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Por
Josu Montalbán
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| Nº 647 - 2 de mayo de 2005 |
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‘La Rusia de Putin’, de Anna Politkovskaya "SI PUTIN ES HUMANO, NO LO DEMUESTRA" Rusia es un misterio para un occidental. Anna Politkovskaya intenta desvelar lo que acontece en la Rusia que gobierna Putin. ¿Por qué ha escrito este libro la famosa periodista que se hizo célebre como mediadora durante la toma de rehenes en el teatro Dubrovka? ¿Por qué es importante la lectura de este libro? ¿Qué es lo más importante en el libro: Rusia o Putin? Anna Politkovskaya también fue llamada para mediar en Beslán, e incluso sufrió algún intento de envenenamiento por parte de los servicios de Putin. Esto hace más valioso su testimonio. Sin embargo, no se trata de un libro escrito para vengarse. En el fondo subyace el gran amor que profesa a Rusia, al lado de la profunda repugnancia que siente por el personaje Putin. Recién comencé a leer el libro, los periódicos se hicieron eco de la visita que Putin hizo a París para reunirse con Chirac, Schroder y Rodríguez Zapatero. El titular no podía ser más sugerente: “El eje París-Berlín-Madrid sienta las bases para establecer una comunidad de destino con Moscú”. Asunto serio, porque crear una comunidad de destino es sentar las bases para diseñar el futuro, junto a unos compañeros elegidos para todo el itinerario. Ahora que se están sentando las bases para un nuevo orden mundial, las compañías que busquemos para pergeñar y acompañar nuestro futuro deben ser, como mínimo, buenas compañías. ¿Lo es Putin? Chirac afirmó que “en la unión entre Rusia y la UE está la llave de la libertad, el bienestar y el Estado de Derecho en nuestro continente”. Puede que Chirac tuviera razón, porque es difícil entender una UE incomunicada y desgajada de Rusia, pero no parece que pueda ser Putin el garante de tal relación. Si Chirac hubiera leído el libro de Anna, habría impuesto a Putin algunas condiciones antes de augurar éxito al cumplimiento de los cuatro principios ya definidos en una reunión anterior en San Petersburgo: la libre circulación de personas, la creación de un espacio donde se respeten los derechos humanos, la aproximación de nuestras economías, nuestro comercio, nuestras universidades y centros de investigación, nuestras culturas y la acción conjunta al servicio de la paz. En su libro, Anna Politkovskaya ofrece todo un rosario de datos que permiten una conclusión -Putin no respeta los derechos humanos ni garantiza la paz en su propio país-, y una pregunta: ¿Será capaz de hacerlo en el espacio que desea compartir con la UE? Mal comienzo es que a los integrantes de la comunidad de destino, el Kremlin los haya bautizado como ‘club informal de los amigos de Rusia’. Es evidente que el gran objetivo de este club informal es fijar un programa comercial y energético con Rusia por parte de los tres países de la UE, aunque eso requiera ignorar los abusos antidemocráticos que Putin comete habitualmente en su país y en sus relaciones con las demás repúblicas exsoviéticas. Este comportamiento choca con la tradición europea. Así lo ha interpretado un analista político de El País: “Zapatero repite, igual si se trata de la oposición, de Ibarretxe, de Bush y de Putin, la cláusula para todos los usos del respeto a la política de cada país. (...) Despachar con esta fórmula las graves objeciones que provoca el cortejo a Putin es como mínimo preocupante. (...) Zapatero, y sus dos homólogos (Chirac y Schroder), caen en la misma trampa: pactar con autócratas, en nombre del pragmatismo, dejando de lado el verdadero realismo, que sería apoyar a los demócratas que existen y necesitan ayuda”. En este sentido, Anna Politkovskaya es contundente y culpa de la situación que atraviesa internamente su país, también a sus apoyos externos: “Es menester decir que la situación en que nos encontramos no ha sido sólo el resultado de la negligencia, la apatía y la debilidad, tras años en los que se nos sometió a cambios de una enorme envergadura. También se debe al coro de apoyos a Putin en Occidente en el que sobresale la voz de Berlusconi. (...) Putin goza también del apoyo de Blair, Schroder y Chirac, y no encuentra obstáculo alguno por parte de Bush, desde el otro lado del Atlántico”. El libro es un compendio de las prácticas corruptas que abundan en Rusia, además de una demostración de que Vladimir Putin, como producto genuino de la KGB, ha significado el retorno a un estado controlado por los Servicios de Seguridad, lo que la autora llama una neosovietización del régimen actual. En varias ocasiones esgrime Anna el pesimismo de quienes, como ella, creían que el sovietismo debía ser superado en aras de un sistema más justo y eficaz. La autora afirma que la Constitución rusa está en su lecho de muerte, pero sus reflexiones denotan una honda desesperanza: “EL manto de oscuridad del que tratamos de librarnos durante largas décadas soviéticas vuelve a envolvernos... ¿Adonde hemos ido a parar?. Nosotros, los que vivíamos en la Unión Soviética, donde la mayoría teníamos un empleo estable y un salario con el que podíamos contar, los que teníamos una confianza firme e ilimitada en lo que nos depararía el mañana. Nosotros, los que sabíamos que había médicos que nos curarían de todos los males y maestros que nos enseñarían y que además sabíamos que no pagaríamos ni un cópec por todo eso. ¿Qué clase de vida nos estamos ganando ahora a duras penas? ¿Qué nuevos papeles nos han asignado en el reparto?”. La disgregación de la CEI. La reflexión desemboca en la constatación de que la culminación del cambio llega con Putin, “cuando nos embarcamos en una nueva etapa del capitalismo soviético”. La autora, que continúa su reflexión, coincide con K.S. Karol cuando afirma que una de las razones por las que la Comunidad de Estados Independientes, -la CEI que sustituyó a la URSS-, se divide y disgrega sin cesar, tiene que ver con el capitalismo salvaje que Rusia está promoviendo a su alrededor. Las repúblicas ex soviéticas han reaccionado contra Rusia y, aunque la dependencia económica y energética está ralentizando mucho las rebeliones que se producen en su seno, el camino emprendido no tiene vuelta atrás. Putin se ha puesto al servicio del capitalismo más salvaje: “La economía en Rusia es un curioso híbrido del mercado libre, el dogma ideológico y cosas sueltas”. La implantación del mercado libre, de la mano de un sistema corrupto, ha generado una gran cantidad de pobres, ha generalizado la práctica del soborno como método de funcionamiento y la corrupción ha impuesto unas reglas, no escritas, pero firmemente implantadas: “El éxito les llega a los primeros que consiguen llevarse una parte del pastel del Estado, por eso la gran mayoría de los grandes empresarios de Rusia son antiguos miembros de la nomenklatura del partido comunista, de la liga de jóvenes comunistas o trabajadores del partido. La segunda condición para el éxito es que se soborne o alimente regularmente a los funcionarios. La tercera condición consiste en hacerse amigo de las fuerzas del orden (por ejemplo, sobornando)”. El sistema instalado por Putin está amparado en el amiguismo acrítico: “Casi todos los gobernadores provinciales rusos tienen en su entorno a la misma clase de individuo que Yeltsin tenía en Putin: un sucesor astuto y leal, proclamado como aparente heredero de su patrón, porque se necesita a alguien que cubra las espaldas al principal cuando se retire de la política, y asegurarle su bienestar económico y la seguridad personal”. Putin se ha aferrado al discurso neoconservador de la derecha más rancia, pero en el seno de una sociedad aventajada culturalmente como la rusa, portadora aún del legado más valioso de la Segunda Guerra Mundial. La Constitución define a la Federación Rusa como “Estado social y de derecho”. Pues bien, parece evidente que bien poco tiene de lo segundo en manos de Putin. Y bien poco va a tener de social cuando el gobierno ya ha eliminado los subsidios destinados al transporte público gratuito, la ayuda a la alimentación, la provisión de medicamentos y cuidados sanitarios, y cuantas cosas que seguían conformando una red protectora que evitaba la casi irremediable caída en la marginación y la miseria. Al menos 35 millones de rusos se ven afectados por estos recortes, pero bien poco le importa a Putin a tenor de lo que relata Anna Politkovskaya como hecho lamentable: “Putin invitó a los líderes mundiales a San Petersburgo y se gastaron miles de millones en la restauración de fachadas. Todos se olvidaron del Viejo de Irkutsk, y de todos los viejos de San Petersburgo”. Anna Politkovskaya ha escrito un libro que debieran leer todos los gobernantes europeos, principalmente para que sepan con quien acuerdan y conforman su destino. Algún interesado podrá argumentar con ligereza que todos los regímenes o sistemas tienen sus opositores, pero debiera rebatir lo que afirma la autora en el libro. Si nadie lo refuta, es porque es cierto cuanto narra. Y si es cierto, es tan lamentable que debiera provocar una amonestación de la sabia Europa. ¿Acaso no se amonesta y conmina a Cuba, por qué no hacerlo también con Rusia? Puede que Europa se sienta muy contenta de que, a la vista del gran número de ex oficiales de la KGB que ocupan cargos gubernamentales actualmente, se puede afirmar que la Vigilia Pascual (en la que participan) ha sustituido al desfile del Primero de Mayo (en que no participan). Anna Politkovskaya escribe sobre Rusia, pero escribe sobre Putin porque sabe que los grandes males que afligen a Rusia responden a los caprichos de Putin. Quien crea que puede tratarse de una simple venganza, tan caprichosa como otras, lea en la página 285: “¿Por qué le tengo aversión a Putin? Por todo lo que he explicado. Me producen aversión su vulgaridad, que es peor que cualquier crimen, su cinismo, su racismo, sus mentiras, el gas que utilizó en el teatro Dubrovka, las matanzas de inocentes que se produjeron durante todo su primer periodo como presidente...Ya antes habíamos tenido líderes parecidos en Rusia. Líderes que nos condujeron a la tragedia, a derramamientos de sangre a gran escala, a guerras civiles. No quiero que esas desgracias nos vuelvan a ocurrir. Y de ahí la raíz de la animadversión que siento cuando veo a ese típico chequista soviético pavoneándose, mientras avanza por la alfombra roja del Kremlin camino al trono de Rusia”. De la mano de Anna Politkovskaya, Chirac y cuantos conforman el “club informal de amigos de Rusia”, debieran comportarse con más ecuanimidad y así serían más éticos. Es
bello este libro de Anna. Sirve para juzgar a quien gaseó el teatro Dubrovka
y mandó abrir fuego en el colegio de Beslán. Putin demostró en ambas ocasiones
que es resolutivo: tan resolutivo como sanguinario. En un pasaje del libro
la autora define sus sentimientos: “A veces me pregunto si Putin es realmente
humano y no una gélida efigie de acero. Si es humano, no lo demuestra” |