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Sudar
en Bagdad
Quien no ha sudado en Bagdad es que nunca ha sudado verdaderamente, siendo el sudor la capa y la pátina a través de la que se perciben con intensidad las personas y los objetos. Cualquier imagen actual de soldados y de bagdadíes me sigue suscitando la idea del terrible calor que padecen, del sudor incontenible y constante, acompañado todo por el hedor de basuras descompuestas y el miedo a suftir un ataque de asma. No hay auténtica paz, tan sólo treguas muy pasajeras, en los interminables veranos de Bagdad, veranos que se extienden la mitad del año, con el día de hoy igual al de ayer y al de mañana y temperaturas que superarán fácilmente los 55 grados. Seis meses en que no caerá una sola gota de lluvia, no habrá tormentas de verano, no se nublará el cielo y tampoco refrescará al anochecer o al amanecer. En verano, efectivamente se percibía con acritud el castigo y la maldición de Iraq, lo caro que resultaba el alivio y la esperanza para su pueblo. Recuerdo la congoja cuando en abril ya comenzaba la estrecha dependencia, del aire acondicionado, y cómo se alegraba uno al desconectarlo en octubre. la bien llamada "pesadilla del aire acondicionado" no acababa así porque durante todo el verano nos perseguían los frecuentes cortes de electricidad y el estruendo de los generadores, cuando funcionaban. A veces no había ni electricidad ni generadores que la suplieran. El ayuntamiento facilitaba estadillos semanales con los cortes programados, según calles y barrios, que, eso sí, se cumplían con toda exactitud; tres horas de luz y otras tantas sin ella, por lo general. Sin electricidad, la calle habitualmente muerta se llenaba de los ruidos de los generadores que se ponían en marcha, como miles de motocicletas, si se trataba de un barrio con generadores y éstos funcionaban. No siempre, porque un generador en Bagdad normalmente era el resultado de una canibalización infinita que compendiaba los intercambios comerciales del país; motor ruso, filtros chinos, bomba búlgara, etc. Con los apagones, las calles se colmaban de coches ocupados por familias sin generador, para distraerse y refrescarse algo con el aire acondicionado del que no disponían en sus hogares. También se sacaban las camas a las aceras y a las azoteas. la oscuridad también ponía en marcha las preguntas sobre qué hacer y adónde ir, para consultar la lista de apagones programados y acudir al lugar donde no se preveían, ese restaurante a las orillas del Trigris, la galería de arte o el librero de Carrada, huyendo de la negrura de Kadhimiya para encaminarse a Sacidun o Harrasat Al Hindya y viceversa. Pero los cálculos y los desplazamientos también fallaban y no era raro encontrarse sin luz en una cena, hurgando a ciegas entre libros y óleos; Bagdad es el mundo de las velas, de máquinas de deshecho para dar aire y electricidad, así como de una especie de linternas chinas muy populares que proporcionaban luz un par de horas. En Bagdad
la cultura que predomina es la del sudor y del apagón. No es fácil
entender su desconocimiento por los soldados al conquistar la ciudad,
o que no se imaginara que sin electricidad no es posible la paz, que sin
electricidad no hay liberación. Bastaría que con la conquista
se hubieran restablecido los suministros para que los bagdadíes
hubiesen recibido a los soldados como amigos. Ahora resulta que unos y
otros sudan más que nunca, que por ello se llevan fatal, y que
difícilmente podrán consolarse con duchas frias; no solía
faltar el agua pero los depósitos en las azoteas la facilitaban
siempre caliente. Precisamente el retorno al Hotel Intercontinental de
Arriman se agradecía, quien podía retornar, por esa luz
que nunca faltaba y esa agua que salía fría de la ducha.
Evidentemente la mayoría de la población iraquí ni
podía ir a Arriman, ni solazarse con el agua y la luz, para dejar
de sudar un poco, y continía deambulando por las calles fantasmagóricas
de una ciudad apagada, sudorosa y polvorienta., Hoy, insegura además.
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