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El
verano
Eramos
tan jóvenes! Creo que aquel verano apenas dormimos". Recordar
los veranos según Cesare Pavese, al que incluso procurábamos
leer en verano, es algo así como referirse a aquellas idílicas
vacaciones en que nada ni nadie eran capaces de alterar la paz y la somnolencia,
como si no existieran los sucesos exteriores a nuestro propio estado de
ánimo, incidentes o tragedias que nos situaran en un plano de estupor
o de mala conciencia por la infelicidad de otros. Pero ni somos tan jóvenes,
ni volveremos a conocer tales veranos interminables y felices, en que
efectivamente ocurrían mientras tanto cosas desagradables, lo que
pudimos descubrir posteriormente al menos por la mera comparación
entre lo que escribíamos en diarios y cartas y lo que en las mismas
fechas publicaban los periódicos. ¡De haberlo sabido! Periódicos
que, por supuesto, no leíamos y que apenas circulaban entre bañistas,
veraneantes, domingueros y horteras del entorno. ¡Ojos que no ven,
corazón que no siente o porrazo que te pegas! En definitiva, que
transitábamos por las largas vacaciones veraniegas sin necesidad
de olvidar, sin necesidad porque nada sabíamos.
A lo mejor es que ese verano de otro tiempo no tan lejano era la ocasión
propicia para la tregua, el indulto, el armisticio o la amnistía,
en que los conflictos se dejaban de lado, para nunca más o para
más adelante, hasta la rentrée del otoño en que se
reanudaban a toda máquina las actividades políticas y sindicales,
los conciertos, los estrenos teatrales y las presentaciones de las novedades
literarias. `Nos veremos en septiembre", decíamos con el sosiego
de quien comienza a caminar por un terreno llano. Bueno, nada de lo que
antecede vale ya, casi tan sólo para rememorar excelentes testimonios
literarios, porque el verano, éste, el anterior y el siguiente,
ya es una estación tan indistintamente horrible como puede serio
el otoño, el invierno o la primavera. Cuando nos lamentamos del
verano que nos espera por el calor y la sequía que se anuncian
más valdría que nos lamentáramos porque también
nos esperan, sin que podamos ser ajenos, la violencia, la muerte y la
sangre derramada todos los días y en diversos lugares a la vez,
sin ningún respeto a la vida pero tampoco sin reparo alguno ante
el calor que disuade o los días que deberían estar consagrados
al relajo y el sueño.
Nada de tregua, amnistía, indulto o armisticio, porque ya todo
vale aunque sea en verano y a costa de que las vacaciones se estropeen.
Los sucesos de Londres, los sucesos de Bagdad o de Gaza, cuando ya el
calor apretaba seriamente y pensábamos en sacar las maletas, en
realidad nos han retrotraído a otros veranos cercanos, siempre
caracterizados por la tragedia que ocurría o de la que teníamos
conocimiento directo, y ante la que reaccionábamos como de boquilla
exclamando "bueno, esperemos que agosto sea más tranquilo`.
Lo dudo, aunque sólo sea por la pésima y arraigada costumbre
de seguir matando haga frío o calor, sea Navidad o la Virgen de
Agosto, Purin o Ramadán, con lo que las añejas concepciones
sobre el tiempo lineal o el tiempo circular, la Redención o la
Parusía y tantas cosas más, nos aburren ya y pierden su
sentido, porque lo único que queremos es marcharnos de vacaciones
universales, disfrutar de un veraneo como los de antes, en que éramos
tan jóvenes, apenas dormíamos y nos matábamos menos.
Todo, con un ingenuo y sincero deseo de ser felices, nada del otro mundo,
en principio, pero algo difícil de conseguir en este mar de desdichas,
calor pegajoso y olor a muerto.
Tal vez se ha esfumado la distinción entre tiempos fastos y tiempos
nefastos, porque lo nefasto se estaría extendiendo y abrumándonos,
y los idus pueden corresponder a cualquier mes del año, incluso
a este mes de agosto con sus estampidas de población. En fin, que
tengan ustedes buenas vacaciones y no les pase nada, aunque lo logren
con el remedio de colocarse en una especie de campana neumática
mental que, por muy hermética que creamos haber cerrado, siempre
dejará pasar por la rendija mal sellada el humo y el hedor de Londres,
de Gaza, de Tulkarem, de Bagdad, etc. El terror no veranea, incluso hace
horas extraordinarias en las vacaciones; puede pegarse a nuestros talones
en el paraje más insospechado donde nunca antes había ocurrido
nada y aparentemente no había objetivos a abatir. Estamos todavía
dominados por las dudas, sin saber el lugar escogido para las ansiadas
vacaciones: la montaña o el mar, la Costa Azul o el Rosellón,
tal vez Londres y Nueva York para el otoño y Bagdad para cuando
Dios quiera; en cualquier caso, y aun en compañía de tanto
sinsabor, que seamos todos muy felices, como Santos Inocentes, Turistas
Accidentales o Viajeros en Casa, merecedores todos de la paz y de las
vacaciones cuando llega el verano.
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