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Por
David Alvarado
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| Nº 650 - 23 de mayo de 2005 |
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“¿Hacia la Cuarta Guerra Mundial?’, de Pascal Boniface LA AMENAZA AUDIBLE Nos encontramos ante la amenaza de una ‘Cuarta Guerra Mundial’? ¿Es real este peligro? ¿Estamos abocados a este enfrentamiento? Si bien no tenemos aún los suficientes elementos de juicio como para responder a este tipo de preguntas, lo que sí parece confirmarse es que esta hipótesis cobra fuerza y que determinados gobiernos dedicarían, hoy día, recursos humanos y económicos considerables a trabajar sobre este tipo de escenarios. Para muchos de ellos, la Cuarta Guerra Mundial ya ha comenzado, es una auténtica realidad. Después de las dos primeras guerras mundiales y de la guerra fría, el enfrentamiento global entre el ‘mundo occidental’ y el ‘mundo musulmán’, en nombre de una supuesta lucha contra el terrorismo, sería el siguiente conflicto planetario que, según los discursos de algunos de nuestros líderes, estamos llamados indefectiblemente a librar. Las constantes de estas arengas parecen claras. Así, para comenzar, el enemigo estaría ya aquí, entre nosotros, a la vez evidente e invisible, y no sería otro que el terrorismo musulmán. No comparte ninguno de nuestros valores y se mueve por un odio irracional hacia ‘occidente’, a sus ideales de democracia y de humanismo. Las razones de esta animadversión son desconocidas e inexplicables. Los civiles son claros objetivos. Esta guerra será larga y el campo de batalla es planetario. Requerirá de todos los esfuerzos y sacrificios pero, al fin y al cabo, se trataría de nuestra ‘civilización’, del porvenir de nuestras libertades, de la afirmación de nuestros valores. Solo la adhesión global del mundo musulmán a los principios occidentales, su aceptación de la democracia, la igualdad completa entre hombres y mujeres, la emancipación individual, harán que bajemos la guardia. Si es que esto es posible algún día. ‘Choque de civilizaciones’ es un concepto que, poco a poco, a fuerza de oírlo repetidamente, hemos integrado de una forma casi natural en nuestro vocabulario cotidiano. Es esta una expresión que, ante la actual coyuntura mundial, se ha convertido además en moneda de cambio común en el ámbito de las relaciones internacionales. El análisis de la política planetaria planteada en estos términos, sin embargo, no es nuevo y ya Bernard Lewis, eminente islamólogo norteamericano, empleó en su obra The Middle East and the West (Oriente Medio y Occidente), editada en 1964, la expresión del ‘choque de civilizaciones’, en referencia al conflicto palestino-israelí. A pesar los más de cuarenta años de vida de esta expresión, no es hasta fechas un tanto más recientes que el politólogo, también estadounidense, Samuel Huntington, en un artículo publicado en la revista Foreign Affaires en el verano de 1993 e intitulado bajo este mismo epígrafe (The Clash of Civilisations?, en el original inglés), es el causante de que tal concepto se haya puesto de moda. Evidentemente, la aparición de este escrito por si sola no es la causa exclusiva y detrás nos vamos a encontrar con la ‘mano negra’ de la estrategia política del imperio. Nuestro propio presidente del gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, no es ajeno a este tipo de discurso y no se cansa de repetir la necesidad de, precisamente, todo lo contrario, a saber, del ‘diálogo entre civilizaciones’. La civilización, en resumidas cuentas, parece haberse convertido en un actor político en la escena internacional de primerísimo orden. En este reciente ensayo del director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS), profesor en el Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de París VIII y miembro del Comité Consultivo sobre Desarme en Naciones Unidas, Pascal Boniface, se buscan las raíces profundas de este tipo de discurso, así como presentar los riesgos que plantea la política internacional planteada en estos precisos términos. Para él, ya de inicio, resulta claro que la soflama basada en la ‘civilización’ como actor y en la ‘guerra contra el terror’, no es nuevo y no se remonta a las postrimerías de los sangrantes atentados del 11 de septiembre de 2001. Los orígenes se remontarían al momento de la desaparición de la Unión Soviética y de la caída del bloque comunista, momento en el cual ciertos responsables occidentales, con los Estados Unidos a la cabeza, intentan encontrar un sustituto a la amenaza difunta. Rápidamente, el ‘bloque comunista’, es sustituido por la ‘amenaza del sur’, como factor de federación para los ‘occidentales’. Es lo de siempre, una de las paradojas de la identidad, que no es otra cosa la necesidad de la alteridad para definirse uno mismo. Se mantiene así el razonamiento binario, a saber, ellos/nosotros, bien/mal, amigos/enemigos. El último estadio de esta estrategia lo encontramos en la legitimación teórica del adversario, lo que se consigue a través de ciertos intelectuales, como el propio Huntington, que intentan dar una lectura aparentemente más académica, menos abiertamente racista y más sofisticada, de este peligro. De la ‘amenaza del sur’, el enemigo se va concretando un poco más y, sucesivamente, el punto de mira lo vamos a encontrar en el Islam que, como plantea Huntington en su obra El Choque de Civilizaciones (en español, editorial Paidós, 1997), es el peor peligro de todos los existentes, a consecuencia de su belicosidad intrínseca. ¿No es esto una valoración ideológica? ¿Tiene algo que ver este tipo de percepción con la realidad y con cierto cientifismo? ¿Han sido las dos guerras mundiales provocadas por el Islam? ¿Las malas maneras de los diferentes procesos de colonización de las potencias ‘occidentales’ son menos criticables? ¿O que los gulags soviéticos? ¿Cuál es la parte de culpa musulmana en el genocidio de Ruanda? El sentido común, más allá de cualquier otro tipo de conocimientos, parece echar por tierra, ya de partida, este tipo de planteamientos. El conflicto palestino-israelí parece ser la ‘matriz de un eventual choque de civilizaciones’, el corazón y un centro fundamental. Los judíos no serían en sí mismos una civilización y, siempre según Huntington, se encontrarían asimilados a la ‘civilización occidental’. Boniface destaca la importancia capital de un conflicto que, si bien se antoja relativamente menor en relación con otros muchos que hay en el mundo, es determinante en el sentido de que se le achaca al mundo occidental y a Estados Unidos una patente complicidad con Israel. Sin la solidaridad axiomática de los norteamericanos, cuyas razones según justifica este experto francés van más allá de la existencia de un fuerte lobby judío en Estados Unidos, no sería posible mantener esta ocupación militar de los territorios palestinos. El doble rasero ‘occidental’, con motivo de la enorme cantidad de resoluciones de la ONU en pro del abandono de los territorio ocupados, y la creación en los últimos años de una suerte de ‘opinión pública árabe’, beneficiada por la existencia de nuevos canales satélites, habrían hecho el resto. Este conflicto habría convertido en un símbolo que sobrepasa muy ampliamente su cuadro geográfico y la actitud de sus protagonistas. “Si queremos evitar una catástrofe”, afirma Boniface, “deberíamos atacar con determinación la resolución de este conflicto”. El caos es posible, señala el autor francés. No podemos ignorar la amenaza terrorista y contra los criminales sólo existe una solución posible. Esto es claro. Lo que se rechaza es el determinismo, la certeza del conflicto y la necesidad de librar combate. No está clara la visión apocalíptica de la deriva de situación. La obra que tenemos entre manos es un llamamiento a la reflexión, un toque de atención sobre ciertas variables que se han omitido del análisis, un grito desesperado en favor de la política, a través de la cual pasará necesariamente cualquier tipo de solución. No podemos obviar que las relaciones entre le mundo occidental y el mundo musulmán son uno de los mayores, si no el mayor, desafíos estratégicos a los que el mundo debe hoy plantar cara. Esto es un motivo adicional para utilizar la inteligencia y la lucidez, rechazando la preeminencia de la política del enfrentamiento. Es aquí donde el papel de Europa debe ser fundamental. Nuestra Europa, poseyendo verdaderamente los medios para actuar, lo que sí debe mostrar, considera el autor, es una mayor voluntad política, una mayor determinación y ponerse manos a la obra de forma decidida. Estamos a tiempo y el objetivo merece realmente la pena: evitar realmente ‘un choque de civilizaciones’ y el advenimiento de la ‘Cuarta Guerra Mundial’, la guerra contra el terror. |