Hemeroteca Esta semana
Nº 636 - 14 de Febrero de 2005

Comentario a ‘Europa, pasión y razón’, de Enrique Barón Crespo, y ‘Respuestas a la Constitución Europea’, de Antonio E, Chavarri


LA PARÁBOLA DE LOS DOS MONOS

Por obra y gracia de la voluntad política de José Luis Rodríguez Zapatero algunos españoles vamos a dedicar alguna hora del domingo 20 de febrero a ejercitar nuestro derecho al voto en el referéndum convocado para dar nuestra aprobación o nuestro rechazo al Tratado por el que se establece una Constitución para Europa. Otros españoles han decidido ya ejercitar el derecho de abstenerse, tanto por razones de pura apatía –la famosa abstención técnica– como  de respuesta activa y negativa al político que lidera inequívocamente la campaña por el . Existe una corriente de opinión, más identificable en los medios de comunicación muy críticos con el gobierno que en la formalidad del discurso de los dirigentes del Partido Popular, que preconiza la abstención como un voto de castigo, algo así como la revancha indirecta a los resultados de marzo de 2004.No van  a decir no, puesto que los discursos de Rajoy, así como los mensajes publicitarios del PP, solicitan el sí, pero parecen haber asimilado la tesis de que una baja participación no va a sumir en la depresión a los cuadros de la calle Génova y, al contrario, va a mermar la credibilidad de la calle Ferraz. Quienes conservan un cierto pudor intelectual y no pueden exteriorizar esa razón de fondo, tan cierta, se escudan, de puertas hacia fuera, en la tesis de la precipitación de la consulta y en la incapacidad de comprensión de un texto sobre el que deben pronunciarse. Se repite hasta la extenuación, entre sonrisas cómplices, la idea de que nadie es capaz de completar la lectura del Tratado y, los más sofisticados, añaden su reparo a la decisión  de someterlo al voto popular y directo en lugar de resignar esa responsabilidad en el Parlamento. Este último punto, reconozcámoslo, no es  una característica exclusiva del argumentario manejado por quienes se identifican con las ideas del partido conservador. Nos encontramos, pues, ante una jornada política de cuyo resultado van a extraerse conclusiones ajenas al objetivo prioritario de la consulta. Y es bien triste que así sea.

Zapatero es un político al que le gusta arriesgar y romper aquellas normas que predican, en el fondo, una cierta desconfianza respecto a la madurez del pueblo español para adoptar un papel de protagonista, de ciudadano, con suficiente autonomía de juicio respecto a los cabildeos y componendas propios de un viejo estilo de hacer política. Sueña con arrastrar en las grandes decisiones de Estado el consenso explícito de la ciudadanía. Parece haber interiorizado hasta el límite la idea de que no basta vencer si no se logra convencer. Zapatero no puede entender que existan españoles que no adviertan la rentabilidad de presentar ante el resto de los Estados europeos la imagen de un país que hace suyas las propuestas del texto del Tratado y el papel de referencia que ese pronunciamiento puede tener en el proceso de ratificaciones en curso. Muchos españoles coincidimos en esa reflexión y, además, no encontramos en el texto constitucional europeo ningún signo de regresión respecto a nuestra propia Carta Magna ni a la legislación comunitaria vigente. Otros españoles, con la misma legitimidad democrática, reclaman el voto negativo argumentando que consolida un determinado modelo económico más liberal que social o temen que en la nueva Europa resulten más difíciles, hasta resultar imposibles, las reivindicaciones nacionalistas de signo soberanista. Algunos españoles, aunque no quieran reconocerse como tales, y estoy citando a ETA, sin ninguna legitimidad democrática en su caso, se oponen a la Constitución Europea agrupando interesadamente los argumentos nacionalistas y de izquierda, hasta llegar a la disparatada conclusión de que “la Europa institucional va camino de convertirse en una gran cárcel de los pueblos”.

Todos podemos ir a votar con la misma capacidad de conocimiento de lo que se propone que cuando vamos a las urnas en unas elecciones generales. No es admisible basar la abstención en el desconocimiento, pero sí es posible lamentar que lleguen a nuestras manos, con excesiva proximidad a la fecha del referéndum, algunos textos como los que recogemos en estas páginas, y que pudieran haber aportado más luces al debate. Estoy citando Europa, pasión y razón, de Enrique Barón, y Respuestas a la Constitución Europea, de Antonio E. Chávarri Aricha. El ensayo del actual portavoz de Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, del que fuera presidente entre 1989 y 1992,avalado por los prólogos de José Luis Rodríguez Zapatero y Jacques Delors, agavilla una serie de discursos y columnas de opinión del autor, en un recorrido cronológico que pone de manifiesto las profundas raíces europeístas del autor, en paralelo con el lento proceso de construcción de esta Europa que, ahora, aspira ya a dotarse de una Constitución. Más allá de la oportunidad electoral de este libro cabría estimar la recuperación de la memoria en un pasado no demasiado lejano para situar y reconocer determinados valores democráticos que estuvieron muy bien representados precisamente por aquellos, que aun en los tiempos del franquismo, apostaron por el europeísmo. Así lo expresa Enrique Barón tras confesar que la primera vez que oyó hablar del Movimiento Europeo fue en 1962, con motivo del Congreso –“contubernio”– de Múnich: “La cólera del régimen de Franco era comprensible. En Múnich se habían reunido por primera vez después de la guerra civil los representantes españoles de la oposición democrática en el mismo momento en que solicitaba la adhesión a la Comunidad Europea. Fue justamente esta reacción del franquismo la que atrajo mi interés y mis simpatías por el Movimiento Europeo”. Pero ya antes, nada menos que en 1948, el Congreso del Movimiento Europeo había dejado abierto el debate para adoptar como objetivo final la institución de los Estados Unidos de Europa. La Constitución es, pues, un paso más en este metódico avance hacia la unidad que se advierte tanto en el incremento espectacular de países que se integran en el proyecto como en la ambición de sus políticas comunes. Nadie podrá negar generosidad a los fundadores de la Unión, cuya contribución económica al desarrollo de los nuevos miembros más pobres ha facilitado la aproximación de rentas y calidad de vida. Y eso hay que exigirlo también a los que,  como España, se han incorporado hace ya algún tiempo al proceso respecto a los nuevos, más desfavorecidos. Pero, incluso desde una inevitable perspectiva de egoísmo nacional, Enrique Barón sale al paso de quienes critican la actitud del nuevo gobierno español, al desbloquear la situación creada en Niza con la participación activa de José María Aznar, y explica detalladamente las ventajas de haber apostado por la fórmula actual, “mucho mejor que la política de desplantes y enrocamientos numantinos que nos aislarían en un momento decisivo para reforzar la Unión Europea e modo democrático y eficaz”. En directa referencia al actual debate sobre el sentido de voto en el próximo referéndum, Barón sistematiza las tres grandes corrientes en disputa, pero coincidentes en el rechazo constitucional: la eurofóbica, que sueña con la vuelta al Estado-Nación; la euroescéptica, que sólo acepta una cierta cooperación supranacional, y la “euroutópica, que busca otra Europa ideal cual Don Quijote a la inalcanzable Dulcinea”. Frente a ellas, Enrique Barón opta por la síntesis con voluntad de futuro realizada por la Convención que dio origen, en su práctica integridad, al texto aprobado por la Conferencia Intergubernamental, aprobado por amplia mayoría en el Parlamento Europeo, y que es el que los españoles estamos llamados a ratificar.

Absolutamente complementario del trabajo anterior es el libro de Antonio E.Chávarri, elaborado con una clara intención divulgadora del texto del Tratado, un poco al modo de los viejos catecismos laicos, y que facilita la respuesta a muchas de las dudas que pueden plantearse a cualquier ciudadano consciente. Y eso ocurre desde el primero de sus capítulos, en el que el autor resuelve concluyentemente que lo que vamos a votar es un Tratado internacional y no una Constitución: “Porque no puede haber una Constitución si el pueblo no se la da a sí mismo”. Esto es un Tratado internacional, y de ahí precisamente que resulte aleatoria, según la decisión de cada gobierno nacional, someterlo a referéndum u obviar ese trámite por la vía parlamentaria. No existe una Asamblea Constituyente, sino un pacto entre gobiernos, eso sí, con un resultado que tiene muchas de las características de un texto constitucional. Con la misma claridad, el libro da respuesta a sucesivos interrogantes que acostumbramos a escuchar en estas fechas: ¿cuándo habrá ministros de la UE? ¿Protegerá la Constitución una determinada religión? ¿Podrá cambiar cualquier Estado su modelo territorial? ¿Concederá la UE el derecho al matrimonio a los homosexuales? ¿Se prohibirá la clonación humana? ¿Desaparecerá el Ejército español? ¿Defenderá la UE a un país atacado por el terrorismo?...

En la página final, a modo de epílogo, Eduardo Martínez Hernández, profesor de Derecho Constitucional, valora el libro con palabras que hago mías: “Es importantísimo que el contenido de esta Constitución sea difundido y explicado en forma tal que sea entendido por todos sin excepción, desde el experto jurista... hasta el lego en la materia que hasta ahora contaba con pocos elementos de juicio a su alcance para hacerse una idea clara sobre lo que ha de votar”. Lástima que la metodología y el lenguaje de este libro no haya inspirado la campaña institucional. Y más lastimoso aún que demasiados españoles prefieran acercarse al reto democrático del día veinte como dos de los monos famosos; con las manos taponando los ojos y los oídos. Y aún peor: sin taparse la boca.

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