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Nº 669
7/11/2005

Horror al vacío

Los desastres de la experiencia irakí están aconsejando mayor prudencia, circuns, pección y ponderación en los datos, a la hora de actuar en el caso sirio y en el caso iraní. La nueva actitud se apoya en la demostrada limitación en el uso de los medios militares que, por muy poderosos que sean, pueden recubrirse de ridículo y oprobio dados los problemas que suscita toda ocupación armada y el rechazo de la opinión pública internacional por las afrentas a los derechos humanos y al derecho de gentes. Tentarse los bolsillos ante las puertas de Damasco o de Teheran supone igualmente echar un vistazo estratégico a ese "arco de inestabilidad" que hace ya años conceptualizó Berzinsky y que hoy puede encontrarse al rojo vivo o en ebullición, como poco desde el Mar Mediterráneo hasta el Mar Caspio, desde Siria hasta Afganistán al menos, con plena continuidad territorial, pasando por Pakistan y el Caucaso. Todo parecía posible con la conquista de Bagdad y el augurio de la "primavera árabe" pero desde Abril de 2003 una por una las realidades esperadas se habrían vuelto de espaldas, abriendo las preguntas sobre ¿qué hacer?, y escenificando el horror al vacío y la polémica sobre la injusticia o el desorden.

En estos días Irak no ha alcanzado ni la justicia ni el orden. Que no se provoque esa situación en los dos países vecinos, es decir, que se pro-mueva desde el exterior la rectificación de su política sin que ello necesariamente vaya en compañía de la intervención militar o el cambio de régimen, parece ser la consigna proclamada incluso en los círculos más correosos de los Estados Unidos e Israel. No invadir ni desestabilizar, no dejar de lado a las Naciones Unidas y la opinión pública internacional, parece configurar aunque a regañadientes sea la lección aprendida en Irak, eso sí, con infinitos costes humanos y materiales cuya justificación es altamente dudosa, incluso antes de que los historiadores intervengan para demostrarlo. En aquellas altas esferas donde se han promovido tan altos errores es probable que ya se de cabida a especialistas en asuntos sirios e iraníes, destacadísimos en Washington y Tel Aviv, que hablen lenguas, conozcan problemas y que con seguridad plantearan la imposibilidad de unificar tratamientos respecto a Siria e Iran, porque no hay un mínimo común denominador para el uso frente a ambas naciones de la política y la fuerza; el régimen sirio se tambalea, el iraní en absoluto, aquel es una dictadura, pero en Iran se celebran elecciones.

Bashir el Assad, dictador hereditario, ha sido incapaz de reformar su régimen, de ampliar la base de su poder y de liberarlo de toda esa parafernalia de secretismo sectario, servicios especiales, crueldad y antipatía que ha caracterizado al Partido Baas, tanto hoy en Siria como hasta ayer en Irak. Que Siria nos pareciera siempre un país más atractivo que Irak, como lo son para los españoles más los Omeyas que los Abasidas, derivaba de las costas mediterráneas y de lugares maravillosos como Damasco, Alepo, Latakia, de que David Roberts estuvo en Siria pero nó en Irak, todo mucho más amable que en el país vecino, y de que, por supuesto Hafed El Assad, llamado el Bismark de Oriente Medio, era tan animal pero mucho más inteligente y articulado que el llamado Stalin beduíno, es decir, Saddam Hussein. Con la misma nomenclatura alauita, una oposición política aplastada y una clase media sin ninguna influencia ni expansión, el régimen sirio carece de palancas y argumentos de tipo patriótico o nacionalista suficientes, para sostenerse o para galvanizar la población frente a la consistente presión internacional suscitada por las investigaciones del Consejo de Seguridad por el asesinato de Rafik Hariri en Febrero.

Pero si no quiere derribarse en régimen sirio, porque no se sabe quien puede sustituir al Baas y a Bashir el Assad, por motivos opuestos tampoco se quiere hacerlo con el régimen iraní, porque los iraníes están con su régimen, apoyan su política nuclear, las diatribas de altas personalidades contra los Estados Unidos e Israel, etc., lo que por otra parte evidenciaría la ceguera de estos y otros dirigentes nacionales que basan su actuación en el mero apoyo de las masas o los sondeos de opinión, según los casos, por mucho que en último término o a largo plazo tales decisiones acarreen enormes perjuicios para el interés nacional o el beneficio de la población. O sea, que por uno u otro camino se precisan todos los miramientos, porque en Siria puede generarse un caos tan cruel y sangriento que empequeñecería el de Irak, y porque en Iran existe una tradición nacional y patriótica, acompañada de extensión territorial y poblacional y de unas fuerzas arsiómadas de muy digna consideración todo ello, que sería peligroso solisióviantar. En ambos casos, el horror al vacío impone por fín una seria reflexión, aunque sólo sea para que el vacío de Irak no se amplíe e intensifique aún más.

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