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| Nº 640 - 14 de Marzo de 2005 |
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Comentario
a ‘Historia de Portugal’,de David Birmingham CONTRA LA IGNORANCIA
Al Oeste, Portugal. Y ahora sin fronteras ni pasaportes. Con muchos puentes y proyectos de vías de comunicación conjuntas. Con una creciente presencia de empresas españolas y un lamento constante por parte portuguesa de falta de reciprocidad en las facilidades para implantarse, ellos, en nuestro mercado. Juntos, como de la mano, pero con alguna mirada recelosa, en la entrada al club europeo que tanto nos ha modernizado. Juntos –así quedará en la historia, que no borran unas elecciones– en la famosa foto de las Azores, aunque con el primer ministro portugués en un segundo plano, el de anfitrión, por discreción o por rango. Juntos, tan próximos, pero tan ajenos a los procesos políticos, económicos y sociales del vecino, como si nos separara algún océano. Ya sé que, intermitentemente, mejor escribiría espasmódicamente, alguien se empeña en poner de moda Portugal en España. Suele tratarse de algún esfuerzo por parte de instituciones vinculadas al sector de la exportación, que sirve para congregar a unas decenas de lusófilos españoles junto a un puñado de visitantes portugueses y, juntos, desgranar un rosario de lamentos por la falta de una relación estable y un conocimiento común más profundo. Cuando los reunidos son periodistas, los de esta parte del Tajo recibimos la queja permanente de nuestros colegas: los españoles no reciben información de lo que pasa en Portugal. Descontando una cierta parte de victimismo comprensible –no es muy distinto nuestro sentimiento respecto a los medios de comunicación franceses–, algo hay de cierto en esos reproches. No puede entenderse, por ejemplo, la cicatería con la que la prensa española ha atendido la última campaña electoral en Portugal, hasta el punto de que la victoria de los socialistas supusiera para una significativa mayoría una sorpresa y que la explicación del vuelco político se agotara en menor espacio que el que puede concederse a un cambio de gobierno en Bosnia. Pocos en España disponen de información suficiente para atisbar cuál es el modelo de socialismo que practica José Sócrates –si es que son capaces de acertar el nombre del nuevo primer ministro portugués–, y mucho menos todavía interesarse por un fenómeno tan interesante como el repunte del comunismo y de la nueva izquierda más radical en un país que parecía entregado a la estabilidad liberal practicada por un partido que, para mayor confusión, se denomina socialdemócrata. Ha sido tradicional la indiferencia de la sociedad española por la política internacional, exclusión hecha de aquellos procesos traumáticos que pueden visualizarse en las imágenes de los telediarios o que llegan a formar parte del debate partidista, con repercusión electoral interna. Pues bien, aun con esa perspectiva egocéntrica, resulta incomprensible nuestro desapego por las vicisitudes de doce millones de personas con las que compartimos un espacio geográfico tan común y una historia tan relacionada a través de los siglos. Un día de otoño de 1988, Miguel Torga, una de las grandes figuras de la literatura portuguesa, y un hombre recto y lúcido, con fama demasiado oscurecida en España a pesar de su amor por esta tierra, anotaba en su diario esta reflexión correspondiente a su paso por Verín: “España, siempre amada y siempre temida. Aquí ando, una vez más, maravillado y aterrorizado, viéndola progresar, progresar, y acercarse amenazadora a la frontera. Mi iberismo es un sueño platónico de armonía peninsular de naciones. Todas hermanas y todas independientes. Pero es también una pasión escarmentada, que se enfría en cuanto se dibuja en el horizonte la mínima señal de hegemonía política, económica o cultural...” En estas escasas líneas queda resumido el pensamiento profundo, latente, de la inmensa mayoría de los portugueses respecto a España. Algo de ese sentimiento de Torga, tan profundo conocedor y tan amigo de buenos escritores españoles, se traduce, desde luego con menor finura y, a veces, hasta con un punto de xenofobia, en las expresiones con las que algunos periódicos lusitanos aluden a la presencia de empresas o turistas españoles: “Los españoles nos invaden”. Resulta absolutamente útil, por eso, el libro cuya lectura hoy propongo. Se trata de un manual de historia que, aunque suene a tópico, viene a ocupar un hueco. Pero un enorme hueco. El autor, qué le vamos a hacer, no es un español, sino un profesor inglés, de la Universidad de Kent: David Birmingham, buen conocedor, también, de los procesos políticos en las dos grandes ex-colonias portuguesas en África, Angola y Mozambique. En la obra de Birmingham, que llega en su cronología hasta el gobierno de Santana Lopes, barrido en las urnas por Sócrates, encontraremos respuesta a cuestiones tan básicas como la formación y consolidación de una nación independiente, en condiciones no siempre favorables, o su capacidad para mantener un Imperio de dimensiones colosales con una base demográfica metropolitana tan minúscula durante tantos siglos. Encontraremos también muchas respuestas a esa permanente desconfianza hacia lo español, traducida en su refranero, que ha supuesto una constante en la filosofía de los políticos portugueses, tanto en los períodos en que España y Portugal estaban gobernadas por regímenes autoritarios como los de Franco y Salazar –a pesar del Pacto Ibérico–, como en los democráticos, en los que una gran figura del socialismo portugués no tenía reparos en confesarme que era imprescindible fomentar esa actitud a la defensiva para evitar que Portugal, cinco veces más pequeña que España, terminará convirtiéndose en una autonomía más: “Nosotros existimos frente a España”. Es una constante de la historia portuguesa, que tuvo sus hitos de reafirmación nacionalista en victorias contra los españoles en el campo de batalla. No se entiende el ser de Portugal sin Aljubarrota y el monasterio de Batalha, ni sin los veintiocho años de guerra con España que dieron fin, tras la revolución de 1640, a la unión con la Corona española, prolongada bajo los reinados de “los filipes”. Tampoco se entiende Portugal, ni siquiera en sus actuales compromisos internacionales que hacen permanente, a modo de ejemplo, su presencia militar en Iraq, por muy simbólica que sea, y a pesar del cambio de gobierno, sin tener muy presente la secular alianza con Inglaterra y su vocación atlántica: la única salida posible al exterior sin tener que atravesar España para llegar a las puertas de Europa. Han sido demasiados siglos de estar “de costas”, “tan cerca y tan lejos”, como para pretender borrar la memoria a golpe de cumbres. Y, sin embargo, se trata de un desafío colectivo que debemos asumir los españoles en primera medida. Sin ninguna actitud paternalista. Portugal ha estado por delante de nosotros, aunque no cueste admitirlo, en algunos de los intentos modernizadores. No sólo con el ejemplo de la Revolución de los Claveles. El trabajo de David Birmingham resulta particularmente atractivo en su descripción de las transformaciones sociales del país vecino o de la etapa descolonizadora. Muy interesantes, asimismo, las extensas páginas dedicadas a la figura del marqués de Pombal, personaje lleno de contradicciones al que se le deben medidas que hoy llamaríamos progresistas en el campo de la educación o de la política de integración racial y religiosa, y junto a ellas la practica de un absolutismo, que hoy llamaríamos dictadura, y que no excluía la represión más feroz contra sus enemigos, reales o supuestos. El retrato de Pombal resultará una visión inédita para tantos miles españoles que admiran su estatua lisboeta y tienen apenas una vaga referencia de su expulsión de los jesuitas o la recuperación de la ciudad tras el terremoto. No menos esclarecedora resulta la aproximación a la figura de Oliveira Salazar, el otro gran autócrata que dominó la política portuguesa durante treinta y seis años, competidor con Franco en las habilidades para sobrevivir a la caída del fascismo, y cuya grisura indumentaria de economista, lejos de la ostentación de correajes del Caudillo, le ayudó a disimular los crímenes cometidos bajo su mandato. Los que subraya, para sorpresa de tantos, el trabajo de David Birmingham. l P. S.- Durante algún tiempo interrumpiré estas colaboraciones que han llegado a ustedes gracias a la oferta amable de José García Abad, siempre respetuoso con todas las ideas, y a la colaboración de su equipo de profesionales, que han corregido muchos de mis errores. Buenas lecturas a todos. |