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De nuevo la Anábasis Era tan aburrido el viaje terrestre de Bagdad a Amman que más de una vez exploEré los lugares señalados a derecha e izquierda de la autopista. Por ejemplo, Ramadi y Fallujah, que aparecen con frecuencia en la crónica trágica de la posguerra iraquí y en otro tiempo fueron escenario de mitos y epopeyas por los enfrentamientos de griegos y persas. Entre ambas ciudades, más cerca de Fallujah, en la región de Babilonia y no lejos de lo que luego sería Bagdad, las tropas de Ciro el Joven y las de su hermano el Rey Artajerjes II Mnenon, libraron en septiembre de 401 antes de Cristo la batalla de Cunaxa, en un paraje que se identifica con Tell Kuneise y una aldea denominada Al Knesje. Un lugar desolado y muy pobre, pero al que las lecturas obligaban a acudir, a recordar por la calidad de sus dátiles, que según la Anábasis tan mal sentaban a los griegos, y por la amabilidad del mukhtar, el jefe del pueblo. La zona conocio mejores tiempos, con los canales que ya apenas son visibles y que se trazaron entre el Tigres y el Eufrates, y las avutardas, onagros y avestruces a que se refiere lenofonte y tampoco se veían por ninguna parte.iNi Ramadi y Fallujah recordaban lo que fueron, ni había un Jenofonte para describirlas! Muerto Ciro el Joven, asesinados los generales griegos, es por allí donde el ejército de hoplitas, gimnetas, peltastas y arqueros, mercenarios todos de diversas regiones griegas, decidió emprender la vuelta a casa por no tener nada mejor que hacer. Muerto Ciro y el comandante en jefe Clearco, "con fama de ser extremadamente bueno en la guerra y aficionado a ella", lo más conveniente era retirarse de una tierra desconocida y hostil, donde además los mercenarios se habían batido en las filas del perdedor. lenofonte dirigió la expedición y además la relató en un magnífico reportaje de guerra, más creíble en cuanto a los acontecimientos que por su protagonismo, apenas reflejado en otros textos sobre la Anábasis. No es preciso pormenorizar las sensaciones que inevitablemente sugiere hoy la posibilidad de una nueva Anábasis en los mismos lugares que, como en tiempos de Jenofonte, vuelven a ser escenarios de la muerte y la violencia.. Los Diez Mil salieron de Cunaxa en septiembre de 401 y después de cuatro meses, en un recorrido de unos 4.000 kilómetros lleno de peligros y penalidades, consiguieron llegar casi todos a través de lo que hoy es Siria y Turquía, a la colonia griega de Trapezunde, en el Mar Negro. Se salvaron prácticamente todos, no porque los mercenarios griegos constituyeran un modelo de ejército, sino por estar formado de hombres libres y emprendedores, disciplinados voluntariamente, que necesitaban emplear toda su inteligencia e iniciativa. En las filas de los griegos de Jenofonte no se podía añadir el desorden a los peligros que afrontaban, si es que querían volver a casa. Resonancias, similitudes, recuerdos, por no aludir a premoniciones y anticipos, son usuales ante los acontecimientos con que cada día no sobrecoge Mesopotamia-Iraq, siendo imperceptible e involuntario trasladarse de los sucesos actuales a otros que se identifican con los generales Maude y Thownsend, las batallas de Kerbala y Qadissiya y las sucesivas destrucciones de Bagdad a manos a Hulagu, Tamerlan, Murat, etc. Acertado título el del libro de José Luis Sampedro: Los mongoles en Bagdad. Incluso lugares tan humildes, peligrosos y castigados como Ramadi y Fallujah no fueron ajenos a sucesos destacados y escritos inmortales. En el fondo, uno puede estar satisfecho de haber transcurrido por lugares, imposibles sí, pero enaltecidos nada menos que por Jenofonte; sólo se enroló en la locura de la Expedición de los Diez Mil tras pedir consejo a Sócrates y consultar el Oráculo de Delfos. Otros no encomendaron su locura a nadie competente, y así nos va a todos. |