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Nº 621
25/10/2004

Desde Kabul a Bagdad

El éxito de las elecciones en Afganistán del 9 de octubre debería ser un precedente para que las de Iraq, previstas para enero de 2005, se celebren con normalidad y constituyan, para uno y otro país, el
principio del fin de las pesadillas históricas. Solo hasta cierto punto son comparables ambas situaciones. Afganistán era un país sin Estado y un refugio de terroristas. Pero Iraq disponía de un aparato estatal más o menos eficaz, que permitió oponerse a la invasión y organizir la resistencia una vez realizada la conquista militar. Iraq es un país rico en cultura, recursos humanos y materiales, con una posición
destacada en la historia y en la región, que le hace difícilmente comparable con Afganistán. En definitiva, la intervención en Afganistán y la celebración de estas elecciones pueden haber sido el medio de reintegrar al país a la sociedad internacional. En el caso de Iraq, sin embargo, estamos ante un país que sobresale en muchos aspectos, esencial en el mundo árabe y en Oriente Medio, además de ser un importante productor de petróleo; aquí las elecciones casi serían el único procedimiento para
subsanar la tragedia de la invasión y la conquista.

Colocar en el mismo plano Afganistán e Iraq supone justificar ciegamente la guerra contra el terrorismo, que se explicaba en un caso pero no en el segundo, y que a la vista de la constante negación de los motivos aireados por Washington, empezaría a entenderse por la avidez petrolera o el odio a Saddam, ambos innegables. La intervención en Afganislan se corona por la celebración de elecciones, pero las elecciones en Iraq serían, al contrario, la manera de rectificar un error estratégico y una agresión armada que han contribuido a soliviantar buena parte de la población. Las condiciones para la celebración de los comicios, en consecuencia, son muy distintas en el caso afgano y en el caso iraquí, porque existen serias dudas de que los iraquíes, al revés que los afganos, se sientan verdaderamente liberados por el extranjero y tan ilusionados por el voto. En Afganistán han podido abrirse las urnas porque se había logrado un aceptable nivel de seguridad, lo que no ha podido alcanzarse aún en Iraq. En la cuenta atrás, y pese a los relativos éxitos en Samarra y Ciudad Sadr, se prevé el recrudecimiento de la violencia para que no se vote y no se legitime al ex tranjero, en un proceso electoral que pese a todo debe verse como una esperanza para los iraquíes.

Si las elecciones en Afganistán son relativamente satisfactorias es porque, además de la afluencia sorprendente de los votantes, se ha contado con un alto nivel de cooperación internacional; observadores y técnicos electorales, presencia activa de las Naciones Unidas, la Alianza Atlántica y la Unión Europea, fuerzas militares multinacionales, etc. Quiere esto decir que Estados Unidos ha dispuesto de la debida asistencia exterior, prestada por considerarse que su actuación en Afganistán es necesaria y legítima; una asistencia que puede faltar en el caso iraquí por motivos justamente opuestos y para fastidiar a Estados Unidos. Por esta razón, de aquí hasta enero probablemente Estados Unidos se esforzará al máximo en engrasar los rodamientos de la cooperación internacional, sin los que en Iraq no su repetiría el éxito de Afganistán, las elecciones pueden no celebrarse y, de hacerlo en fecha prevista, carecerían de niveles mínimos de credibilidad. la resistencia puede entorpecerlas, pero la indiferencia o la reticencia de terceros países son también muy capaces de arruinar cualquier resultado. Todas ellas son fatales para el futuro del pueblo iraquí.

El convencimiento internacional que ha favorecido las elecciones en Afganistán dista mucho de haberse logrado en apoyo de las elecciones en Iraq. Meses antes, y en círculos políticos muy destacados, todavía se califican los comicios mas como un invento y una coartada de la principal potencia ocupante que como una etapa esencial para la paz y el progreso del país. De esta manera, según tales lecturas, en Iraq asistimos al proceso opuesto de Afganistán; elecciones para ocultar y legitimar errores, no para abrir un camino de bienestar y serenidad. Esperemos que no acabe siendo así y que las elecciones en Iraq adquieran el significado y el sentido de las elecciones afganas. De aquí a enero no es improbable que se haya alcanzado un cierto clima de sosiego en el teatro iraquí, tanto en la seguridad ciudadana como en el temperamento de ciertos gobiernos, inclinados todavía a condenar a Estados Unidos para que almuerce solo con sus propios errores, sin ninguna ayuda en facilitarle la digestión de tan amargos alimentos. Pero ese convencimiento internacional contribuiría a evitar al pueblo iraquí, como antes al pueblo afgano, ser víctima eterna e inocente de todo aquel que ha manipulado su país.

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