Hemeroteca Esta semana
Nº 635 - 7 de Febrero de 2005

 

LA TAREA INACABADA DE DAVID ROUSSET

 

Lo que convierte a David Rousset en excepcional –escribe Tzvetan Todorov– no es su condición de militante, deportado, superviviente o testigo, sino el hecho de que fuera él, entre todas las antiguas víctimas, quien emprendiera el combate político contra los campos que seguían existiendo en aquel momento”. Todorov se refiere, por descontado, al gulag de Stalin, del que los intelectuales europeos tuvieron puntual noticia poco después de la segunda guerra mundial. Es decir, en plena controversia sobre la conducta política a seguir en relación con el régimen soviético.

David Rousset nació en 1912 y, antes de la ocupación, había ingresado en el partido socialista, acercándose a los grupos que se inspiraban en el trostkismo. Tras la fulminante derrota de Francia en 1940, se incorporó a la Resistencia, desarrollando una intensa actividad clandestina de oposición al nazismo. En 1943 es detenido y trasladado sucesivamente a los campos de Porta, Westphalica, Neuengamme, a las minas de sal de Helmstedt y, por último, a Buchenwald, donde le sorprenderá el hundimiento del Reich y la liberación. Las penalidades de los dos años de cautiverio le provocarán una severa pérdida de memoria, diagnosticada tras un ataque de tifus y de la que sólo se irá recuperando, ya bajo el cuidado de su mujer y de los médicos franceses en un hospital de Saint Jean des Monts, en Vendée, al ritmo de una alimentación adecuada y de la progresiva reincorporación a la vida y los afectos de los que había disfrutado antes de la guerra. Restablecida su salud, Rousset se instala en una casa solitaria en mitad de los bosques que rodean Saint Jean de Monts, intentando rehacer su ánimo. Y es allí donde recibe la noticia de que sus antiguos camaradas han creado una publicación, La Revue International, y de que esperan una colaboración suya acerca de los campos. Rousset rechaza ponerse a la tarea, incapaz de enfrentarse aún a unos dramáticos recuerdos recién recuperados. Pero la amistosa insistencia de Maurice Nadeau y, sobre todo, de Merleau-Ponty, acabaría doblegando su negativa, regularmente amparada tras la excusa, o tal vez la convicción, de que había ya demasiadas páginas escritas sobre la materia. ¿Demasiadas páginas? El argumento no deja de resultar sorprendente si se tiene en cuenta que corría la primavera de 1945.

Durante el mes de agosto, finalmente, Rousset accede a dictar lo que, en principio, debería ser un artículo para La Revue International. Su mujer, Sue, le acompañará en este descenso retrospectivo a los infiernos, tomando nota del texto que, de acuerdo con el propósito inicial, debería resumir su experiencia de deportado. Rousset, sin embargo, se ve pronto sobrepasado por el caudal de sus recuerdos y, en particular, por la variedad de reflexiones de índole general que le provocan. El universo concentracionario, el libro que resultará después de varias jornadas de trabajo y que La Revue International publicará en tres números sucesivos, entre diciembre de 1945 y febrero del año siguiente, se convertirá, así, en un testimonio singular sobre los campos. En lugar de sumergirse en su percepción personal, conjurando mediante la escritura los demonios de una vivencia que, como al resto de los deportados, le acompañará hasta el fin de sus días, Rousset se propone desentrañar los mecanismos de poder que operan en ese mundo aparte, o como él mismo lo denomina, en ese universo concentracionario. A medida que va dictando su colaboración para La Revue International, la autobiografía se va poco a poco transformando en un género particular de reflexión, que es la que viene avalada por el testimonio, por el conocimiento directo de los hechos. Rousset esclarece de este modo los procedimientos psicológicos, y más aún, políticos, que los responsables de los campos utilizan para someter a una población reclusa de varias decenas de miles de personas que, aun conociendo su suerte, aun sabiendo que será difícil escapar a una muerte casi segura, se encuentran sin embargo imposibilitadas para interponer una resistencia eficaz. Unos procedimientos que, por otra parte, y siempre según Rousset, servirán para que los propios guardianes acaben aceptando tarde o temprano lo inaceptable.

“La burocracia nace con los campos –escribe en El universo concentracionario–. Es un componente esencial”. Y a continuación añade, después de haber recordado que los primeros internos fueron los propios disidentes del Reich, liberales, socialdemócratas y comunistas: “En el pasado, desempeñó un papel decisivo en la desagregación moral y la destrucción física del medio político alemán. Con la guerra, su campo de acción se ha extendido y diversificado considerablemente”. Ésta y otras observaciones diseminadas a lo largo del texto redactado para La Revue International vienen a demostrar que Rousset no consideraba los campos como un fenómeno sin antecedentes ni consecuentes, repentinamente ideados y puestos en práctica con todos y cada uno de los caracteres con que los descubren los ejércitos aliados en su avance hacia Berlín. Se trata, por el contrario, de un proceso en el que la crueldad hacia las víctimas y la indignidad de los verdugos van creciendo en paralelo y que, como tal proceso, se va nutriendo, según haría un monstruoso parásito, de las necesidades generadas por la ocupación nazi del poder en Alemania y, después, por la guerra total y en todos los frentes. Aunque Rousset no niega en ningún momento los rasgos específicos, únicos, que reviste el propósito de exterminar a los judíos y otras minorías, como los gitanos, entiende que entre los “campos de destrucción y los campos “normales”, no existe una diferencia de naturaleza, sino solamente de grado”. Es decir, entiende que el horror admite comparación y que, por tanto, la inconcebible y atroz iniquidad perpetrada por el nazismo no debe abotargar la conciencia moral y los sentidos, impidiendo que se identifiquen los rasgos que comparte con otras iniquidades.

La doble aproximación desde la que Rousset abordó la experiencia de los campos de concentración, trascendiendo por un lado su condición individual de deportado y admitiendo, por otro, la posibilidad de establecer una gradación del horror y, en consecuencia, la posibilidad de comparar fenómenos similares, está sin duda en el origen de su lucha contra los campos levantados y mantenidos por orden de Stalin. Cuando Rousset hace efectiva su denuncia y coloca a los militantes de la izquierda europea en situación de pronunciarse sin concesiones acerca de lo que está ocurriendo al otro lado del Muro, será precisamente Merleau-Ponty, el viejo camarada que le había animado a relatar su experiencia de la deportación, quien con más encono se sume a la campaña de descalificación personal que se inicia entonces, acusándolo de agente de los Estados Unidos. En un artículo de Les temps modernes, escrito en colaboración con Jean Paul Sartre e irónicamente titulado Les jours de notre vie en contraposición al título de la obra más conocida de Rousset, Les jours de notre mort, Merleau-Ponty sostendrá que el hecho de haber vivido la experiencia de los campos no garantiza una especial sabiduría política. Y desde el punto de vista de esa sabiduría, desde el punto de vista de esa política, la denuncia del gulag emprendida por Rousset representaba, siempre de acuerdo con la opinión de Merleau-Ponty y de Jean Paul Sartre, un grave y gratuito revés a la causa del proletariado y la revolución. Mejor callar, aceptar las medidas transitorias y los errores, los “accidentes de recorrido”, y confiar en que, llegado el día en que la utopía se convierta en realidad, los supervivientes puedan concluir que el sacrificio de los demás valió la pena. Rousset responde recurriendo al más clásico, al más concluyente de los argumentos del humanismo: la vida es superior a cualquier proyecto político, a cualquier ideología.

El tiempo terminaría dando la razón a Rousset, lo mismo que se la daría a Camus. Y aunque el recuerdo del gulag no haya merecido hasta la fecha una atención equivalente a la de los campos del nazismo, es probable que haya de llegar un tiempo en el que, puestos a establecer el balance del siglo XX, resulte inconcebible que se mantenga la distinción entre “los campos de destrucción y los campos “normales””, sea cual sea la categoría en la que se deba incluir a los soviéticos. Ése será sin duda el mérito de David Rousset, entre tantos otros deportados que, como señala Tzvetan Todorov, supieron trascender la experiencia del universo concentracionario. Aun así, la tarea que seguirá pendiente cuando llegue ese día, la tarea a la que Rousset no pudo poner término, es la de explicar, no lo que ocurrió una vez creados los campos, sino el camino que siguieron algunos regímenes para llegar hasta ellos. En esa indagación resultará tal vez patente la sobrecogedora inconsciencia con la que se aceptaron medidas que, en nombre de la defensa de la democracia, la destruyeron. También la existencia de víctimas que nadie reivindica, como los alemanes que lucharon y dieron la vida contra Hitler, a los que Rousset dedica la última frase de El universo concentracionario: “Internados durante más de diez años, deberían ser nuestros preciosos compañeros de lucha”.

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