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Horror
al vacío
Los
desastres de la experiencia irakí están aconsejando mayor
prudencia, circuns, pección y ponderación en los datos,
a la hora de actuar en el caso sirio y en el caso iraní. La nueva
actitud se apoya en la demostrada limitación en el uso de los medios
militares que, por muy poderosos que sean, pueden recubrirse de ridículo
y oprobio dados los problemas que suscita toda ocupación armada
y el rechazo de la opinión pública internacional por las
afrentas a los derechos humanos y al derecho de gentes. Tentarse los bolsillos
ante las puertas de Damasco o de Teheran supone igualmente echar un vistazo
estratégico a ese "arco de inestabilidad" que hace ya
años conceptualizó Berzinsky y que hoy puede encontrarse
al rojo vivo o en ebullición, como poco desde el Mar Mediterráneo
hasta el Mar Caspio, desde Siria hasta Afganistán al menos, con
plena continuidad territorial, pasando por Pakistan y el Caucaso. Todo
parecía posible con la conquista de Bagdad y el augurio de la "primavera
árabe" pero desde Abril de 2003 una por una las realidades
esperadas se habrían vuelto de espaldas, abriendo las preguntas
sobre ¿qué hacer?, y escenificando el horror al vacío
y la polémica sobre la injusticia o el desorden.
En estos días Irak no ha alcanzado ni la justicia ni el orden.
Que no se provoque esa situación en los dos países vecinos,
es decir, que se pro-mueva desde el exterior la rectificación de
su política sin que ello necesariamente vaya en compañía
de la intervención militar o el cambio de régimen, parece
ser la consigna proclamada incluso en los círculos más correosos
de los Estados Unidos e Israel. No invadir ni desestabilizar, no dejar
de lado a las Naciones Unidas y la opinión pública internacional,
parece configurar aunque a regañadientes sea la lección
aprendida en Irak, eso sí, con infinitos costes humanos y materiales
cuya justificación es altamente dudosa, incluso antes de que los
historiadores intervengan para demostrarlo. En aquellas altas esferas
donde se han promovido tan altos errores es probable que ya se de cabida
a especialistas en asuntos sirios e iraníes, destacadísimos
en Washington y Tel Aviv, que hablen lenguas, conozcan problemas y que
con seguridad plantearan la imposibilidad de unificar tratamientos respecto
a Siria e Iran, porque no hay un mínimo común denominador
para el uso frente a ambas naciones de la política y la fuerza;
el régimen sirio se tambalea, el iraní en absoluto, aquel
es una dictadura, pero en Iran se celebran elecciones.
Bashir el Assad, dictador hereditario, ha sido incapaz de reformar su
régimen, de ampliar la base de su poder y de liberarlo de toda
esa parafernalia de secretismo sectario, servicios especiales, crueldad
y antipatía que ha caracterizado al Partido Baas, tanto hoy en
Siria como hasta ayer en Irak. Que Siria nos pareciera siempre un país
más atractivo que Irak, como lo son para los españoles más
los Omeyas que los Abasidas, derivaba de las costas mediterráneas
y de lugares maravillosos como Damasco, Alepo, Latakia, de que David Roberts
estuvo en Siria pero nó en Irak, todo mucho más amable que
en el país vecino, y de que, por supuesto Hafed El Assad, llamado
el Bismark de Oriente Medio, era tan animal pero mucho más inteligente
y articulado que el llamado Stalin beduíno, es decir, Saddam Hussein.
Con la misma nomenclatura alauita, una oposición política
aplastada y una clase media sin ninguna influencia ni expansión,
el régimen sirio carece de palancas y argumentos de tipo patriótico
o nacionalista suficientes, para sostenerse o para galvanizar la población
frente a la consistente presión internacional suscitada por las
investigaciones del Consejo de Seguridad por el asesinato de Rafik Hariri
en Febrero.
Pero si no quiere derribarse en régimen sirio, porque no se sabe
quien puede sustituir al Baas y a Bashir el Assad, por motivos opuestos
tampoco se quiere hacerlo con el régimen iraní, porque los
iraníes están con su régimen, apoyan su política
nuclear, las diatribas de altas personalidades contra los Estados Unidos
e Israel, etc., lo que por otra parte evidenciaría la ceguera de
estos y otros dirigentes nacionales que basan su actuación en el
mero apoyo de las masas o los sondeos de opinión, según
los casos, por mucho que en último término o a largo plazo
tales decisiones acarreen enormes perjuicios para el interés nacional
o el beneficio de la población. O sea, que por uno u otro camino
se precisan todos los miramientos, porque en Siria puede generarse un
caos tan cruel y sangriento que empequeñecería el de Irak,
y porque en Iran existe una tradición nacional y patriótica,
acompañada de extensión territorial y poblacional y de unas
fuerzas arsiómadas de muy digna consideración todo ello,
que sería peligroso solisióviantar. En ambos casos, el horror
al vacío impone por fín una seria reflexión, aunque
sólo sea para que el vacío de Irak no se amplíe e
intensifique aún más.
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