Hemeroteca Esta semana
Nº 637 - 21 de febrero de 2005

‘Cómo discutir con un fundamentalista…’, de Hubert Schleichert

 

LA TOLERANCIA SUBVERSIVA

El fundamentalismo es una alteración mental que, desgraciadamente y en contra de lo que muchos creen, no se cura leyendo. El fundamentalista es incapaz de leer otra cosa que no sea aquella que refuerza sus propias obsesiones. Lee con fanatismo y, de esta forma, aquello que podría abrirle nuevos caminos de pensamiento acaba siendo fagocitado por la tenia de su enfermedad, transformándose en vitaminas que fortalecen su desequilibrio. El fanático, cuando lee, se pone peor.

El principal problema de esta enfermedad es que se contrae mediante iluminación, por lo que sólo mediante iluminación puede llegar a curarse. La medicina de las argumentaciones lógicas se ha demostrado claramente ineficaz ante el fundamentalismo. El fanático se acoraza en su iluminación y se muestra inmune a cualquier terapia o medicación. Tan resistente es a los ataques de la razón que quien intente razonar con un fundamentalista corre el riesgo de volverse loco.

Ante este riesgo cierto resulta prudente tener a mano el libro del catedrático de Filosofía de la Universidad de Constanza Hubert Schleichert (Viena, 1935), que ha publicado en España la editorial Siglo XXI: “Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón. Introducción al pensamiento subversivo”. No es, como advierte el propio autor, “una colección de recetas para una argumentación de eficacia garantizada”, pues el análisis de las argumentaciones pone de manifiesto que “cualquier figura argumentativa puede ser utilizada mutatis mutandis por los defensores y críticos de una tesis”. Pero sí es un acercamiento valioso para aproximarnos a todos aquellos que reciben su impulso vital del inquietante principio de que “la verdad vale más que la humanidad”.

La parte teórico-práctica del trabajo de Schleichert toma el fanatismo religioso como punto de referencia, aunque él mismo advierte que su libro “no es una introducción a la crítica religiosa, ni un ejercicio de la misma”. “Sólo utilizamos la religión como ejemplo de nuestra reflexiones”, aclara el filósofo austriaco, quien reconoce que el fanatismo religioso es un fenómeno relativamente fácil de abordar si se le compara con otros fanatismos, como, por ejemplo, el nacionalista. En el caso de este último, “la situación es, por desgracia, considerablemente más complicada” porque “aquí no se discuten únicamente cuestiones metafísicas, sino también cuestiones muy terrenales”.

El libro es un útil repaso a las técnicas y elementos de la argumentación. Es bueno refrescar la memoria con los distintos tipos de argumentos de que se suele echar mano en cualquier tipo de discusión y con los modelos de trampas que suelen tenderse: argumentos ad hominen, ad nauseam, ad misericordiam, tu-quoque, ad lapidem, slippery-slope, freak cases, red herring, ignoratio elenchi, el espantapájaros y muchos otros… Conviene sabérselos para que no nos cojan desprevenidos, pero tampoco hay que hacerse la ilusión de que van a servirnos para mucho, porque las argumentaciones frente al fanatismo son de escasa o nula eficacia. Cuando se les pregunta por qué están tan seguros de lo que dicen, “los exaltados se mueven en círculos: es una revelación porque creen firmemente en ella; creen tan firmemente en ella porque es una revelación”.

Para Schleichert, “entre los creyentes y sus críticos existe más o menos una igualdad de armas lógicas”. Es decir, que cuando se trata de demostrar algo, o lo contrario, el callejón sin salida suele estar garantizado. Parecería entonces que habría que renunciar a toda esperanza en la tarea de argumentar sobre artículos de fe de cualquier tipo. Pero no nos desanimemos, porque hay razones para el optimismo. Es cierto que, como dice el autor, “la esencia y el supuesto mérito de la fe consiste en que no se basa en argumentos; lo que se cree sin argumentos tampoco puede refutarse concluyentemente con argumentos”. “Pero sí se puede remover, minar, socavar”.

Entramos aquí en el terreno de lo que el profesor austriaco llama “el uso subversivo de la razón”. Puesto que “el lógico no puede explicar cómo el hombre se decanta por valores y principios fundamentales sobre los que no es posible ninguna argumentación ulterior”, y el ideólogo “no puede comprender por qué la verdad, su verdad, no se impone por sí misma”, recurramos a la argumentación subversiva. Es decir, enfrentemos al fanático a las consecuencias reales de su pensamiento.

El método no es nuevo. Lo toma de Voltaire a quien considera un artista desenmascarando imposturas. Dado que las ideologías no se pueden refutar, “el ilustrado tiene que atenerse a la verdad, a los hechos, sobre todo a los que son embarazosos para su adversario. Este (junto con su brillantez estilística) fue el secreto de la eficacia de Voltaire; siempre informa de forma exacta y correcta”. “Voltaire ataca refiriendo hechos; deja que el lector saque las consecuencias”.

En opinión de Schleichert, “el procedimiento subversivo relaja tensiones y fijaciones psíquicas. Sugiere que las cosas quizás sean distintas o que pueden verse de forma distinta; supera la limitación de la mirada”. “El ilustrado no afirma en la argumentación subversiva que va a demostrar o a refutar algo. Con toda modestia sólo quiere informar, demostrar ad oculos, presentar otras posibilidades de pensamiento”. Se trata, en síntesis, de llamar a las inhumanidades “por su nombre, en vez de cubrirlas con un velo religioso o ideológico”. “La argumentación subversiva no tiene la forma de una crítica externa del tipo lo que crees es falso; más bien tiene la forma te voy a mostrar qué es lo que crees realmente”.

Este tipo de argumentación “comienza con procedimientos en los que el crítico se toma con la máxima seriedad, con mortal seriedad, a sus adversarios, y concluye con procedimientos en los que el crítico no se toma en serio a su adversario sino que lo ridiculiza”. Pero en eso de la ridiculización hay que ser muy cauto, dice Schleichert, porque en tanto en cuanto el adversario tenga el poder de prender hogueras, “uno no se pude limitar a ridiculizarle”. De la misma manera, “frente a una ideología que ha perdido los dientes, que ha perdido su poder real, uno no entrará en discusiones especialmente intensas sobre sutilizas dogmáticas”. Pero sea cual sea el procedimiento, el resultado final siempre será que “las ideologías no son refutadas ni vencidas, sino que acaban siendo obsoletas, ignoradas, aburridas, olvidadas”.

Schleichert insiste en que “es necesario actuar de forma indirecta y cauta si se quiere conseguir algo en contra de las ideologías. Es necesario poner de manifiesto ante la opinión pública de forma detallada y clara el contenido de la ideología para que se perciba su peligrosidad mientras todavía hay tiempo”. En esto radica todo el secreto de la subversividad de la razón: se basa sencillamente en exponer la doctrina a socavar para que esta se destruya a sí misma.

La razón subversiva parte, según Schleichert, de que “se toma en serio al adversario, extremadamente en serio, más en serio que la masa de sus simpatizantes y partidarios de buena fe. Tomar en serio al adversario quiere decir ante todo tomar en serio sus lemas y programas más intolerantes, malvados y extremistas y no decir nunca: “las cosas nunca llegarán a ponerse así de mal”.

También aquí Voltaire, ese “maestro en el arte de no permitir que se adormeciera la mala conciencia de su sociedad y en no dejar que cayeran en el olvido los horrores del pasado”, marca el camino a seguir. Su método de tolerancia subversiva ilustra el tipo de aproximación al fanático que Schleichert recomienda. En el diccionario de Voltaire, nos recuerda, el término “tolerancia” comienza así: “¿Qué es la tolerancia? Es el don más preciado de la humanidad. Todos nosotros estamos llenos de debilidades y errores; perdonémonos mutuamente nuestras estupideces. Esa es la primera ley natural”. Es decir, que “lo que se inicia como un panegírico de la virtud de la tolerancia se transforma de inmediato en un ataque subversivo”. Luego, con un poco de cultura y otro tanto de ironía se le muestran al fanático estupideces del pasado que, con un poco de iluminación, podrá reconocer en el presente.

A la hora de discutir con fanáticos, Schleichert reconoce que no se puede perder el tiempo con todo el mundo. “Quien argumenta en contra de un fanatismo parece dirigirse a los fanáticos para convencerles de las ventajas de la causa mejor, más humana. En realidad se dirige a los que aún no han sido víctimas del fanatismo, o lo han sido en grado menor. El objetivo del ilustrado no debería ser una refutación del fanático, sino evitar que las ardientes efusiones del fanático despierten interés inmunizando a la opinión publica contra ellas. Por desgracia, el camino hasta llegar ahí es largo”.

El proceso de selección de interlocutores no deja lugar a dudas. “Para el ilustrado ‘razón’ quiere decir ante todo: nadie debe, en nombre de ninguna clase de religión, ideología o ideal, intimidar, atemorizar, escarnecer, perjudicar materialmente, privar de libertad, torturar o asesinar. Este principio es común a todas las grandes culturas de la humanidad; no merece la pena hablar con quien no lo suscriba sin reservas”. Se puede decir más alto pero no más claro.

Hemeroteca Esta semana