Nº 580
1/12/2003
Una interesante polémica

El ejército de Saddam ofreció muy poca resistencia a las fuerzas armadas de los Estados Unidos, y no se han encontrado las armas de destrucción masiva. Con estos dos elementos se relativiza la entidad de la formidable amenaza que suponía Iraq, esgrimida por los aliados como el motivo principal, y la justificación necesaria, para desencadenar la invasión y ocupación de Iraq. Desde hace meses, incluso antes de las hostilidades, se instaló la polémica sobre la certeza o exageración de la amenaza, y la responsabilidad que en ella habrían tenido ciertos servicios de inteligencia occidentales. Puesto que ya la situación es difícilmente remediable, y parece empeorar con cada día de ocupación, parecía que la polémica se habría movido de lugar o enterrado por sí sola, pero no es así. De tal modo que hoy se acumulan dos polémicas: la ya conocida, sobre las equivocaciones cometidas por los Estados Unidos en programar y realizar la ocupación, y la renovada polémica sobre la presunta exageración y distorsión de la amenaza, confeccionada en base a los informes de los servicios,

Hay dos piezas destacables que, sin lugar a dudas, se completarán con otras. La primera es el artículo de Thomas Powers, conocido especialista en servicios secretos, The vanishing case for war (The New York Review of Books, 4 de diciembre), y la segunda, la declaración de Stu Cohen, presidente en funciones del Consejo Nacional de Inteligencia en octubre de 2002, cuando se publicó la Estimación Nacional de Inteligencia sobre las armas de destrucción masiva en Iraq. Puede encontrarse en la página web de la CIA del 28 de Noviembre. El artículo citado se encuentra también en nybooks.com. De los dos, es Powers quien va más lejos, asegurando la falsedad o exageración respecto a las tres razones utilizadas por la Administración para justificar la guerra preventiva: que Iraq desarrollaba armas de destrucción masiva, incluso nucleares; que Iraq tenia una relación de trabajo con Osama Ben Laden; y que existía el peligro de que Saddam armase grupos terroristas con armas de destrucción masiva.

En conclusión, Powers afirma que Iraq no suponía un peligro inminente, ni tampoco un peligro distante. Los Estados Unidos, añade, no fueron a la guerra por verse forzados, o porque se les pidiera hacerlo, "sino porque lo decidimos en base a razones aún no explicadas por completo". Por su parte, Stu Cohen defiende la calidad del trabajo realizado, que seguiría las conclusiones de otros trabajos de las Naciones Unidas y de servicios de otros países, negando que la Administración manipulara los servicios para que opinaran lo que ella quería, ni que los analistas orientaran sus trabajos para acomodarlos a los deseos de la Administración. Tales son precisamente las acusaciones de Powers. Además, Stu Cohen se dedica en detalle a desmontar lo que califica de "diez mitos populares", sobre aspectos ya citados y además, sobre el supuesto engaño al Congreso, la historia del yellow cake, la confusión entre programas de movilización rápida y determinados programas armamentísticos, la excesiva confianza en las investigaciones de los inspectores de la UNSCOM y la UNMOVIC, y la existencia de grandes almacenes con armas de destrucción masiva.

Cuando haya descubrimientos y pruebas, o no, tendrá razón Powers o Cohen. De momento, resulta insólita la prolongación de la polémica, cuando ya el pueblo iraquí y la sociedad internacional se encuentran con un hecho consumado, grave y de complicada solución, pero sin olvidar que éste y otros temas conexos tendrán su cabida en más de una contienda electoral próxima. La verdad es que viviendo sobre aquel terreno y en tiempos cercanos, costaba trabajo imaginar que las fuerzas armadas iraquíes pudieran amenazar seriamente a un ejército occidental, mucho menos al estadounidense; sin armada y sin aviación, chocaba comprobar el estado de conservación del material o el calzado de los soldados. En cuanto a los misiles y las armas de destruccíón masiva, observadores y tratadistas dudábamos no tanto de su existencia, como de su eficacia, operatividad y mantenimiento, sufriendo el deterioro ambiental e industrial intensísimo tras diez años de embargo y sanciones internacionales, calor sin protección, problemas con el fluido eléctrico y los insumos industriales, etc. Todo ello se constató, se leyó en libros y documentos, y se trasladó la información correspondiente, pero fueron preferidas otras opiniones. Se consideraron mejores, pero ya no parecen hoy lo suficientemente buenas como para que la polémica se zanje.

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