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Nº 663
26/9/2005

Le democracia en Iraq

En pocos días el pueblo iraquí votará en referéndum el proyecto de Constitución que fue aprobado por el Parlamento el 27 de agosto. Desde esta fecha se asiste a toda una cuenta atrás de creciente violencia indudablemente orientada por Al Qaeda y diversos sectores sunitas para dificultar la convocatoria electoral y deslegitimar el proyecto. Que éste pueda rechazarse si los resultados de las votaciones son negativos en al menos tres provincias, algo no improbable, aumenta aún más las incertidumbres sobre la normalización política de Iraq. La cuenta atrás hacia el referéndum se une a la cuenta atrás hacia el proceso de Saddam Hussein y la elite de su gobierno, configurándose para la insurgencia dos campañas de ofensiva terrorista como ambiente propicio que evidenciaría con toda la crueldad posible que la democracia y la paz no son viables para Iraq si sigue el país colocado bajo el paraguas protector de los Estados Unidos y sus aliados. En esta perspectiva se percibe de manera progresiva que el complejo organizativo de Al Qaeda actúa como uno de los brazos armados del complejo organizativo sunita, con vitalidad en ascenso.

En sus 85 años de existencia Iraq habrá tenido seis constituciones. La primera, en 1925, fue impuesta por las autoridades británicas y respondía al modelo constitucional de Occidente. Rigió durante más de treinta años pero nunca caló verdaderamente en la sociedad iraquí y tampoco sirvió para determinar su vida política. Desapareció con la desaparición trágica de la monarquía, en 1958. las siguientes constitucio
nes, de 1963, 1964, 1968 y 1970, no fueron sino leyes fundamentales más o menos temporales que duraron lo que los regímenes que las promulgaron. Con toda clase de reservas habría que preguntarse sobre el futuro M Proyecto Constitucional de 2005, todavía no una Constitución, que como las anteriores normas básicas tampoco es el resultado y la consecuencia de un largo proceso político y social que desemboque en un compromiso suscrito por los elementos mayoritarios de la población. Más bien refleja la delicadísima situación de un país profundamente alterado, cuyos dirigentes se ven obligados a actuar bajo múltiples presiones, con apresuramiento y nerviosismo, acechados por todas partes y bajo el peso de tensiones constantes.

Incluso si para mediados de Octubre los iraquies tienen su Constitución, no hay seguridad total de que pueda determinar la configuración del país salido de la dictadura de Saddam Hussein. De hecho, como destaca Ofra Bengio, ninguna constitución iraquí sirvió para regular con autoridad la orientación y la identidad de la nación. Hay que tener esperanzas de que esta Constitución triunfe en lo que las anteriores han fracasado, pero temiendo que nacería coja al haber sido negociada tan sólo por los partidos de las comunidades kurda y chiffa, que suponen el 80 por ciento de la población, quedando fuera la importantísima minoría sunnita. Se encuentra cada vez más marginada, con un temor y una agresividad crecientes ante las nuevas formas políticas que el país estaría adquiriendo y en las que no encuentra acomodo. Hay que pregun
tarse además por la solidez de esa alianza entre kurdos y chiftas, en realidad con muy pocos elementos comunes, unidos de manera más o menos efectiva sólo para alterar la ancestral distribución del poder, impedir el retorno del Baas y saldar cuentas por las injusticias sufridas y los privilegios desviados desde que Iraq es independiente.

En definitiva, el test de la Constitución de Iraq dependerá, como ciertamente ocurre con otras constituciones y países, no tanto de los méritos de su texto, sino de la correlación de fuerzas que en el país actúan. Incluso para kurdos y chiítas, los patrocinadores del proyecto, muchos elementos del mismo pueden enfrentarles por contener auténticas cargas explosivas; la condición árabe, la religión del Estado, la condición de la mujer, el papel del ejército y las milicias, el espinoso tema de Kirkuk, las fuentes legales y un larguísimo etcétera que se extiende por los 139 artículos. Innecesario detallar que todo ello puede ser más explosivo y antagónico aún para los sunitas, contemplando el federalismo anunciado como un preámbulo para la desintegración de ese Estado unitario que por tradición y costumbre controlaron. No es fácil asegurar el reencuentro de fuerzas. Kurdos y chinas estarían empeñados en reconstruir su identidad, lo que les aleja cada vez más de la idea de un Estado centralizado y único. Y los sunitas parecen empenados en una lucha desesperada para reconstruir un Iraq que ya no existe. Todos tienen armas y milicias, y en estas condiciones posiblemente tendrán que esforzarse mucho para continuar conviviendo.

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