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Nº 605
31/5/2004

Retorno a Normandía


Se conmemoran los sesenta años del Desembarco en Normandía cuando las coparaciones son más odiosas que nunca, por culpa de otros desembarcos ulteriores, entre la imagen de los Estados Unidos en 1944 y la que hoy se percibe en una parte no desdeñable de Europa, el mundo árabe y musulmán y mayoritariamente en la sociedad internacional. Una imagen manifiestamente mejorable que ha perdido aquellos colores del idealismo, la generosidad y el sacrificio con que los soldados aliados, estadounidenses en especial, acudieron para la liberación de Europa. Desde las playas Omaha, Utah, Juno y Sword, hasta Fallujah y Nayaf, hay un largo trayecto en que los Estados Unidos parecen haber olvidado su meritoria labor de liberación y reconstrucción, para empeñarse en dudosísimas guerras de conquista y ocupación que nunca podrán verdaderarnente ganar, para prestar su apoyo a las locuras de Sharon y, de paso, para engrosar cada día el caudal de enernigos, temores y antipatía a todo lo ancho del mundo . El acontecimiento que este junio se conmemora sirve para alimentar innumerables preguntas y, espero, para fomentar una saludable crítica y autocrítica en torno al gran país que parece haberse extraviado trágicamente a partir del 11 de Septiembre de 2001.

A partir de entonces, como destacada Anatol Lieven, los Estados Un¡dos han escogido una política que ha dividido a Occidente, ha enajenado aún más a los árabes y musulmanes e, incluso ha expuesto al país a nuevos peligros. Como si la Adminisiración Bush hubiera establecido

un compromiso con una visión msiánica de la nación y sus obligaciones en este mundo, siendo los estadounidenses otra especie de Pueblo Elegido y los Estados Unidos un país demasiado poderoso como para atarse por las normas de comportamiento que predican a otros países. Los sucesos de Iraq y la contienda electoral de noviembre parecen marcar el punto de inflexión en que se verificará el fracaso y la reprobación de determinadas actuaciones, con la esperanza para los Estados Unidos y el mundo de que en consecuencia la superpotencia recupere la decencia y el heroísmo de su Desembarco en Normandía. Honrar a los caídos, cuyos enormes cementerios nacionales se sitúan en las cercanías de las playas, quizás poco contribuya a enderezar con rapidez la situación en Iraq, donde casi todas las apuestas de Washington han resultado equivocadas: el volumen de las tropas, el apoyo internacional, la credibilidad de los exiliados la eliminación M Ejército y M Partido Baas, etc. Para Fareed Zakaria, tal combinación de arrogancia e incompetencia no sólo aleja las esperanzas de un nuevo Iraq; también ha tenido el efecto de convertir a los Estados Unidos en una especie de delincuente internacional para buena parte del mundo. No hay muchas posibilidades de que la Vieja Europa preste su ayuda para que los Estados Unidos puedan corregir la situación en Iraq o, al menos, para diversificar la presencia occidental en el país. Tampoco parece haberlas respecto a la debida restauración del vínculo transatlántico, al menos hasta que se conozcan los resultados de las elecciones presidenciales en noviembre.

De lo que sí habría muchas posibilidades es de que Estados Unidosse viese obligado a apurar hasta las heces el cáliz de esa alegría unilateralista a la que alude Sandy Berger, al paso de los escándalos, la ignominia y las propias bajas en sus filas.

Siempre es honroso morir en combate, pero la máxima gloria se reconoce y saborea por los demás cuando se honra al que murió por una causa justa. Por ello tiene un sabor muy distinto honrar a los caídos ayer en Normandía que hacerlo hoy con las continuas víctimas que se registran en cualquier lugar de Iraq. Su sacrificio, además, se contrapone a otras actuaciones en absoluto edificantes que no dejan de denunciarse contra determinados sectores de las fuerzas de ocupación, para escarnio de la mission civilisatrice de los Estados Unidos y convencimiento europeo de que mejor es no mandar tropas a Iraq. A estas alturas, conocidos los horrores de Abu Ghraib, y tras evidenciarse por enésima vez la impostura de Ahmed Chalabi, el hombre del Pentágono, no hay quien siga sosteniendo con convicción que la guerra de Iraq era una etapa de la guerra contra el terror, y sí muchos que lamentan que la amenaza del terror sea hoy diez veces mayor que cuando Saddam detentaba el poder. Pero pasear por las ya pacíficas playas de Normandía sesenta años después contribuye a recordar con emoción la memoria de aquellos soldados que verdaderamente actuaban en nombre de la libertad, al servicio de una potencia conservadora y hegemónica que defendía el orden internacional y proyectaba sus valores con su propio ejemplo. Que todo vuelva a ser así.

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