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| Nº 659 - 258 de juLio de 2005 |
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Strindberg y la idolatría de la ciencia La afirmación de que el siglo XIX fue el siglo de la ciencia no aclara, por lo general, la auténtica relación de los individuos y los gobiernos de la época con un tipo de saber sobre el que, andando el tiempo, se acabaría construyendo desde un cierto modelo de sociedad, con sus hábitos de vida y de consumo, hasta un específico tejido de relaciones internacionales, vigente hasta nuestros días. Hablar del siglo de la ciencia no aclara, en efecto, que la principal novedad introducida por los hombres del XIX no consistió en afirmar que se estaban alcanzando importantes conocimientos destinados, como entonces se decía, a dominar la naturaleza; la principal novedad, la novedad que marcaría de manera indeleble aquellos años y los años que siguieron, ya en pleno siglo XX, fue la de deducir de ahí, del hecho de que se estaban alcanzando importantes conocimientos, una ley general del progreso y concluir, además, que algunos países europeos habían conseguido encaramarse, ya entonces, en el grado más elevado de esa evolución siempre ascendente. La idolatría de la ciencia, su conversión en referente último de las decisiones de gobierno, desencadenó una versión del integrismo que, todavía hoy, cuesta reconocer como tal. A diferencia de monarcas como los que ostentaron en su día las coronas de Castilla y Aragón, los gobiernos europeos del XIX no pretendieron alcanzar los fines que proponía un credo religioso; en su lugar, persiguieron con idéntico fanatismo, con idéntica voluntad expansionista e idéntico desprecio de los sufrimientos que provocaban, los fines de un credo científico. Así, la opinión dominante suele recordar los avances del saber que fueron contrastados por la experiencia y que resultaron útiles a la humanidad. No suele recordar, en cambio, el cúmulo de ideas descabelladas, de trágicos disparates que prosperaron a la sombra de los anteriores. Ideas como la de que el tamaño del cráneo determina las habilidades intelectuales o la de que la sociedad es un organismo vivo sobre el que los gobiernos pueden intervenir como auténticos cirujanos, promoviendo las virtudes públicas y extirpando los vicios. La creación de ese estado de opinión, de esa auténtica alucinación colectiva que llevó a creer que la humanidad había encontrado en la ciencia el medio para remediar todos los males contra los que llevaba combatiendo desde el origen de los tiempos, exigió la colaboración de una legión de académicos y hombres de letras, así como de simples aventureros y enterados. Desde 1850 en adelante, proliferaron las publicaciones periódicas que tenían el saber como único objeto, rellenando sus páginas semana tras semana, mes tras mes, con un revuelto inextricable de auténticas experiencias científicas y teorías extravagantes, de las que se daba noticia sin establecer jerarquía alguna. De igual manera, por aquellos años empezó a desarrollarse una literatura que colocaba ante los ojos de sus lectores, no los logros ya alcanzados, sino los que, en la febril imaginación de los autores, se encontraban al alcance de la mano. Junto a estos libros y novelas, se extendió, además, el relato de viajes, sólo que, en lugar de presentarse como relato, esto es, como inevitable mezcla de testimonio y de fantasía, como mero género literario, se colocaba bajo la rúbrica del informe, transmitiendo así una impresión de rigor que autorizaba a exigir para esos textos el respeto reverencial que se tributaba a los escritos científicos. Autores tan celebrados como Julio Verne fueron, desde esta perspectiva, piezas fundamentales en la consolidación de una idolatría de la ciencia y de un nuevo integrismo que inspiraría, por un lado, las políticas eugenésicas, las políticas de mejora de la raza y las sociedades humanas que luego emplearían los totalitarismos del siglo XX, y por otro, la empresa colonial, con su escalofriante secuela de crímenes perpetrados en nombre de una buena causa. Considerado hoy como un inocente autor de novelas juveniles, la realidad es que sus lectores fueron adultos que, gracias a su innegable fantasía y a su talento narrativo, fueron familiarizándose con unos modos de pensar que fueron el motivo, no de la felicidad que se auguraba, sino de una desdicha que alcanzó a la práctica totalidad del planeta. El mismo proceso de recuperación de los libros de Verne como literatura para jóvenes se emprendió con autores como Borroughs, creador de Tarzán, un personaje construido desde la afirmación expresa, repetida una y otra vez en las numerosas novelas de la saga, de que los africanos están más cerca de la naturaleza, y por tanto de los monos, que de los hombres. Uno de los escritores que más pronto se rebeló contra la idolatría de la ciencia en la literatura fue Gustave Flaubert. En Bouvard et Pécuchet, su obra póstuma, lleva a cabo una sátira despiadada tanto de la ideología que inspiraría a Verne y a Borroughs como de sus limitados y reiterativos recursos literarios. Los personajes escogidos por Flaubert son dos copistas, dos simples amanuenses, que deciden retirarse con sus libros a una granja en Normandía, donde dedicarían el resto de sus vidas a transcribir un compendio del saber, una especie de nueva enciclopedia. Sus diálogos parodian descarnadamente los que mantienen los personajes de las novelas inspiradas por la idolatría de la ciencia, y que no son, en realidad, más que versiones teatralizadas de las áridas páginas de diversos manuales y revistas especializadas. Como Verne o Borroughs, Bouvard y Pécuchet también traducen a esquemas narrativos términos y expresiones que proceden del campo del saber; sólo que Verne o Borroughs parecen creer en lo que dicen y Flaubert, por el contrario, acompaña su texto de una sonora, irreverente, liberadora carcajada. La toma en consideración de este clima ideológico y literario resulta decisiva para comprender la profundidad de otra novela que, hasta ahora, no se ha acostumbrado a vincular con la ciencia. Se trata de Inferno, publicada en 1897 por el sueco August Strindberg. La condición híbrida del texto, en el que no resulta fácil decidir si trata de un diario, unas memorias o, en definitiva, de una novela, ha debido de contribuir, sin duda, a que los temas que aborda se tengan por fantasías de un hombre que alcanza por momentos las simas más profundas de la desesperación. Pero el Inferno de Strindberg, como ocurre con Bouvard y Pécuchet, no puede entenderse cabalmente si no se advierte que reacciona a la particular quimera en la que se precipitó el siglo XIX. A diferencia de Flaubert, el escritor sueco no recurre a la parodia, por más que se deje arrastrar en ocasiones por observaciones de auténtico humor negro. El procedimiento que prefiere le lleva por otros derroteros; en concreto, por ilustrar con la trayectoria de su personaje, víctima de las mismas obsesiones que Strindberg padeció como ser de carne y hueso, la dificultad para establecer las fronteras entre la ciencia, la magia y la religión. Como señala el personaje de Inferno, su trayectoria transcurre entre el interés por la química y el retorno al catolicismo de sus ancestros, pasando por la magia y, más en concreto, por la alquimia. En realidad, se trata del mismo trayecto que recorrió Strindberg en París, acosado por las dudas acerca de su vocación literaria, el dolor provocado por una inevitable ruptura matrimonial y la nostalgia de su hija entonces de pocos años. A lo largo de esta intensa, excepcional novela, las indagaciones del personaje en el campo de la química le van conduciendo poco a poco hacia el ensueño de fabricar oro, resolviendo así las dificultades económicas que le acosan. Pero el indefinido terreno de la alquimia acaba dirigiendo sus pasos, en una nueva vuelta de tuerca, hacia la magia negra, que el personaje cree identificar en ocasiones con la paranoia. Y desde la magia negra, desde la paranoia, su atormentado cerebro desemboca por fin en la fe religiosa. No sin un punto de irónica distancia, incluso de cinismo, como cuando recuerda que Voltaire decía que resucitar no tiene nada de extraordinario, puesto que se trata de repetir por segunda vez lo que cualquier persona ya ha hecho al nacer. Al concebir el argumento de Inferno como una destrucción de las fronteras entre ciencia, magia y religión, Strindberg no se deja llevar por una simple fantasía literaria. Antes por el contrario, realiza una crítica semejante a la de Flaubert contra la ideología imperante de su época, contra esa escalofriante idolatría de la ciencia que proporcionó los argumentos para perpetrar algunos de los crímenes más atroces de la historia. |