Hemeroteca Esta semana
Nº 633 - 24 de enero de 2005

‘El mundo de hoy’, de Ryszard Kapuscinski

 

EL MÉTODO KAPUSCINSKI

De la obra de Ryszard Kapuscinski (Pinsk-Polonia, 1932) queda ya muy poco por traducir al castellano. A excepción de algunos cuadernos de notas y de algún que otro trabajo de su primera época, la colección Crónicas, de la editorial Anagrama, ha publicado a lo largo de los últimos años el grueso de la producción periodística del reportero polaco, considerado, hoy por hoy, como el más prestigioso del planeta.

Con El mundo de hoy (Anagrama, 2004), esta editorial nos ofrece ahora un trabajo de recopilación de textos de Kapuscinski seleccionados y editados por su traductora al castellano, Agata Orzeszek. Esta ha buceado en la obra de Kapuscinski y ha ordenado por temas sus más interesantes reflexiones sobre el mundo de hoy y sobre periodismo y literatura. Se trata de un proyecto que tiene como referencia otros previamente publicados en Italia, Polonia y Alemania, y que, al igual que éstos, esgrime plena libertad en la estructura temática y en la elección de los textos.

Buena parte del contenido de este volumen se apoya en una decena de conferencias y en más de medio centenar de entrevistas, publicadas fundamentalmente en Polonia, que no resultaban de fácil acceso para el lector interesado. También contiene jugosas reflexiones extraídas de los Lapidarium (cuadernos de notas) y de esas primeras obras aún no publicadas en nuestro país. Por ello, y pese a tratarse de un trabajo de edición -con lo que algunas de las ideas de Kapuscinski que aquí se recogen son ya conocidas por los atentos seguidores de su obra-, el trabajo de Orzeszek supone una valiosísima aportación. Sirve como excelente introducción al pensamiento del reportero polaco y ofrece detallada información sobre sus métodos de trabajo.

En estas páginas encontramos a un Kapuscinski en permanente reflexión sobre su trabajo como corresponsal, sobre su profesión y sobre los países y continentes que conoce a pie de obra: Polonia, Rusia, África, América Latina, Asia, Europa… Sus apuntes en torno al islam ocupan también algunas páginas y asistimos a un curioso “Juicio al Siglo XX” en el que el “testigo Kapuscinski” responde ante un Alto Tribunal, a las preguntas del “portavoz de la acusación” y del “abogado defensor”, dejando constancia de lo injustamente dividida que se encuentra la Humanidad, con grandes desigualdades en todos los terrenos.

La mayor parte de las reflexiones de Kapuscinski sobre periodismo y literatura –recogidas en los apartados La misión del reportero y El taller del escritor–, procede de entrevistas publicadas en medios polacos. En ellas el método Kapuscinski de acercamiento a la realidad se expresa en todo su alcance. Para definirnos el contexto en el que sitúa su trabajo, el reportero recurre al sociólogo norteamericano Clifford Geertz, quien escribió hace tiempo que la literatura contemporánea vive una época de “géneros revueltos”. “Las fronteras de los géneros literarios –explica– se han desdibujado, se han borrado. Se pueden citar decenas, cientos de libros de difícil clasificación que han aparecido en las últimas décadas, pero creo que el ejemplo, ya clásico, que mejor ilustra este fenómeno es Tristes Trópicos. En él Levi-Strauss usa y mezcla varios géneros: el diario, el ensayo, el reportaje, el estudio antropológico…”

Lo que, según Kapuscinski, persigue el escritor que cultiva este tipo de prosa “no consiste en una aspiración a que su obra se ajuste a un género u otro, sino en un intento de plasmar lo mejor posible la realidad que quiere describir”. “Ya se sabe –dice– que es imposible alcanzar el ideal, pero tanto mayor resulta el valor de este tipo de prosa cuanto más se acerca a esa realidad. También yo me guío por este principio, para el cual los franceses han acuñado el término approximation”.

En este planteamiento late la idea de que la literatura absoluta no existe, que “nunca se logra describir algo con toda la plenitud y perfección. A lo más que podemos aspirar es a la mayor aproximación posible, un proceso que jamás se verá coronado por un éxito total. El talento narrativo se mide por el grado en que se consigue tal propósito”. Para ayudar a entender esa imposibilidad última de transmitir algo de forma total recurre a un ejemplo muy sencillo: “Todas las personas que han vivido la guerra en carne propia saben que ésta, en realidad, es indescriptible”.

En sus aproximaciones a la realidad el periodista polaco no se deja constreñir de antemano por ningún modelo preconcebido que pueda limitar el alcance de su trabajo. “Cuando me preguntan qué escribo, sin plantearme cuestiones propias de la teoría de la literatura, contesto: un texto. ¿Y qué tipo de texto? Un texto bueno. Todo escritor desea crear un buen texto”. Es decir, aclara Kapuscinski, que “cuando me pongo a escribir no me pregunto si de este intento saldrá un cuento, un ensayo o un reportaje. Sólo pienso en que tengo que crear un texto que se aproxime lo más posible a lo que deseo transmitir”.

Un cierto pánico a aburrir al lector está en la base de su estilo de línea clara y directa. “A menudo –revela– pienso para mis adentros: ¡Cielo santo, hay que terminar lo más deprisa posible, antes de matarlos de aburrimiento!”. Aclara que “los pintores se dividen entre aquellos que crean grandes escenas de batallas y esos otros que pintan un retrato o una silueta con una sola pincelada, una sola línea. Y a mí me atrae eso que en la actualidad a veces se llama minimal art”.

Kapuscinski dice haberse formado “con la literatura cartesiana, extraordinariamente parca: un mínimo de palabras, eliminación de todo adjetivo”. Por eso le encanta leer aforismos porque “me gusta esa línea clara, ese trazo puro: es a lo que aspiro”. Para llegar a esa sencillez “trabajo mucho cada frase; luego cada párrafo; luego párrafo a párrafo, cada página; finalmente, todo el capítulo. Y todo mi esfuerzo se centra en decir lo máximo con el mínimo de palabras y de imágenes. No soporto la incontinencia verbal, no me gusta el barroco”. (El barroco le gusta, claro está, pero en arquitectura y en el arte en general, no en la literatura).

El ensayo, la reflexión, están en el eje de su trabajo como periodista. Describir por describir no tiene ningún sentido por muy musicales que suenen las frases o por muy entretenido que resulte el texto. Para él los caminos de la literatura se bifurcan. “Uno se dirige hacia el ensayo, hacia la profundización del conocimiento enciclopédico; y el otro hacia el serial televisivo. En el primer caso lo más importante es el pensamiento, la reflexión; en el segundo, la intriga, la aventura”.

El reportero polaco intenta sacar de cada fragmento de la realidad “una reflexión generalizadora”. Es un auténtico maestro en el arte de lo que él denomina el “relato-reflexión” o “descripción-pensamiento”. Se trata de una tarea que le exige “mucha, muchísima preparación: horas y más horas de lectura y reflexiones, para no terminar en la mera descripción”. Su método de trabajo le lleva a acumular todo el material posible sobre un asunto sabiendo que después utilizará una mínima parte. En El Imperio, por ejemplo, dice que usó tan solo “un diez por ciento de lo que sabía de aquella realidad y de lo que tenía pensado”.

Cualquiera que tenga hoy en día que enfrentarse a una hoja en blanco –y prácticamente todo el mundo tiene que hacerlo en un momento u otro– encontrará en este libro un auténtico arsenal de valiosas recomendaciones: Escribir, por ejemplo, ese acto relativamente sencillo que a muchos suele generar una terrible angustia, consiste, según Kapuscinski, en “encontrar la primera frase, una muy sencilla, digna del más elemental de los libros de texto para niños. En ella está la salvación: tirará de las siguientes”.

El libro se cierra con un epílogo que recoge las reflexiones de Kapuscinski  en torno a los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Un episodio que él sitúa en el contexto “de la actual guerra contra el terrorismo” y que, en su opinión, sirve cómo demostración de cómo “la guerra moderna se ceba con la población civil, con personas indefensas”. “Paradójicamente –explica– el ejército y la policía son los lugares más seguros; no así los hábitats de la gente de a pie: calles y campos, estaciones de ferrocarril y trenes de cercanías”.

Amante de los aforismos y de las frases claras y directas, este libro contiene algunas que por sí solas justificarían todo el volumen. Transcribiré, como muestra, una que puede resultar muy útil para manejarse en los tiempos actuales y que proviene de una experiencia muy directa de la realidad combinada con una profunda reflexión: “Si de entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú, en un fanático”. Después de leer a Kapuscinski es muy difícil escuchar opiniones contundentes sin que no nos asalte la sospecha de que alguien está tratando de engañarnos.

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