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Carpe
diem
Hoy
no es mi día. Se me está muriendo un ser amado y me pesa
el aire de Madrid en las manos vacías, inútiles e impotentes.
(Nunca sabremos si tú me querías más a mí
que yo a ti, Arancha, pero yo seguiré viéndote en los tuyos
y echándote de menos).
Hoy quisiera abrir el balcón y al grito de ¡Agua va!, arrojar,
al paso de algunos, toda la inmundicia que llena el día a día
de tanta página de prensa y tanta basura radiotelevisiva.
Hoy, más que ayer, veo un mañana cicatero de ilusiones,
mediocre y ramplón. Un mañana, ya viejo y desdentado, trajeado
con los harapos de mentiras eternas, al dictado de La Voz de su Amo.
Hoy, siento la cabeza llena de mocos, una hernia de hiato en la garganta
y un cuajarón de mala leche reprimida, a punto de romper a despotricar
de algunos consentidos habituales por los que arrastro un mudo desprecio.
Hoy, la foto de los gemelos Kaczynski, elegidos para gobernar Polonia,
me resulta una cruel caricatura de plastilina de aquel sueño que
fue Solidaridad.
Hoy, la paloma de Máximo la veo amariconada, palomo cojo de mensaje.
Me sudan los mismísimos el Tripartito, el "régimen
Aznarista" y Florentino nos quiere gobernar y hay quien le sigue,
le sigue, la corriente (¡aúpa Atleti!).
Hoy, mientras, el otoño juega el escondite tras Katrina y Rita,
y el veranillo de San Miguel seca de lágrimas los agostados campos
y encinas calcinadas de anteayer, las moscas y avispas vendimian sus últimos
aleteos, y algunos quisiéramos creer más en un Dios justo
y en las excelencias de la cosecha de 2005.
Escribo a
trallazos como en un tartamudeo, y en medio de una pausa, sin buscarlo,
caigo en la cuenta de que estoy ciego, y atrancado de rabia contenida
en mi propia cañería.
Me dejo ir, y ahora descubro que los árboles en Madrid aún
siguen cuajados de hojas; que el azul del cielo de Madrid me recuerda
Ávila; que ese viejecito que han sacado a pasear luce su dignidad
en una elegancia irrepetible; que seguro que después no hay un
infierno y el cielo está aquí entre nosotros (y en las eternas
praderas de Manitú).
Creo que es un buen momento para pasarme por la Casa del Libro y dejarme
llevar por cuales sean mis impulsos (para acabar comprando, seguro, algo
de poesía).
Siento ganas de achuchar nietos que aún no tengo y emborracharme
de risas de niños; perder el pudor y las formas, despelotarme de
las buenas maneras y dejarme llevar por lo que llevo de auténtico.
Ahora, hoy, sonrío con el imborrable recuerdo de esa risa de Arancha,
achicando los ojos al límite de una raya, la afila-da cara toda
boca.
Ahora, también hoy, quisiera sentir el mar y encontrarme. Y encontrarte
a ti, Arancha. Decía Alberti mirando desde tu Cádiz del
corazón a tu mismo mar de Lequeitio:
"El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo el mar!
Si mi voz muriera en tierra
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera".
Y me digo: no le quieras poner puertas al mar Ramón
ni teñir de negro un buen día.
Carpe Diem.
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