Hemeroteca Esta semana
Nº 658 - 18 de juLio de 2005

Sobre ‘Massacres coloniaux’, de Yves Benot

La falacia civilizadora del colonialismo

 

Por David Alvarado

En mayo de 1945, Francia y sus colonias se disponían a celebrar por todo lo alto la victoria militar contra la Alemania nazi de Hitler. Los ecos de estos festejos llegan, cómo no, a Argelia. Aquí, los militantes nacionalistas ven en este acontecimiento una oportunidad. Las manifestaciones y desfiles previstos se van a utilizar en pro de una afirmación pública de que este éxito, vendido por los aliados como la aniquilación del fascismo y el advenimiento de una nueva era de libertad, debiera comenzar por los pueblos bajo yugo colonial.

Dentro de este contexto, Sétif y Guelma, al este del país magrebí, se van a convertir en dos símbolos de la lucha argelina por su independencia, ya que es aquí donde con más virulencia se emplean las fuerzas del orden francesas en disolver marchas ciudadanas pacíficas, cuyos únicos pecados parecen haber sido el de hacer ondear bien alto la bandera argelina y proclamar claramente las ansias de emancipación de todo un pueblo. Poco a poco todo toma tintes de revuelta y el resto de la región se contagia de este clima. La represión de las fuerzas ocupantes va a ser terrible y no tiene parangón en la historia contemporánea de África del Norte. Las estimaciones más fiables hablan de 45.000 muertos, produciéndose además miles de arrestos y 99 condenas a muerte, 28 de las cuales son ejecutadas de forma sumaria. El resto de prisioneros no serán liberados hasta 1962, con motivo de la consecución de la independencia de Argelia.

            En la obra de Yves Benot Massacres coloniaux. 1944-1950: La IV République et la mise au pas des colonies françaises [2001, éditions La Découverte/Poche], el autor nos muestra cómo los hechos aquí relatados no eran fenómenos aislados y que éstos eran moneda común en diferentes países de la órbita francesa tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1946 en Haiphong, Vietnam, hasta los acontecimientos de Madagascar en 1947 o en Costa de Marfil durante los años 1949 y 1950, la mano dura y la represión son una constante en la política del Hexágono. Es a través de un análisis detallado de estos episodios como el periodista francés, fallecido a principios de este año a la edad de 81 años y que se consagró como un consumado especialista en la cuestión colonial de su país, nos muestra cómo la historia de la colonización francesa no es más que un incesante devenir de expolios y robos a diferentes pueblos, acompañados todos éstos de numerosas masacres. Las guerras más conocidas, a saber, la de Indochina y la de Argelia, no son ninguna excepción.

Para Benot resulta un hecho a destacar que la IV República del general De Gaulle no realiza nada nuevo y que su política colonial supone una cierta continuidad con respecto a los regímenes franceses precedentes. El objetivo común de todos ellos no es otra cosa que la defensa y promoción de los intereses económicos y políticos de las clases más pudientes, ora en la propia Francia continental, ora en los territorios de ultramar. Interesante resulta la observación de cómo, durante los primeros años de la República, tanto a la derecha como la izquierda del espectro político, los partidos con representación parlamentaria, ya sean del gobierno o de la oposición, son agentes directos de la política colonial del “imperialismo francés”, y cómo todos parecen alabar, en mayor o menor medida, la “misión civilizadora” que se sobreentiende suponen todo este tipo de maniobras. Así, por ejemplo, después de los acontecimientos de Sétif, el diario Le Monde no dudaba en tomar partido por la burguesía francesa al deshacerse en elogios sobre “nuestra política imperial” y estigmatizando los sentimientos nacionalistas de numerosos habitantes norteafricanos. Estos últimos, por otra parte, son considerados como la “antítesis perfecta de este humanismo de tendencia universalita que es tradición en Francia”. En suma, que las masacres y las represiones eran totalmente de índole humanitaria.

Del triunfalismo durante la primera mitad del siglo XX hasta el olvido de las últimas tres décadas, parece que algunos intelectuales franceses han considerado que es tiempo de hacer examen de conciencia. Dos escuelas parecen postularse en este debate. La primera, heredera de las luchas políticas de la descolonización, se ocupa de denunciar los atropellos de un orden impuesto gradualmente por Occidente al resto del mundo a partir del siglo XVI. La segunda escuela parece abstenerse, sin embargo, de realizar una condena general para, según dice, examinar los hechos de una manera más neutra. A la primera de las corrientes mencionadas pertenece, sin ningún género de duda, Yves Benot, y es contra la segunda que parece escribir este libro. Sobre la “escuela revisionista” nos advierte François Maspero en el prólogo de la obra que aquí nos ocupa. El editor francés previene contra “el tiempo en que las pasiones parecen languidecer” y contra “los balances desapasionados de la historia de nuestro imperio”, ya que éste puede devenir en “sinónimo de indulgencia e incluso de simpatía”. Parece como si ningún imperio se escapase a un cierto revisionismo nostálgico y a ciertas tergiversaciones de los hechos históricos objetivamente acaecidos.

Éste no es, sin embargo, un debate sobre fantasmas del pasado, sino que las heridas de su legado no están ni mucho menos cerradas. Recientemente, por citar un ejemplo, hemos asistido a un nuevo rifirrafe entre Argel y París. El origen de este enésimo desencuentro lo encontramos en una polémica ley, aprobada por la Asamblea Popular el pasado 23 de febrero, en la que se califica de “positivo” el rol de la presencia ultramarina de Francia, notablemente en África del Norte, al tiempo que glorifica en cierta medida a los que lucharon por la república y por su “misión civilizadora. En dicha norma también se prevé, por otra parte, que en los programas de estudio del país galo se “reconozcan los sacrificios de aquellos combatientes por la nación francesa procedentes de todos esos territorios”. A la cabeza de la enfurecida oposición a esta interpretación histórica nos encontramos al presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika. Éste, en un reciente discurso con motivo del 43º aniversario de la independencia de su país, manifestó la “gran tristeza que supone esta nueva perversión de la historia, que proviene, sin duda, de toda una serie de nostálgicos de una Argelia colonizada y proclives a hacer apología de este tipo de terrorismo tan deleznable que supuso la experiencia colonial francesa”.

Numerosas interrogantes se nos vienen a la cabeza ante una discusión tan vívida como esta. Entre ellas, por ejemplo, la de cómo un Parlamento supuestamente democrático puede hacer apología de una presencia colonial culpable de masacres contra un pueblo entero y pretender que esta presencia ha rendido servicio a los pueblos colonizados. O también la de cómo una potencia invasora, en nombre de una supuesta “misión civilizadora”, puede legitimar el asesinato, la tortura y el arresto indiscriminado de miles de argelinos. O cómo un Estado que no solamente se pretende de derecho, sino que también se atribuye el poder de legitimar lo que es derecho al resto del mundo puede, bajo pena de minar su propio fundamento, obrar como si ese derecho no se aplicase sobre lo que considera como sus márgenes. O cómo se puede negar de una forma tan absoluta y definitiva al otro, al indígena, al colonizado y plantear que la humanidad era un asunto de los colonizadores, no de los demás. O cómo el ideal anti-totalitario blandido tras la victoria sobre los nazis devino en sistemas de opresión tan perfectos y maquiavélicos. O cómo el objetivo de liberación de todos los hombres pudo traducirse en regímenes de tales características.

No quisiera terminar estas pequeñas reflexiones en alto sin advertir del peligro que, a mi entender, supone la postura encarnada por algunos de los pueblos ayer sometidos y que podríamos considerar como una consecuencia colateral del colonialismo. Esta posición estaría encarnada por aquellos pueblos que se han instalado cómodamente en el rol de “buenos salvajes”, de víctimas eternas y que, por lo tanto, debemos eternamente asistir. Si todo el mal es de Occidente todo es a él achacable. Así, encerrados en una suerte de pasividad complaciente, las viejas civilizaciones se ven legitimadas a no operar reformas de calado en sus sistemas políticos, económicos y sociales. Es por esto que, en definitiva, algunos países del Tercer Mundo se verán eternamente condenados a muerte.

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