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Kant,
Koenisberg, Kaliningrado
Muy poco queda en Kaliningrado del Koenisberg de Kant, o del Koesnisberg a secas. Apenas su sepultura en los muros de la catedral, y una copia de la primitiva estatua del filósofo en la Parade Platz. La antigua fue fundida por los soviéticos, que deshicieron Koenisberg para levantar una ciudad similar a Minsk, larkov, etc., nada que ver con una de las ciudades barrocas más hermosas de la Prusia Orienta¡, como muestra el grabado de F.B.Werner de 1707 y sugiere la amorosa reconstrucción por los polacos de la cercana ciudad de Gdansk, antes Dantzig. Al celebrarse el segundo centenario de la muerte de Kant, cobra importancia el llamado "turismo de la nostalgia", porque se echa de menos la ciudad que fue bellísima y al hombrecillo de vida rigurosa y limitada, pero que fue capaz de dar un vuelco a la teología, la moral y la estética, tan demoledor que a partir de sus enseñanzas ya no se pudo pensar de la misma manera. Las parejas de recién casados acuden para fotografíarse y hacer ofrendas florales a la tumba de Kant. Antes salían M Palacio de los Matrimonios para hacer lo propio ante el busto de Cados Marx, en un parque cercano donde aún sigue pero con pocas visitas. 0 sea, que la Razón Pura ha triunfado sobre la Dialéctica, y que Kaliningrado acumula símbolos y resonancias que la intensa utilización militar y la casi imposible recuperación urbanística no han conseguido eliminar. Fue tan sangrienta la conquista de la Prusia Orienta¡ que, como una especie de compensación, los soviéticos destruyeron Koenisberg, cambiaron su nombre y levantaron un bastión militar en lo que fue la cuna de la aristocracia militar prusiana, donde eran coronados los Reyes de Prusia. Una venganza y un ajuste de cuentas contra Hitier y contra Alemania, que no impidieron que hoy en el aeropuerto se anuncie "Bienvenido a la ciudad de Kant" y se lea "I Love Kant" en las camisetas. Y es que habría que resucitar a Kant para conocer su solución respecto a Kaliningrado. Sin alemanes, con una población de un millón de personas de procedencia rusa, lituana, ucraniana, etc., una extensión de 1-5.000 kilómetros cuadrados y una guarnición de 25.000 efectivos, Kaliningrado ya no es la joya de la corona soviética. El número de militares se ha reducido de forma gradual desde 1993, y la flota del Báltico, dividida entre los puertos de Baltiisk y Kronstadt, ha sido amputada a la mitad en personal, y en dos tercios en cuanto a los buques. Rodeada por tinto de países comunitarios y atlánticos, con bastante poca simpatía todos ellos hacia Rusia, ha sido necesario que Bruselas y Moscú concluyeran en noviembre de 2003 un difícil acuerdo para facilitar el tránsito a Kalingrado, entre Rusia y Bielorrusia y el territorio de la Unión Europea. Eso sí, hasta ahora todo el mundo ha querido dejar bien claro que Kaliningrado forma parte de Rusia, para evitar nuevos cataclismos con lo que supone la última incidencii en el reparto de las Prusia OrientaL Stalin asignó la porción mayor, en el sur, a Polonia, y el área de Memel, hoy Maipeda, a Lituania, reservándose lo que hoy es Kaliningrado. El reparto de Prusia Orienta¡ sirvió pira sus designios de debilitar a Aleman ¡a e i mpl icar a Polon ¡a en la política exterior soviética. Timbién, para mantener el control sobre las tres repúblicas bálticas, todo ello bajo la vigilancia del bastión de Kiliningrado. No es un lugar agradable, rezuma tristeza y frialdad y se ha convertido en un extraño paraje íavorable al contrabando. La emigrición ¡legal, el turismo sexual y el tráfico de drogas, con sus mafias correspondientes. El recuerdo de Kant hace aún más dramítico codearse con todo lo que se opone de manera frontal a sus lecciones de ética y voluntad, en las que sigue siendo maestro, como si no hubiera muerto. Pero según un chiste local, los pesimistas en Kaliningrido aprenden polaco; los optimistas, alemán, y los realistas aprender a manejar el fusil de asalto Kalashnikov. En cualquier caso, habría que releer a Kant. |