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Nº 659
25/7/2005

El verano

Eramos tan jóvenes! Creo que aquel verano apenas dormimos". Recordar los veranos según Cesare Pavese, al que incluso procurábamos leer en verano, es algo así como referirse a aquellas idílicas vacaciones en que nada ni nadie eran capaces de alterar la paz y la somnolencia, como si no existieran los sucesos exteriores a nuestro propio estado de ánimo, incidentes o tragedias que nos situaran en un plano de estupor o de mala conciencia por la infelicidad de otros. Pero ni somos tan jóvenes, ni volveremos a conocer tales veranos interminables y felices, en que efectivamente ocurrían mientras tanto cosas desagradables, lo que pudimos descubrir posteriormente al menos por la mera comparación entre lo que escribíamos en diarios y cartas y lo que en las mismas fechas publicaban los periódicos. ¡De haberlo sabido! Periódicos que, por supuesto, no leíamos y que apenas circulaban entre bañistas, veraneantes, domingueros y horteras del entorno. ¡Ojos que no ven, corazón que no siente o porrazo que te pegas! En definitiva, que transitábamos por las largas vacaciones veraniegas sin necesidad de olvidar, sin necesidad porque nada sabíamos.

A lo mejor es que ese verano de otro tiempo no tan lejano era la ocasión propicia para la tregua, el indulto, el armisticio o la amnistía, en que los conflictos se dejaban de lado, para nunca más o para más adelante, hasta la rentrée del otoño en que se reanudaban a toda máquina las actividades políticas y sindicales, los conciertos, los estrenos teatrales y las presentaciones de las novedades literarias. `Nos veremos en septiembre", decíamos con el sosiego de quien comienza a caminar por un terreno llano. Bueno, nada de lo que antecede vale ya, casi tan sólo para rememorar excelentes testimonios literarios, porque el verano, éste, el anterior y el siguiente, ya es una estación tan indistintamente horrible como puede serio el otoño, el invierno o la primavera. Cuando nos lamentamos del verano que nos espera por el calor y la sequía que se anuncian más valdría que nos lamentáramos porque también nos esperan, sin que podamos ser ajenos, la violencia, la muerte y la sangre derramada todos los días y en diversos lugares a la vez, sin ningún respeto a la vida pero tampoco sin reparo alguno ante el calor que disuade o los días que deberían estar consagrados al relajo y el sueño.

Nada de tregua, amnistía, indulto o armisticio, porque ya todo vale aunque sea en verano y a costa de que las vacaciones se estropeen. Los sucesos de Londres, los sucesos de Bagdad o de Gaza, cuando ya el calor apretaba seriamente y pensábamos en sacar las maletas, en realidad nos han retrotraído a otros veranos cercanos, siempre caracterizados por la tragedia que ocurría o de la que teníamos conocimiento directo, y ante la que reaccionábamos como de boquilla exclamando "bueno, esperemos que agosto sea más tranquilo`. Lo dudo, aunque sólo sea por la pésima y arraigada costumbre de seguir matando haga frío o calor, sea Navidad o la Virgen de Agosto, Purin o Ramadán, con lo que las añejas concepciones sobre el tiempo lineal o el tiempo circular, la Redención o la Parusía y tantas cosas más, nos aburren ya y pierden su sentido, porque lo único que queremos es marcharnos de vacaciones universales, disfrutar de un veraneo como los de antes, en que éramos tan jóvenes, apenas dormíamos y nos matábamos menos. Todo, con un ingenuo y sincero deseo de ser felices, nada del otro mundo, en principio, pero algo difícil de conseguir en este mar de desdichas, calor pegajoso y olor a muerto.

Tal vez se ha esfumado la distinción entre tiempos fastos y tiempos nefastos, porque lo nefasto se estaría extendiendo y abrumándonos, y los idus pueden corresponder a cualquier mes del año, incluso a este mes de agosto con sus estampidas de población. En fin, que tengan ustedes buenas vacaciones y no les pase nada, aunque lo logren con el remedio de colocarse en una especie de campana neumática mental que, por muy hermética que creamos haber cerrado, siempre dejará pasar por la rendija mal sellada el humo y el hedor de Londres, de Gaza, de Tulkarem, de Bagdad, etc. El terror no veranea, incluso hace horas extraordinarias en las vacaciones; puede pegarse a nuestros talones en el paraje más insospechado donde nunca antes había ocurrido nada y aparentemente no había objetivos a abatir. Estamos todavía dominados por las dudas, sin saber el lugar escogido para las ansiadas vacaciones: la montaña o el mar, la Costa Azul o el Rosellón, tal vez Londres y Nueva York para el otoño y Bagdad para cuando Dios quiera; en cualquier caso, y aun en compañía de tanto sinsabor, que seamos todos muy felices, como Santos Inocentes, Turistas Accidentales o Viajeros en Casa, merecedores todos de la paz y de las vacaciones cuando llega el verano.

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