar-mas terroristas, las guerras de Afganistán
e Iraq, etc., que hicieron prioritario el refuerzo de la cooperación
atlántica y el cierre de filas requerido por la "Guerra contra
el Terror". Oportuno resulta añadir en qué medida más
de un régimen oportunista y odioso ha aprovechado tal guerra no
para perseguir terroristas, sino para tratar como tales a los opositores
políticos. También parece oportuno recordar aquí
que España, reiterando siempre su profunda vocación política
mediterránea, es, sin embargo, uno de los países más
sensibles en la zona, uno de los másvulnerables a cualquier incidente
desestabilizador. En cualquier caso, los desórdenes migratorios,
de los que prácticamente ningún país europeo se libra,
deberán consolidar en Barcelona la solidaridad y la renovación
de los intentos de comprensión y tratamiento de las capitales ante
lo que se ha considerado como el nuevo fantasma que recorre Europa.
Si los riesgos, los peligros amenazas son dramáticamente ciertos,
y tanto los desórdenes en Francia como los atentados en Jordania
contribuyen a situarlos en muy primer plano, los esfuerzos para revitalizar
el moribundo proceso de Barcelona pueden no obstante verse debilitados
por el rechazo de Francia y Holanda al Tratado Constitucional, así
como por las dificultades en alcanzar un acuerdo en las perspectivas financieras
de la Unión Europea 20072013. El fantasma quc corre Europa
nos la presenta como amenazada e invadida, en lugar de aparecer como la
tierra de promisión que hasta ahora era, fertilizada en buena medida
por elementos de la otra orilla que contribuían prosperidad y que
a su vez acarreaban riqueza a sus países de origen. Hasta ahora,
y sucesivamente, se han acumulado los fracasos en combatirlo; por la incapacidad
de gobierno tras gobierno, en país tras país, en abordar
con éxito la fenomenología del vandalismo y la delincuencia,
en identificar las formas de inseguridad o en controlar la emigración
ilegal, en evitar tensiones racistas o xenófobas, pero también
por la resistencia a abandonar los sueños multiculturalistas o
a reivindicar con energía la identidad europea.
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