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Le
democracia en Iraq
En
pocos días el pueblo iraquí votará en referéndum
el proyecto de Constitución que fue aprobado por el Parlamento
el 27 de agosto. Desde esta fecha se asiste a toda una cuenta atrás
de creciente violencia indudablemente orientada por Al Qaeda y diversos
sectores sunitas para dificultar la convocatoria electoral y deslegitimar
el proyecto. Que éste pueda rechazarse si los resultados de las
votaciones son negativos en al menos tres provincias, algo no improbable,
aumenta aún más las incertidumbres sobre la normalización
política de Iraq. La cuenta atrás hacia el referéndum
se une a la cuenta atrás hacia el proceso de Saddam Hussein y la
elite de su gobierno, configurándose para la insurgencia dos campañas
de ofensiva terrorista como ambiente propicio que evidenciaría
con toda la crueldad posible que la democracia y la paz no son viables
para Iraq si sigue el país colocado bajo el paraguas protector
de los Estados Unidos y sus aliados. En esta perspectiva se percibe de
manera progresiva que el complejo organizativo de Al Qaeda actúa
como uno de los brazos armados del complejo organizativo sunita, con vitalidad
en ascenso.
En sus 85 años de existencia Iraq habrá tenido seis constituciones.
La primera, en 1925, fue impuesta por las autoridades británicas
y respondía al modelo constitucional de Occidente. Rigió
durante más de treinta años pero nunca caló verdaderamente
en la sociedad iraquí y tampoco sirvió para determinar su
vida política. Desapareció con la desaparición trágica
de la monarquía, en 1958. las siguientes constituciones,
de 1963, 1964, 1968 y 1970, no fueron sino leyes fundamentales más
o menos temporales que duraron lo que los regímenes que las promulgaron.
Con toda clase de reservas habría que preguntarse sobre el futuro
M Proyecto Constitucional de 2005, todavía no una Constitución,
que como las anteriores normas básicas tampoco es el resultado
y la consecuencia de un largo proceso político y social que desemboque
en un compromiso suscrito por los elementos mayoritarios de la población.
Más bien refleja la delicadísima situación de un
país profundamente alterado, cuyos dirigentes se ven obligados
a actuar bajo múltiples presiones, con apresuramiento y nerviosismo,
acechados por todas partes y bajo el peso de tensiones constantes.
Incluso si para mediados de Octubre los iraquies tienen su Constitución,
no hay seguridad total de que pueda determinar la configuración
del país salido de la dictadura de Saddam Hussein. De hecho, como
destaca Ofra Bengio, ninguna constitución iraquí sirvió
para regular con autoridad la orientación y la identidad de la
nación. Hay que tener esperanzas de que esta Constitución
triunfe en lo que las anteriores han fracasado, pero temiendo que nacería
coja al haber sido negociada tan sólo por los partidos de las comunidades
kurda y chiffa, que suponen el 80 por ciento de la población, quedando
fuera la importantísima minoría sunnita. Se encuentra cada
vez más marginada, con un temor y una agresividad crecientes ante
las nuevas formas políticas que el país estaría adquiriendo
y en las que no encuentra acomodo. Hay que preguntarse
además por la solidez de esa alianza entre kurdos y chiftas, en
realidad con muy pocos elementos comunes, unidos de manera más
o menos efectiva sólo para alterar la ancestral distribución
del poder, impedir el retorno del Baas y saldar cuentas por las injusticias
sufridas y los privilegios desviados desde que Iraq es independiente.
En definitiva, el test de la Constitución de Iraq dependerá,
como ciertamente ocurre con otras constituciones y países, no tanto
de los méritos de su texto, sino de la correlación de fuerzas
que en el país actúan. Incluso para kurdos y chiítas,
los patrocinadores del proyecto, muchos elementos del mismo pueden enfrentarles
por contener auténticas cargas explosivas; la condición
árabe, la religión del Estado, la condición de la
mujer, el papel del ejército y las milicias, el espinoso tema de
Kirkuk, las fuentes legales y un larguísimo etcétera que
se extiende por los 139 artículos. Innecesario detallar que todo
ello puede ser más explosivo y antagónico aún para
los sunitas, contemplando el federalismo anunciado como un preámbulo
para la desintegración de ese Estado unitario que por tradición
y costumbre controlaron. No es fácil asegurar el reencuentro de
fuerzas. Kurdos y chinas estarían empeñados en reconstruir
su identidad, lo que les aleja cada vez más de la idea de un Estado
centralizado y único. Y los sunitas parecen empenados en una lucha
desesperada para reconstruir un Iraq que ya no existe. Todos tienen armas
y milicias, y en estas condiciones posiblemente tendrán que esforzarse
mucho para continuar conviviendo.
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