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No se han marchado Las impresiones sobre las elecciones generales en Líbano e Irán, cuyos resultados se han ido conociendo a lo largo de esta semana, sugieren respectivamente que ni los sirios ni los reaccionarios se han marchado, y que el futuro de ambos países de alguna manera sigue en manos de servicios y personajes reacios a dejar el control de los mecanismos del poder. En el caso libanés las elecciones, pese al dramatismo del asesinato de que fuera primer ministro Rafik Hariri, el pasado mes de febrero, y a la victoria de su hijo, han registrado la reaparición de lo mejor de cada casa, con tanto protagonismo durante décadas de guerra civil y régimen policíaco. Nadie sabe ya a quién pertenece por ahora la línea política de Saacl Hariri, pero sí que todos los políticos en excedencia o con expectativas siguen mirando de reojo hacia Damasco. Y no tanto de reojo, porque el presidente Emile Lahoud, con mandato extendido asta 2007, no oculta sus simpatías hacia los sirios, como tampoco lo hace el ex general Michel Aoun, otrofantasma que reaparece en la escena después de 15 años exiliado en Francia. Quiere esto decir que las elecciones libanesas son una especie de túnel del tiempo o de baúl de los recuerdos con apellidos conocidos, los hijos de notables influyentes y poderosos, hijos también de millonarios asesinados, aseguran, por los sirios. Así volvemos a encontrarnos con los Hariri, los Jumblatt, los Frangieh, etc., junto a los anteriormente citados, que hacen temer el retorno al faccionalismo y compadreo habituales, con o sin la influencia directa de una Siria que ni mucho menos ha perdido clientela. Se esperaba un panorama innovador para Líbano, como también se esperaba para Irán, que no ha permitido observadores internacionales en sus elecciones, sometidas a numerosas sospechas y desde luego controladas por el Consejo de los Guardianes de la Revolución y el líder supremo Jamenei. Eliminados tras la primera vuelta los candidatos reformistas, que podían haber supuesto cierta esperanza en el tímido proceso intentado por Jatami, para la segunda vuelta no hay más opción que entre el conservador Rafsanjani y el ultraconservador Ahmahddineyad, índice de que la revolución islámica se cierra en sí misma y es dudosa la continuación de la apertura que, pese a tanta insatisfacción, representó Jatami. Según todos los indicios, en Irán no habrá sobresaltos, ni en las filas gubernamentales ni en el Parlamento, siguiendo el país pendiente de una segunda revolución, algún cursi la llamará la Revolución de los Pistachos, que liberalice la primera, elimine los controles del poder sobre las riquezas nacionales y la representación popular y, en fin, responda a las demandas de una sociedad de tremendo ímpetu que apenas encaja en los restos de la Revolución de 1979 con su radicalismo antiestadounidense y su conservadurismo social. Perece como si en Líbano se quisiera mantener un estilo de vida y de política muy queridos ambos desde tiempo inmemorial y que sólo se han visto ensombrecidos precisamente por las influencias de sirios, palestinos e iraníes. Pero parece también que en Irán ocurriría todo lo contrario, y que la cerrazón de ciertos clérigos responde a unos obsoletos esquemas de la primera hora del triunfo revolucionario contra el Sha, obstaculizando hoy intereses y aspiraciones de la mayoría de la población. 0 de los sectores de más ebullición: los jóvenes, las mujeres y la clase media. No se excluye que Líbano después de las elecciones será un país difícilmente gobernable, con Siria actuando a través de Lahud, Aoun, Frangieh, etc., y un Parlamento dividido en tres grandes bloques: el que dirige el dúo Hariri-Jumblatt, la coalición chiíta de Hizbollah y Ama¡ y el grupo de seguidores de Michel Aoun. El espíritu de la, quizá prematuramente y de forma también cursi denominada Revolución del Cedro del pasado 14 de marzo, veremos si se mantiene a manos de la gentes de toda la vida en la política y los negocios del país. Respecto a Irán, la Revolución de 1979 no ha recibido en su día denominación a la moda, ni siquiera para revitalizarla, tal vez porque se trata de una revolución agotada, como ¡a revolución de Líbano podría ser inexistente. En Líbano, como en Irán, permanecen firmemente asentados en sus puestos los conocidos actores políticos: los sirios y sus amigos, las grandes familias de los maronitas y los sunitas, los clérigos chiítas, etc. Nadie se ha marchado y, vistas las cosas desde esta orilla, con una indebida e injerente decepción, se constata de nuevo que las elecciones, por muy demócratas que sean, no necesariamente traen la democracia y el buen gobierno. |