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Gaza, capital del dolor Estamos en el rompeolas detodos los refugiados, ante la olla a presión en que se cuecen todo el resentimiento y toda la amargura, uno de los lugares más conflictivos de este mundo y más envilecidos, sin esperanza, difícil de acceder y más aún de abandonar, algo así como uno de los peores círculos dantescos. Gaza es, en definitiva, un gigantesco campo de concentración, bien vigilado para que nadie escape. Escenario de todos los enfrentamientos desde tiempos bíblicos, con testimonios en las tablillas de Tell El Amarna, en el episodio de la muerte de Sanson y todos los filisteos, las expediciones de Bonaparte y Al lenby, con un larguísimo etcétera aún no concluido y que se extiende a las guerras entre árabes e isralíes, la paz de Camp David y los acuerdos de Oslo, estamos también en puertas de la retirada de soldados y colonos israelíes, con la clausura de sus asentamientos, conociendo incidentes que recuerdan los que se registraron en los años 80 con ocasión de la retirada de la Península de¡ Sinaí. Gaza es el testimonio más vivo, peligroso e injusto de la permanencia e intensificación del drama humano que comienza en 1948 con la partición de Palestina. No queríamos que se supiera que íbamos a Gaza, prefiriendo por ello hacer el viaje en los taxis colectivos,para recorrer los campos de refugiados, las mezquitas y el humildísimo convento de las monjas hindúes de la Madre Teresa de Calcuta sin dejar apenas rastro de nuestra presencia, en unos parajes siniestros que en su día fueron muy bellos, albergando, sin duda, las mejores playas de Tierra Santa. Playas sin bañistas, mar sin pescadores, con pecios impresionantes varados en las orillas; navegando cerca de la costa encontramos a la deriva una gigantesca tortuga marina muerta, que Tomás Alcoverro, legendario corresponsal de La Vanguardia en Oriente Medio, se empeñó en izar a la barca para luego llevar la enorme concha a su casa en Beirut. La tortuga fue desollada en la playa, su carne utilizada en el Club de las Naciones Unidas para hacer sopa y la concha tratada con sal gorda para mitigar el pestazo que despedía. La playa de Gaza se llenó de niños palestinos alborozados por la tortuga, seguidos de personas del Club de las Naciones Unidas que se hicieron cargo de la carne, y de patrullas de soldados israelíes que acudieron alarmados por aquel tumulto. Alguna vez se exageró pretendiendo que Gaza se convirtiera en algo así como Hong Kong o Benidorm, porque hubo prometedores proyectos de un puerto y un aeropuerto, sin realizar o destruidos hoy. Tanto conflicto y tanto refugiado, una pleamar de violencia, sin embargo, han llegado a convencer de que Gaza era un lugar irremediablemente maldito. Ni Egipto, ni Jordania, quisieron hacerse cargo de su población, miserable y apátrida, cuyo único medio de vida prácticamente ha consistido tan sólo en proporcionar abundante mano de obra barata al mercado israelí. La verdad es que es preciso repartir responsabilidades en la creación, pero también en el mantenimiento, de tal paisaje desolador, que, eso sí, basta dejar atrás en cuestión de minutos o de kilómetros para asistir al espectáculo de la contigua y altísima calidad de vida bajo el sol y frente al Mediterráneo, como anunciaban los folletos de los promotores, en las villas para los colonos, con sus jardines, barbacoas y muchachas en bikini. 0 sea, California tras las poderosas alambradas y con la presencia cercana de los soldados, para que California no revirtiera a Gaza. Difícil creer que un área tan limitada físicamente almacene tal densidad de tristeza y resentimiento. Hablamos de una franja de unos 360 kilómetros cuadrados, de 40 kilómetros de largo con un máximo de 10 kilómetros de ancho, pero con una población de 1,4 millones de refugiados, un altísimo nivel de natalidad e índices también altísimos de contaminación ambiental en el agua, la tierra y la atmósfera. Gaza huele mal y se hunde bajo el peso de su población, que no deja de crecer en un espacio cada vez más exiguo, con regadíos y arboles frutales que van desapareciendo dejando el paso, eso sí, a la crispación y el radicalismo político y religioso, en que ese mundo inaudito fomentado por a potencia ocupante, el de las vilas maravillosas y los soldados implacables, ha añadido todos los elementos de la vergüenza y la paradoja. Para Israel, para Egipto, para a Autoridad Palestina, para todos nosotros, en vísperas de la retirada Gaza sigue siendo un problema grave y de urgente solución, que sólo podrá empezar a despejarse sin coonos ni soldados, evitando que Gaza continúe siendo castigada con anta desdicha. |