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Nº 603
17/5/2004

El dedo en el gatillo


El año pasado el jeque Ahmed Ismael Yassin, líder espiritual de Hamas asesinado por las fuerzas israelíes el 22 de marzo, habló de un "arco de la resistencia" que abarcaría de Gaza a Bagdad. Hace unos días el iman chiíta iraquí Muqtada Al Sadr se situó en onda parecida al declarar que "somos el brazo armado de Hamas y Hizbollah en Iraq, porque es la misma suerte la de los iraquíes y la de los palestinos". De esta manera se hace explícita la conexión que se imaginó desde el principio de la guerra de Iraq, y la verificación de que la paz en Oriente Medio, y en concreto ¡a solución del conflicto entre israelíes y palestinos, no iba por el camino de Bagdad a Jerusalén, como opinaba Paul Wolfowitz. Por el contrario, la superposición de ambos conflictos, que no dejan de intensificarse desde la ocupación de Bagdad, ha situado el enfrentamiento entre el Islam y Occidente, entre EE UU y el mundo árabe y musulmán, entre Al Qaecla y cualquiera que se le ponga a tiro, en un terrorífico plano globalizado y maximalista, con enemigos para Occidente que son difícilmente identificables, previsibles y controlables. No quieren negociar sino morir, matar y destruir.

Es doloroso pero inevitable que Occidente se pregunte cómo se ha podido llegar a este punto, después de tantos incidentes en que nuestros políticos solían actuar con todas las garantías contra objetivos cuyos actores no eran capaces de responder debidamente, amenazas irrisorias miserables poblaciones resignadas al formidable poderío que venía desde fuera y a la respectiva dictadura local. Bagdad, Jenin, Falluyah y otros lugares, sin embargo, se han integrado en el imaginario colectivo árabe, resentido con razón o sin ella, usando verdades y mitos, y cargando las culpas a Washington, París, Londres, etc., sin tampoco excluir a Madrid, englobando en su ira y frustración la complicidad de sus líderes políticos y religiosos. Así, según determinadas lecturas, la postración y la humillación de los árabes se compone de una larguísima serie de afrentas de procedencia occidental, que no se interrumpe sino que se activa cada día, pese a la presencia de importantes minorías árabes y musulmanas en Occidente y al fortalecimiento de su opinión pública por medios de comunicación propios. Es decir, que los árabes no son como eran, pero se les sigue tratando tan mal como siempre, aunque ya tienen el dedo en el gatillo.

En ese itinerario de Gaza a Bagdad, que muy previsiblemente contará con nuevas y sangrientas etapas, los conflictos armados y los atentados terroristas han acabado por imposibilitar y aplazar las oportunidades de reconstrucción de un mundo que, por el contrario, se afianza en formas políticas y religiosas que, por muy retardatarias que nos parezcan, se consideran las mejores armas para la lucha y para conservar la identidad. Cuando los Estados Unidos y sus aliados son criticados por la situación en Tierra Santa,Iraq, los signos de desestabilización en jordania y Siria, etc., no es el momento oportuno para comentar la pobreza, la opresión, el relegamiento de la mujer y, en definitiva, su limitadísimo desarrollo social y humano que se resalta en los informes de Naciones Unidas. Esos datos innegables pueden para algunos ser imputados a la continuada agresión occidental y sus efectos colaterales. De esta manera el peligrosísimo círculo vicioso se cierra en la violencia y la miseria.

A lo largo del siglo pasado se ha ido configurando esa mentalidad antagónica, ese imaginario que recoge todo lo malo de Occidente desde las Cruzadas, a lo que faltaba ese detonador que es Al Qaeda para desarrollar la estrategia de[ terror y la venganza, que con más precisión, dolor e indiscriminacion se articula para alcanzar objetivos. Innecesario enumerar los episodios que retroalimentan el odio y el resentimiento, reflejados además en más de alguna escuela coránica, justificables o rechazables según lecturas del Libro Sagrado y disquisiciones de los filólogos sobre lo que aparece o no en el Corán. Hoy llamamos Al Qaeda a lo que antes era, y vuelve a ser en Iraq, el Mahdi, redentor y vengador de los oprimidos en e¡ fin de los tiempos, con la ayuda hoy de las armas y la tecnología Al Sadr y Yassin, que en paz descanse, se sitúan en esa perspectiva apocalítica de la lucha entre el bien y el mal, el Armaggedon, sin cuartel para el enemigo, un enfrentamiento que desde Gaza, Bagdad y Jerusalén pasa de modo imperceptible y realmente trágico a Nueva York, Madrid, París, Estambul..., porque se ha procedido de manera reduccionista pero englobadora a la fusión de todos los conflictos en uno solo en que víctimas y verdugos ni se identifican con precisión ni son capaces de negociar. 0 sea, que Dios reconocerá a los suyos, como dijo Simon de Monfort ordenando que matasen a todos, y que las sepulturas de los cementerios de Jerusalén y de Nayaf serán las primeras en abrirse para asistir al juicio Final.

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