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| Nº 631 - 10 de enero de 2005 |
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Comentario a ‘Cuba, la lucha por la libertad’, de Hugh Thomas LA HISTORIA INACABADA
Nadie, en ninguna encuesta, me ha preguntado cuál sería mi libro para estas pasadas vacaciones. He esperado inútilmente la ocasión de mencionar las ventajas que proporcionan esas fechas en las que se relajan las presiones de la agenda y se espacian las reuniones de trabajo para abordar una lectura de grueso cabotaje. Sólo así –y no son tantas las oportunidades– es posible la aproximación a una obra de la envergadura de esa historia de Cuba, un clásico ya desde su primera edición en 1971, a la que Hugh Thomas sólo ha creído necesario añadir una docena de páginas, un postscriptum, para resumir treinta años en la vida de un país cuyo peso específico medido en los parámetros habituales de población, extensión, recursos económicos o potencia militar harían inexplicable su protagonismo en el debate político internacional, por no mencionar su capacidad de dividir a la opinión pública y provocar confrontaciones parlamentarias en varias naciones. La única explicación a esa singularidad tiene un nombre: Fidel Castro. En definitiva ese viene a ser el argumento del historiador. Porque lo que Thomas considera que le exime de profundizar en la narración detallada de ese extenso período –en contraste con la minuciosidad con la que describe cada pequeño vaivén en el proceso histórico que conduce desde 1898 hasta 1959– es el hecho de que “Castro sigue vivo, y eso determina la vida política de su país”. Durante estos treinta años, sin embargo, ha ocurrido algo tan importante como la desaparición de la Unión Soviética y, casi simultáneamente, la caída de los regímenes comunistas y la aparición de nuevos Estados en Europa, una conmoción planetaria que alteró el equilibrio de poderes y el mapa ideológico universal con la fuerza de un maremoto que ha convertido a Corea del Norte y a Cuba en residuos excéntricos, piezas sueltas, en el flujo de los grandes bloques. La supervivencia del régimen cubano, que no ha dejado de estar sometido en ningún momento a la presión del bloqueo impuesto por los Estados Unidos hasta el punto de asfixiar el desarrollo y reducir las condiciones vida de los cubanos hasta el límite de subsistencia, y al aislamiento diplomático por parte de la Unión Europea, dulcificado sólo muy recientemente, hubiera exigido un mayor esfuerzo de análisis y no la descripción meramente formal de algunas realidades demasiado obvias. Nada de lo que escribe Hugh Thomas, cuando actúa como un narrador exquisitamente objetivo, que es la tónica dominante pero no exclusiva también en las anteriores mil doscientas páginas, admite una inmediata contradicción. Es verdad que “Cuba posee una de las pocas economías del siglo XIX que todavía perviven”, pero ya es más dudoso que se trate de una decisión soberana, que es lo que parece deducirse del párrafo inmediatamente posterior: “La primera, y en la actualidad, única república socialista de América se ha distinguido por preservar un tejido social que Karl Marx hubiera podido reconocer: su maquinaria desfasada, hierro oxidado en lugar del moderno y brillante plástico, coches antiguos y música y ropa anticuada”. Vayamos por partes. El viejo Marx estaría en condiciones más favorables para reconocer hoy el tejido social de cualquier otra nación latinoamericana en la que subsista una economía según el patrón del liberalismo, fuertes divisiones de clase, tensiones étnicas y dependencia de una gran potencia imperial. Ese era el tejido social imperante, el que conoció y denunció Marx, muerto mucho antes de que sus ideas, adaptadas o falseadas, inspiraran los movimientos revolucionarios que alteraron mucho más que el tejido social durante algunas décadas en Europa y todavía impregnan, siquiera retóricamente, algunas Constituciones del Tercer Mundo. Marx no vivió lo suficiente para conocer la revolución soviética, y mucho menos la cubana. Por supuesto que Hugh Thomas sonreiría al conocer esta apostilla. Es obvio que, por parte del historiador, se trata de subrayar muy gráficamente el fracaso de un sistema, una idea que, un poco más adelante, se concreta en este párrafo: “He visto el futuro y funciona”, dijo el periodista Lincoln Steffens a su regreso de Rusia en 1930. He visto el pasado y no funciona, podría decirse ahora sobre el hijo del último amor de Rusia. Habría que preguntarse qué escribiría hoy Steffens a la vista de la experiencia soviética, del estalinismo, y de la fulminante desintegración de la URSS. Es el peligro de sucumbir a la tentación de las imágenes literarias efectistas cuando no se trata de construir un artículo ingenioso y polémico, sino unas páginas de y para la historia. Por eso lamento que, seguramente por imperativos de mercadotecnia –de nuevo Cuba se ha convertido en un objeto de curiosidad al cumplirse 45 años de la entrada de Castro en La Habana–, un historiador de la talla de Hugh Thomas haya reflexionado tan escasamente sobre nada menos que treinta años de prolongación de un régimen, la explicación de cuya génesis le obligó a remontarse nada menos que a 1762, año de la ocupación de La Habana por tropas inglesas el mando del conde Albermale y el almirante Pocock. No quisiera transmitir una impresión negativa, por muy personal que sea, de este monumental trabajo de Hugh Thomas sobre Cuba. No conozco otra obra que refleje con tal acopio de fuentes documentales y experiencias propias el devenir de uno de los pueblos más fascinantes de América. Y también incapaz de consolidar la obra modernizadora y democrática que intentaron algunos de sus grandes prohombres desde la independencia de España. Resulta doloroso comprobar, al hilo del relato de Hugh Thomas, el sucesivo entusiasmo despertado por los programas reformadores o regeneracionistas puestos en pie por políticos de la talla de Grau San Martín o Prío Socarrás, y la pronta decepción por los resultados prácticos de su gobierno. Hasta Fulgencio Batista fue recibido con alivio por buena parte del pueblo cubano. La constante fue la traición muy temprana al ideario exhibido. Y el mal de fondo, la corrupción, el sistema de reparto de cargos y prebendas, que dejaba siempre insatisfecho no sólo al grueso de la población, sino a sectores influyentes de los grupos dominantes dispuestos a encabezar una nueva oposición, no siempre pacífica. La historia de Cuba es también la crónica del pistolerismo y de la represión sin demasiadas garantías jurídicas, arbitraria tanto en el exceso como en la indulgencia. Es la historia de la dependencia del precio del azúcar –durante mucho tiempo marcado políticamente, primero por los Estados Unidos, luego por la Unión Soviética– que describe con esclarecedora visión Hugh Thomas. Es también la tragedia de un destino marcado por la proximidad a un vecino poderoso que ni siquiera se atrevió a dar el paso de la anexión, pero que nunca dejó de ejercer una función tutelar, ominosa, de sus intereses económicos y estratégicos en complicidad con los sucesivos regímenes de la isla. Y es, dramáticamente, el relato agónico de la lucha por la libertad, que subtitula el libro. Ese es, precisamente, el gran pecado de Fidel Castro, y no la imagen de deterioro de las hermosas mansiones de La Habana o de los Cadillac renqueantes. Fidel cerró –y muy pronto– todas las posibilidades de expresión crítica incluso a aquellos que le acompañaron en los momentos más difíciles de la aventura imposible de Sierra Maestra. Tribunales creados según su designio condenaron a muerte o a largas penas de prisión no sólo a los responsables de crímenes durante la dictadura de Batista, sino a revolucionarios de la primera hora. En el libro de Hugh Thomas aparecen con sus nombres y apellidos. Es verdad, y el propio historiador lo menciona, que esa represión no ha sido una exclusiva cubana y que hasta la Francia liberada incurrió en esas prácticas, pero la extensión de la ignominia no exculpa al que la comete. Y en paralelo, obligado a la eliminación de cualquier tipo de opositor político, tenía que producirse la de los medios de comunicación que tuvieran la osadía de cuestionar las ideas y la práctica revolucionaria, cambiante tantas veces por necesidades estratégicas, que resultaban imposibles de secundar a ciegas hasta por aquellos que comulgaban con los principios iniciales de movimiento castrista. Incluso hoy, cuando Castro se ve obligado a tolerar la existencia de algunos núcleos disidentes internos, en un camino demasiado frecuente entre la cárcel y la libertad vigilada, el control de los medios de comunicación es absoluto, sin resquicios. Y esa sí es una novedad para los cubanos, acostumbrados a un periodismo combativo, que no excluía el riesgo físico en períodos de dictadura. Confiesa
Hugh Thomas en el prólogo del libro las dudas que embargan a cualquier
historiador sobre la capacidad de narrar académicamente los sucesos de
un tiempo contemporáneo. Y justifica la posibilidad, y hasta la necesidad
de hacerlo en el período que culmina en 1971, incluida la crisis de los
misiles. Sorprende, por tanto, la ligereza con la que resuelve, a pesar
de apuntar interesantes fuentes documentales, acontecimientos tan importantes
como los sucesivos intentos de asesinato de Fidel Castro –que podrían
explicar algunas actitudes del líder cubano– o el nuevo marco de relaciones
con la iglesia católica a partir de la visita del Papa, que menciona con
excesiva brevedad a pesar de anotar el hecho de que a partir de ese momento,
por primera vez “la Iglesia se había convertido en uno de los principales
protagonistas de la vida política cubana”. Habrá que esperar –y ese es
mi deseo como admirador de la obra de Hugh Thomas– la oportunidad para
ese “análisis exhaustivo de los años que se resumen en este epílogo (escrito)
cuando resulta difícil contemplar con optimismo el futuro de Cuba a corto
plazo. Pero, a la larga, la historia de Cuba, trágica como ha sido, demostrará
que nada debe darse por imposible”. Para entonces, Hugh Thomas tendrá
que valorar la novedad de las relaciones con la Venezuela de Hugo Chávez,
los acuerdos con China, balón de oxígeno para la economía cubana, los
hallazgos de gas natural, que pueden modificar la actitud del lobby petrolero
en las Cámaras norteamericanas... y, sobre todo, el estado físico de ese
Castro, que se cae... y se levanta, rezando, con socarronería de campesino
gallego, algún responso por tantos dirigentes mundiales que le dieron
por muerto. |