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El
descontento
Son
cada vez más frecuentes los datos reveladores de que en la opinión
pública de los. Estados Unidos flaquea la confianza en su Gobierno,
en paralelo al aumento de críticas frontales y de actitudes de
marcado escepticismo que proceden de círculos políticos
europeos, todo ello ante ciertos capítulos de la política
exterior de Washington. Que los índices de aprobación negativos
coincidan por desgracia, y tal vez por ello se intensifiquen, con desastres
como los causados por el huracán Katrina, pueden generar cambios
sustanciales en la acción gubernamental y al menos explicar la
lógica urgencia de Washington en despejar los embrollos de Afganistán
e Iraq. Quiere todo esto decir que los problemas se enconan, que son percibidos
con impaciencia creciente y que además se superponen a otros problemas
inesperados e imprevisibles, con una sinergia muy perjudicial para la
Administración Bush.,. Da la impresión de estar sobrecarga
da, incluso abrumada, por el peso de cuestiones muy conflictivas, muchas
de ellas únicamente manejables a largo plazo, necesitadas de paciencia,
determinación y constancia que no siempre encajan con el ritmo
político de un sistema democrático, de elecciones, opinión
pública y alternancia de partidos en el poder.
En definitiva, y utilizando el lenguaje castrense, parece como si la Administración
Bush hubiera alargado en exceso sus líneas de comunicación
y aprovisionamiento, debilitándolas y haciéndolas más
vulnerables en consecuencia. La opinión pública de los Estados
Unidos estaría polarizándose de manera progresiva, dividiéndose
tanto en temas domésticos como exteriores según líneas
de vinculación partidista y religiosa. El sector de la población
que vota a los republicanos y frecuenta los servicios religiosos, por
lo general sigue apoyando con más firmeza a la Administración
Bush que los sectores laicos y que se inclinan a favor del Partido Demócrata.
Daniel Yankelovich, comentando los resultados de una valiosa encuesta
de opinión realizada recientemente por Public Agenda, denuncia
la existencia de un malestar bastante generalizado entre las personas
consultadas que algún día podría cristalizar en un
clamor de solicitudes de rectificaciones en la política exterior
si se estanca la situación en Iraq, continúan los forcejeos
con Irán, no se progresa en Afganistán y continúa
habiendo complicaciones en las relaciones de los Estados Unidos con Siria,
Pakistán y Arabia Saudí.
Por supuesto que es la guerra de Iraq la cuestión que más
sigue preocupando a los encuestados; pero también la emigración
legal y las relaciones de los Estados Unidos con terceros países,
en especial con los árabes y musulmanes. En porcentajes significativos
se expresa preocupación por el poco respeto mostrado hacia otras
naciones, por la necesidad de potenciar los usos diplomáticos frente
a los usos militares, favoreciéndose una mejor comunicación
con países árabes y musulmanes que ayude a eliminar el antiamericanismo
en el mundo. Según ciertas apreciaciones, que por lo demás
suelen ocupar lugar destacado también en círculos europeos
no enfrentados a los Estados Unidos, en efecto la superpotencia estaría
pagando un elevadísimo precio, en vidas de sus soldados y en dineros
de sus contribuyentes, precisamente porenfatizar en exceso la respuesta
militar ante ciertos problemas exteriores, sin que su inmensa capacidad
de actuación en la diplomacia, la economía, la inteligencia
y en la cooperación internacional haya sido debidamente utilizada.
En este camino de paso podría también haber dejado de lado
sus valores e ideales, el pragmatismo y la percepción correcta
del interés nacional.
Daniel Yankelovich se pregunta si el descontento de lo que estima una
parte destacada de la opinión pública ha llegado ya, o llegará
pronto, a alcanzar el punto de ebullición en que la Administración
se vería obligada a rectificar, porque la impaciencia es difícilmente
soportable y en las altas esferas no hay más remedio que prestarla
la atención debida. Los riesgos y sacrificios públicamente
adoptados, acertados o no, acaban por ser valorados no ya por su coste
astronómico en vidas y haciendas, sino por los resultados y dividendos
que proporcionen para la seguridad nacional y mundial, y que tienden a
considerarse como quiméricos dado el estado actual de las cosas.
Por supuesto, bien está lo que bien acaba, y políticamente
nada hay mejor que el buen resultado aunque haya resultado carísimo
de lograr. Resultados inciertos y de alto precio, sin embargo, aparecen
en la coyuntura exterior del país, cuya Administración ha
podido actuar con manos bastante libres, sin obstáculos insuperables
en el Congreso y la opinión pública. Pero el éxito
de la política exterior también depende del apoyo de la
opinión pública. Su descontento y su recalentamiento pueden
generar una influencia política primordial, contribuyendo a perspectivas
y opciones políticas diferentes.
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