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El defensor del vínculo T ienen mucho interés las actuaciones del secretario de Estado Colin Powell en los dos meses que se extienden desde que el presidente Bush ganó las elecciones hasta que jure el cargo en los primeros días de enero. Abandona el puesto al parecer de manera voluntaria, sin excluir que haya pedido marcharse antes del cese; a raíz de la guerra de Iraq trascendía que no tocaba en sintonía con la orquesta gubernamental, con una actitud moderada y posibilista que le dejaba, a él y al Departamento de Estado, en franca minoría ante la ola de ardor guerrero contra Saddam Hussein. Colin Powell probablemente se encuentra ya con menos ataduras y comprornisos, como liberado para dar un testimonio y dejar una especie de testaniento político que nos vendrían b¡en para conocer la verdid, y que por resaltar la necesidad del vínculo transatlántico servirían además para rnitigar las tendencias antiamericanas en círculos europeos. En Bruselas ha recordado que las diferencias sobre Iraq no han impedido que los Estados Unidos y Europa se entiendan y colaboren en asuntos como los de Libia, Irán y Ucrania. Pero pidió que Europa se comprometiera más ahiertamente en la cuestión iraquí, lo que se explicaría por las urgencias de todo tipo que plantea la cuenta atrás hacia las elecciones de finales de enero, previstas semanas después que las palestinas. Nadie puede dudar que, como dijo, no habrá beneficiarios en el fracaso de los Estados Unidos en Iraq; lo que, volviendo la oración por pasiva, también puede entenderse como clara petición de ayuda para que Europa contribuya a enjugar los gastos y reparar los daños generados por el voluntarismo de Washington. Hay por tanto un objetivo cercano que sólo se despejará, como en buena medida se ha despejado en Afganistán, si al mismo tiempo se unen junto al Tigris y el Eúfrates los soldados estadounidenses con los enviados de la ONU, la OTAN y la Unión Europea en misiones de observación, protección y apoyo. Sin su presencia las elecciones carecerán de iceptación y de legitimidad, incluso de viabilidad. Vale mucho la pena que los recelos, aún no desaparecidos como ha declarado el ministro francés Michel Bernier, se dejen de lado en beneficio del castigado pueblo iraquí y de la delicada estabilidad regional. Ennoblecen los fracasos cuando hay disposición para encajarlos, tanto como para encajar los éxitos. El fracaso o la contrariedad de Colin Powell evidencian a su vez los peligros de una superpotencia con fuerza militar irresistible e influencia cuestionada. Por eso en esta coyuntura sus actuaciones hacen preguntarse por el ignorado paradero del internacionalismo liberal que tuvo sus máximos exponentes en Wilson y Roosevelt, por la deriva en que parece encontrarse la Potencia Indispensable, la Potencia Excepcional, la Hiperpotencia, etc., que de algún tiempo a esta parte estaría empeñada en no cumplir con lo que exhorta a los demás. Pese al encontronazo transatlántico originado en la guerra de Iraq, el Viejo Mundo y el Nuevo ciertamente siguen compartiendo muchos valores políticos y culturales, creen en el mismo modelo de sociedad y coinciden en sus ilusiones sobre el futuro del mundo. Sin embargo, habría que insistir en la ansiedad, que no ha desaparecido en cierta opinión recíproca de un lido con el otro, sobre ese escenario en que los Estados Unidos aparecen como una nueva Prusia, agresiva, desafiante, obsesionada por las armas, y Europa convertida es una nueva Suiza, egoísta, parroquial y neutril a tiltranza. Una forma de circunvalar la polémica, lo que Colin Powell habría hecho, reside en olvidar eso de lo que une y lo que separa, insistiendo más bien en lo mucho que nos reclaman los peligros comunes detodo el mundo occidental; terrorismo, tráfico de armas, drogas y personas y delincuencia transnacional. Ciertamente, contra todos ellos la cooperación transatlántica no ha cesado de incrementarse, por inucho que las lecturas políticas correspondientes no sean idénticas y las soluciones con frecuencia sean vistas como muestras de debilidad o de brutalidad. Precisamente, Colin Powell se situó en ese punto en que se convoca a los Estados Unidos para no hacer aquello por mucho que dispongan de fuerza sobrida para hacerlo, la actitud en suma de un militar ilustrado; y para contir con sus aliados y las instituciones internacionales que precisamente los Estados Unidos contribuyeron decisivamente a levantar, fuentes en todo caso de ayuda, solidaridad y legitimidad. Como si Clausewitz y Raymond Aron se dieran la mano y la bienvenida en la jubilación de Colin Powell, que ha seguido utilizando cuchillo y tenedor junto a compañeros de mesa que comían con las manos. |