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El
dedo en el gatillo
El
año pasado el jeque Ahmed Ismael Yassin, líder espiritual
de Hamas asesinado por las fuerzas israelíes el 22 de marzo, habló
de un "arco de la resistencia" que abarcaría de Gaza
a Bagdad. Hace unos días el iman chiíta iraquí Muqtada
Al Sadr se situó en onda parecida al declarar que "somos el
brazo armado de Hamas y Hizbollah en Iraq, porque es la misma suerte la
de los iraquíes y la de los palestinos". De esta manera se
hace explícita la conexión que se imaginó desde el
principio de la guerra de Iraq, y la verificación de que la paz
en Oriente Medio, y en concreto ¡a solución del conflicto
entre israelíes y palestinos, no iba por el camino de Bagdad a
Jerusalén, como opinaba Paul Wolfowitz. Por el contrario, la superposición
de ambos conflictos, que no dejan de intensificarse desde la ocupación
de Bagdad, ha situado el enfrentamiento entre el Islam y Occidente, entre
EE UU y el mundo árabe y musulmán, entre Al Qaecla y cualquiera
que se le ponga a tiro, en un terrorífico plano globalizado y maximalista,
con enemigos para Occidente que son difícilmente identificables,
previsibles y controlables. No quieren negociar sino morir, matar y destruir.
Es doloroso pero inevitable que Occidente se pregunte cómo se ha
podido llegar a este punto, después de tantos incidentes en que
nuestros políticos solían actuar con todas las garantías
contra objetivos cuyos actores no eran capaces de responder debidamente,
amenazas irrisorias miserables poblaciones resignadas al formidable poderío
que venía desde fuera y a la respectiva dictadura local. Bagdad,
Jenin, Falluyah y otros lugares, sin embargo, se han integrado en el imaginario
colectivo árabe, resentido con razón o sin ella, usando
verdades y mitos, y cargando las culpas a Washington, París, Londres,
etc., sin tampoco excluir a Madrid, englobando en su ira y frustración
la complicidad de sus líderes políticos y religiosos. Así,
según determinadas lecturas, la postración y la humillación
de los árabes se compone de una larguísima serie de afrentas
de procedencia occidental, que no se interrumpe sino que se activa cada
día, pese a la presencia de importantes minorías árabes
y musulmanas en Occidente y al fortalecimiento de su opinión pública
por medios de comunicación propios. Es decir, que los árabes
no son como eran, pero se les sigue tratando tan mal como siempre, aunque
ya tienen el dedo en el gatillo.
En ese itinerario de Gaza a Bagdad, que muy previsiblemente contará
con nuevas y sangrientas etapas, los conflictos armados y los atentados
terroristas han acabado por imposibilitar y aplazar las oportunidades
de reconstrucción de un mundo que, por el contrario, se afianza
en formas políticas y religiosas que, por muy retardatarias que
nos parezcan, se consideran las mejores armas para la lucha y para conservar
la identidad. Cuando los Estados Unidos y sus aliados son criticados por
la situación en Tierra Santa,Iraq, los signos de desestabilización
en jordania y Siria, etc., no es el momento oportuno para comentar la
pobreza, la opresión, el relegamiento de la mujer y, en definitiva,
su limitadísimo desarrollo social y humano que se resalta en los
informes de Naciones Unidas. Esos datos innegables pueden para algunos
ser imputados a la continuada agresión occidental y sus efectos
colaterales. De esta manera el peligrosísimo círculo vicioso
se cierra en la violencia y la miseria.
A lo largo del siglo pasado se ha ido configurando esa mentalidad antagónica,
ese imaginario que recoge todo lo malo de Occidente desde las Cruzadas,
a lo que faltaba ese detonador que es Al Qaeda para desarrollar la estrategia
de[ terror y la venganza, que con más precisión, dolor e
indiscriminacion se articula para alcanzar objetivos. Innecesario enumerar
los episodios que retroalimentan el odio y el resentimiento, reflejados
además en más de alguna escuela coránica, justificables
o rechazables según lecturas del Libro Sagrado y disquisiciones
de los filólogos sobre lo que aparece o no en el Corán.
Hoy llamamos Al Qaeda a lo que antes era, y vuelve a ser en Iraq, el Mahdi,
redentor y vengador de los oprimidos en e¡ fin de los tiempos, con
la ayuda hoy de las armas y la tecnología Al Sadr y Yassin, que
en paz descanse, se sitúan en esa perspectiva apocalítica
de la lucha entre el bien y el mal, el Armaggedon, sin cuartel para el
enemigo, un enfrentamiento que desde Gaza, Bagdad y Jerusalén pasa
de modo imperceptible y realmente trágico a Nueva York, Madrid,
París, Estambul..., porque se ha procedido de manera reduccionista
pero englobadora a la fusión de todos los conflictos en uno solo
en que víctimas y verdugos ni se identifican con precisión
ni son capaces de negociar. 0 sea, que Dios reconocerá a los suyos,
como dijo Simon de Monfort ordenando que matasen a todos, y que las sepulturas
de los cementerios de Jerusalén y de Nayaf serán las primeras
en abrirse para asistir al juicio Final.
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