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Entre Ferghana y Panshir Los sucesos que en poco más de un año se registran en antiguas repúblicas soviéticas, en Georgia, Ucrania, Moldova, Kirguizistán, Uzbekistán, etc., sugieren de nuevo la teoría del dominó y responden a una larga serie de transformaciones en un mundo que ebulle desde que la Unión Soviética desapareciera en Agosto del 91. En la periferia de la mal llamada superpotencia, especialmente en Asia Central y el Caucaso, más o menos entre los valles de Ferghana y Panshir, los fenómenos de separatismo, corrupción, enfrentamientos comunitarios, guerras civiles entreabiertas y sublevaciones contra los autócratas, se han destapado como aparente novedad o se han intensificado a partir de orígenes antiguos, evidenciando la naturaleza paradójica de un imperio que fabricaba naciones y creó fortísimos sentimientos nacionalistas, en último término decisivos para acelerar y sellar su desaparición. La moda de la de~ mocracia sigue en auge y en los próximos meses, sin haberse cerrado aún la crisis de Uzbekistán, no sería extraño contemplar nuevos estallidos en las repúblicas musulmanas de la denominada Comunidad de Estados Independientes. Ciertos tratadistas como Helene Carrere d' Encausse y Oliver Roy han comparado a grandes rasgos lo que ha ocurrido en las nuevas naciones de Asia Central, con lo que se produjo en la América Española y en el Africa Francófona. Es decir, una división administrativa colonial que da carta de naturaleza a estados que antes no existían y que incluso carecían de cualquier tradición nacional. Las repúblicas musulmanas de la antigua Unión Soviética nacen de un decreto de 1924, no sólo en lo que se refiere a sus fronteras sino también en cuanto al nombre oficial que reciben, a su pasado reinventado según las aportaciones de Stalin, de los románticos alemanes y de los añadidos asimiiadores tras las conquistas zaristas, en cuanto a la definición de la etnia que cada república debe encarnar, e incluso en cuanto a su lengua. Con la excepción de Tayikistán, la república más inestable de todas, con una sangrienta guerra civil entre 1992 y 1997, las cinco nuevas naciones independientes lograron de inmediato asentarse, apoyándose en el aparato estatal heredado del sistema soviético. Hasta ahora es difícil saber si los movimientos en Asia Central están provocados por el mal gobierno, y porque soplan vientos de libertad y democracia, o si de manera más profunda suponen la quiebra de un modelo territorial en que se atribuía un estatuto a agrupamientos de población por completo artificiales para los musulmanes del imperio ruso, que nunca habían tenido una nación en el sentido moderno de¡ término, cuyas propias palabras para definir lo nación sólo designaban una comunidad religiosa y cultural, sin territorio ni estado propios. Los conflictos precisos de cada república están de alguna manera conectados con la vecina, por razones étnicas y religiosas al menos, sin que quepa excluir conflictos fronterizos, rivalidades entre las élites de¡ poder y luchas por al control de los recursos energéticos. La complejidad de esa Asia Central, de naciones tardías pero frenéticas en su nacionalismo, en que las redes de parentelas y clanes se han recompuesto en concordancia con la base territorial y administrativa instaurada por los soviéticos, se hace aún mayor porque su alto nivel conflictual político y religioso se une a una situación estratégica altamente privilegiada, con atención directa de Moscú y Washington, y abundantes recursos en petróleo y gas natural. La Unión Soviética fue una formidable máquina de fabricar naciones en Asia Central, según una política de nacionalidades concebida por Stalin para minar los nacionalismos existentes,-el ruso, el ucraniano, el georgiano, el tártaro e incluso el kazajo-, quebrar los grandes conjuntos linguísticos y culturales fundados en las lenguas persa y turca y en el Islam, y crear una personalidad soviética. Fue el sistema soviético el que forjó los instrumentos conceptuales que proporcionaron a las repúblicas musulmanas los elementos de su legitimidad y su definición, unas formas que sorprendentemente han dado vida a su contenido, por muy artificial que éste pudiera parecer. Así se entiende que los partidos comunistas se transformaran en partidos del presidente, y que toda una generación política procedente de la nomenclatura, todavía no relevada, mantenga un discurso nacionalista más o menos desafiante respecto a Moscú, más o menos abierto respeto a Occidente. Su mal gobierno y el retorno de un pasado soviético, incluso zarista, configuran hoy poderosos movimientos de transformación, ebullición social y replanteamiento politico y territorial, ayer en Kirguizistán, hoy en Uzbekistán, y mañana en cualquier otro punto de¡ Asia Central y el Cáucaso, desde Ferghana a Pánshir. |