| Hemeroteca | Esta semana |
![]() |
|
![]() |
|
| Nº 655 - 27 de junio de 2005 |
|
Mauro Armiño, traductor y editor de ‘A la busca del tiempo perdido’
JULIEN BENDA Y LAS DOCTRINAS PERENTORIAS
Según buena parte de la actual crítica francesa, la ingente producción filosófica y literaria de Jean-Paul Sartre, unida a su indiscutida influencia política sobre los movimientos alternativos que fraguaron a partir de los años sesenta del pasado siglo, tuvo efectos imprevistos sobre la recepción del trabajo de otros escritores de excepcional talento, desde Albert Camus a Raymond Aron. La capacidad de Sartre para ocupar la totalidad de la escena intelectual, pronunciándose sobre los asuntos más alejados, así como para imponer sus puntos de vista sobre cualquier materia, hizo que en demasiadas ocasiones disentir de sus juicios conllevase simple y llanamente el ostracismo. Salvo para los incondicionales de Camus, entre los que siempre se encontró la actriz María Casares, la obra y las actitudes civiles del autor de El extranjero permanecieron bajo sospecha hasta la publicación póstuma de El primer hombre, a mediados de los noventa. Y otro tanto cabría decir de Raymond Aron, cuyo liberalismo fue despreciado durante el tiempo que se prolongó el reinado intelectual de Sartre y ahora, bajo la égida de un conservadurismo radical que se define, sin embargo, como “neoliberal”, es víctima de una nueva revisión que malinterpreta desde la extrema derecha las opiniones que entonces se malinterpretaron desde la extrema izquierda. A medida que una lenta pero implacable arqueología intelectual indaga en todo cuanto la ciclópea obra de Sartre alcanzó a sepultar, en todo cuanto quedó enterrado bajo su prestigio casi sagrado, van reapareciendo títulos y autores que, en su día, fueron generalmente apreciados y que llevaban décadas fuera de escena. Así, Vercors y su extraordinario relato Le silence de la mer, primer libro publicado por las Editions de Minuit, la editorial clandestina creada por la Resistencia durante la ocupación nazi de Francia. Sobre Vercors y su trabajo había recaído una sentencia inapelable de Sartre en Literature et engagement, en 1946: cincuenta años después de su aparición, escribió el filósofo, nadie volvería sobre las páginas de Le silence de la mer. En ese mismo ensayo, Sartre contradecía y, por tanto, condenaba al olvido, a otro de los intelectuales cuya estrella se extinguiría en la segunda mitad del siglo XX: Julien Benda. De nada le serviría a éste el prestigio cosechado con Discours à la nation européenne y, sobre todo, con La trahison des clercs, ensayos en los que anticipaba la catástrofe que se cernía sobre el Viejo Continente y diseccionaba sus causas: Sartre dejó establecido que los clérigos, los intelectuales según los consideraba Benda, sólo tenían sentido en una sociedad burguesa y, por lo tanto, su tiempo, como el de Vercors, había pasado. Aunque Sartre errase en el argumento, acertaba, sin embargo, en el punto contra el que dirigía su crítica: la definición del intelectual que Benda pretendió establecer para resaltar mejor la idea de traición constituía, sin duda, el punto más débil de su hipótesis. No porque existan definiciones más exactas, sino porque Benda creía sortear un problema creando otro, que dejaba rigurosamente sin respuesta. Según sostenía en La trahison des clercs, el intelectual era alguien comprometido con “valores eternos y desinteresados”, y citaba en concreto la verdad, la justicia y la razón. A pocos años de declararse la Segunda Guerra Mundial los intelectuales habrían comenzado a colaborar, en cambio, con la mentira, la injusticia y las pasiones, y ése era el sentido de su traición. “Antes la humanidad hacía el mal pero elogiaba el bien –resume Benda–; ahora hace el mal y elogia el mal”. En realidad, este diagnóstico podría extenderse a la totalidad de la historia, de manera que las combinaciones entre el mal y el bien, entre la condena de uno y el elogio del otro, no son privativas de ninguna época ni de ningún lugar. Al caracterizar al intelectual como alguien comprometido con la verdad, la justicia y la razón, Benda dejaba de lado el hecho de que es la definición de estos valores, y no la del intelectual, lo que estuvo, está y estará trágicamente en juego. Pero la debilidad de los cimientos sobre los que se construye la denuncia contenida en La trahison des clercs, la indemostrada creencia en el ancestral y benéfico compromiso de los intelectuales, no impide que Benda aborde con profética sagacidad algunos de los problemas que marcaron a sangre y fuego el siglo XX. A diferencia de otros pensadores liberales que, en la estela de Tocqueville y sus escritos sobre Argelia, predicaban la “misión civilizadora” de Europa en otros continentes, Benda destaca como “particularmente curioso” el hecho de que no pocos franceses suscribiesen el supuesto “derecho de las naciones superiores, cuando fue en nombre de este concepto el que en 1870, lo mismo que en 1940, una nación vecina violentase la suya”. Este y similares juicios sobre la necesidad de que el poder no adopte las actitudes visionarias de los misioneros, de que no ceda a los terribles requerimientos de convertir el sufrimiento en sacrificio, es lo que tal vez le permite advertir, antes que otros intelectuales, la concomitancia entre los discursos que legitimaron la ocupación de Etiopía valiéndose de los conceptos coloniales y la que, poco después, padecería Francia, en esta ocasión apelando a las exigencias de un futuro orden europeo. En apenas dos centenares de páginas, los mismos de los que consta la edición definitiva de La trahison des clercs, las intuiciones de Benda en defensa de la libertad de los individuos se multiplican, al punto de que esta obra podría considerarse como un breviario del pensamiento liberal, en ese sentido profundo en que el liberalismo se corresponde con el proyecto político de la tolerancia. Leída desde los requerimientos de hoy, es difícil no experimentar la sensación de que las palabras de Benda parecen dirigirse contra algunas de las derivas más recientes emprendidas por las sociedades democráticas; es difícil no percibir la alarmante actualidad de sus observaciones acerca de las diferencias entre equilibrio y orden social, entre los hechos que representan un progreso y la insensata consagración del progreso como una ley inexorable, entre el internacionalismo como superación de los egoísmos nacionales y el internacionalismo como instrumento para erigir nuevas y quiméricas fronteras en nombre de la raza, la clase o la civilización. Y quede claro, de una vez por todas, que lo que Benda y los autores que opinan como Benda oponen desde el pensamiento liberal a la idea de lucha de razas o de clases, según las concibieron Gobineau o Marx, a la idea de choque de civilizaciones, según la concibe ahora Huntington, no es ninguna concordia, ningún diálogo, ninguna alianza, sino la denuncia radical y apasionada del hecho de que se pretenda recluir a los individuos en esas categorías abstractas, en esas fantasías de intelectuales, de clérigos de todo signo, que acaban levantando a partir de sus propios fantasmas un cadalso auténtico e insaciable que lo único que reclama es sangre, sea culpable o inocente. Benda fue un escritor comprometido antes de que Sartre formulase su particular idea del compromiso, que marcaría la labor de los intelectuales durante buena parte del siglo XX. En Literature et engagement, el filósofo sostuvo que, “puesto que el escritor no tiene ningún medio de evadirse, debe abrazar estrechamente su época, que es su única oportunidad; ella está hecha para él y él para ella”. Partiendo de este presupuesto, condenaba a Balzac por su indiferencia ante la revolución de 1948 y a Flaubert por su “incomprensión temerosa” de los sucesos de la Comuna de París. Benda, que conoció este texto a través de la cita admirativa que se hacía de él en la revista L´Arche, no consideró necesario contradecir los juicios de Sartre sobre Balzac y Flaubert. Antes por el contrario, se limitó a señalar que obedecían a un género concreto de doctrinas intelectuales, las “doctrinas perentorias”, en las que, siempre según Benda, era fácil advertir un sistema común de razonamiento: “comienzan por establecer como verdad evidente una afirmación puramente gratuita”. En este caso, la de que “el escritor no tiene ningún medio de evadirse”. Porque, en efecto, ¿no era precisamente el procedimiento para evadirse lo que Sartre reprochaba a Balzac y Flaubert? De manera consciente o inconsciente, Jean Daniel pareció cerrar el círculo en el debate sobre el compromiso y la traición de los intelectuales cuando, al morir Julien Benda en 1956, escribió uno de los más bellos elogios sobre el autor de La trahison des clercs. “Echaré de menos –escribió Jean Daniel– su vigilancia”. En realidad, se trataba de la misma frase que Sartre pronunció con ocasión de la muerte de André Gide, un autor al que, por su parte, muchos seguidores del filósofo acusaron de evadirse de su época. |