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| Nº 629 -20 de diciembre de 2004 |
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‘La traición escrita’, de Jonathan Spence TRANSPARENCIA INFORMATIVA EN LA CHINA IMPERIAL
Jonathan Spence (Surrey - Reino Unido, 1936) es uno de los más prestigiosos sinólogos contemporáneos. Ha publicado numerosos trabajos sobre China en los que aborda diferentes aspectos históricos y culturales de esta cada vez menos impenetrable civilización. Hace dos años la editorial Tusquets editó en España El palacio de la memoria de Mateo Ricci, un sugestivo relato sobre la peripecia de un jesuita en la China del siglo XVI. El libro repasa las teorías que en esa época circulaban sobre la memoria y las técnicas mnemónicas, para describir cómo Mateo Ricci intentó poner estos recursos al servicio de su tarea misionera. Aunque la idea tenía también sus detractores, en aquel entonces se consideraba de gran utilidad el adiestramiento de la memoria a través de la colocación precisa de ideas, conceptos y recuerdos en construcciones mentales que facilitasen su almacenamiento y búsqueda. Las más recomendables para ello eran las iglesias espaciosas y los edificios palaciegos. Se trataba de situar mentalmente la información en las distintas estancias e incluso colgarla o introducirla en objetos, muebles o cuadros, para que cuando hiciese falta no hubiera más que acudir al lugar apropiado. Con el arma de los palacios de la memoria, Ricci esperaba, según explica Spence, “que una vez que los chinos aprendieran a valorar sus dotes mnemotécnicas, se sintieran impelidos a preguntarle sobre la religión que hacía posible tales maravillas”. Ahora, en La traición escrita. Una conjura en la China imperial (Tusquets, 2004), Spence nos traslada a la China de la primera mitad del siglo XVIII bajo el imperio de la dinastía Qing, de origen manchú, que poco antes había desplazado a los soberanos Ming. En este escenario se sitúa una historia muy instructiva de procedimientos de investigación, análisis de rumores, intrigas, y, especialmente, de gestión de la información. El relato arranca cuando el gobernador de las provincias de Shaanxi y Sichuan, el general Yue Zhongqi, es abordado camino de su residencia por un mensajero, Zhang Xi, que consigue entregarle una carta cuyo remitente es un misterioso individuo que se hace llamar “Calma Estival”. La misiva le propone ponerse al frente de una conspiración contra el emperador Yongzheng. El atrevimiento de la propuesta se basa en que el general Yue es descendiente lejano de otro general, Yue Fei, quien seis siglos atrás había combatido valerosamente y en defensa de la dinastía Song contra las tribus de bárbaros de las que desciende la imperante dinastía Qing. En virtud de ello se le invita a “aprovechar la oportunidad para sublevarse y vengar los destinos de los Song y de los Ming”. Consciente de que corre un riesgo evidente de perder la confianza del emperador, el general Yue decide actuar con rapidez y astucia. Simula aceptar el reto de la rebelión para obtener toda la información posible sobre los conspirados y el alcance de su plan. Pero, paralelamente, informa detalladamente a su soberano de lo que está ocurriendo y, para despejar toda duda o suspicacia, se hace acompañar de testigos en las reuniones que mantiene con el mensajero de la conspiración. El soberano Yongzheng, como todo soberano que se precie, es un hombre que vive convencido de que quieren matarlo. Con cierta regularidad ordena el asesinato de sospechosos, incluidos algunos de sus hermanos. Hay a quienes obliga a cambiar de nombre antes de morir, forzándoles a adoptar otros nuevos como “Gordo-como-un-cerdo” o “Mezquino-como-un-perro”. La lectura de crónicas sobre acciones sediciosas y de “informes que describen conductas extrañas, amenazas veladas y acusaciones escandalosas” ocupa la mayor parte de su tiempo. Todos estos informes se le envían en un modelo perfectamente reglado con un espacio en blanco reservado para sus comentarios que hace siempre con una tinta bermellón que sólo el emperador puede utilizar. El palacio imperial de Pekín recibe la información del nuevo caso mediante un protocolo escrito extremadamente minucioso que ha hecho posible que toda la historia haya sobrevivido archivada, lo que ha facilitado a Spence su reconstrucción. El proceso de búsqueda de los conjurados no es tarea fácil, pues la puesta en marcha de las primeras detenciones puede alertar a los implicados en provincias más lejanas. El propio protocolo burocrático es, en este sentido, un estorbo pues los edictos y actos oficiales que orientan la acción del gobierno se publican a menudo en la Gaceta de la capital, cuya lectura está restringida a los funcionarios de la capital y a los de provincias con categorías de magistrado o superior. Pero las filtraciones son habituales. Las generan, como cuenta Spence, “los secretarios de las oficinas metropolitanas, que se las venden a los editores de los boletines informativos locales o a los secretarios de las oficinas provinciales, quienes a su vez venden los últimos números de la Gaceta a los buhoneros urbanos”. En, al menos, siete provincias hay conspirados que están a la espera de una señal del general Yue para levantarse en armas. Cada vez que un nombre sale de la inocente boca del mensajero Zhang el aparato de búsqueda del emperador actúa con celeridad. Funcionarios del Ministerio de Castigos instruidos en el tipo de información que deben obtener de los interrogatorios e impacientes por demostrar su diligencia al emperador, logran extirpar una larga lista de nombres. Tras “Calma Estival” se oculta un tal Zeng Jing que vive en la provincia de Hunan. Se trata del autor de dos libros sediciosos, Conocimiento de lo nuevo y Registro de lo oculto, devoto seguidor de las enseñanzas de Lü Liuliang, ya fallecido, cuyos escritos sobre el pasado proyectaban iluminadoras lecturas sobre el presente y que “había seguido siendo fiel servidor de la dinastía Ming durante toda su vida”. Spence describe a este último como “un chino apasionadamente apegado a su raza ancestral, angustiado ante lo que percibía como la destrucción de su pueblo y de su cultura, y lleno de odio y dolorosa ironía hacia los amos manchúes de su país y los colaboradores chinos que los servían”. La historia que nos relata Spence de una conspiración fallida y del minucioso procedimiento del aparato imperial para desbaratarla es, en sus propias palabras “un tratado sobre procesos de investigación”. Pero es también la historia de un sorprendente libro titulado Despertar del engaño cuya autoría compartieron el principal conjurado y el emperador a quien pretendía derrocar. Dos autores que, pese a esta curiosa colaboración literaria, jamás se vieron las caras. El emperador Yongzheng había llegado a la conclusión de que “la declaración de estos rebeldes demuestra que son gente por completo insignificante”, pero tuvo la instructiva idea de elaborar un libro con los pormenores del caso. De esta forma sus súbditos podrían deleitarse con un excelente ejemplo de la insensatez que supone conspirar contra su soberano y, sobre todo, podrían convencerse de que su bondad celestial, sus desvelos por el pueblo y su benevolencia no merecían un derrocamiento, sino amor y respeto infinito. No en vano los más recientes informes sobre la aparición de nubes de buen agüero en diversas provincias demostraban que “no había habido jamás caso análogo que presentase semejantes señales de armonía celestial bajo el mandato de ningún otro emperador de esta dinastía ni de ninguna anterior”. Ejerciendo las funciones de editor, el emperador puso en orden los diversos edictos promulgados a lo largo de la investigación y desarticulación de la conspiración de Zeng Jing. Añadió a este material los escritos que él mismo había elaborado en respuesta a las acusaciones de los conspiradores de ser un mal soberano, con el objetivo de rebatirlas y dejar muy claro lo infundado de las mismas. La última parte de Despertar del engaño, un auténtico best-seller en la China de la década de 1730, lo integraba, como relata Spence, “una cuidadosa trascripción del arrepentimiento del propio Zeng Jing, el ensayo de veintisiete páginas titulado Mi vuelta al bien. El propio emperador escribió un prólogo para este texto en el que “comenta los pecados cometidos en el pasado por el conspirador y el cambio que se ha operado en su corazón. La transformación moral que ha alcanzado Zeng, escribe el emperador, muestra la sabiduría de los textos antiguos en los que se sugiere que toda persona, por mala que sea, puede cambiar”. La tipografía del libro se puso al servicio del protocolo y la posición jerárquica de los dos autores quedó perfectamente respetada en el texto: “Para registrar los pensamientos de Zeng Jing se usan letras de la mitad del tamaño que las asignadas a los textos del emperador”. Algo perfectamente razonable, ya que los gastos de la edición corrieron a costa del tesoro imperial. Además, el libro se utilizó como texto oficial, y durante mucho tiempo fue preceptiva su lectura y comentarios a principios y mediados de mes, en ámbitos funcionariales y estudiantiles. No desvelaremos las sorpresas que nos aguardan en el desenlace final de esta historia que Jonathan Spence nos relata con el ritmo de una electrizante novela. Sí diremos que, muerto ya el emperador, al hijo que le sucedió en el trono no le pareció buena idea que siguiese en circulación un libro que podía transmitir una imagen de debilidad del difunto soberano, por lo que prohibió su difusión y castigó su tenencia. Esta experiencia de transparencia informativa sui generis tiene, en palabras de Spence, una clara moraleja: “Puede afirmarse que los dos emperadores se equivocaron. Uno pensó que, al ventilar todos los rumores nocivos que lo implicaban, podía purgar su reputación y que, demostrando públicamente su honradez, la posterioridad veneraría su nombre. Pero su pueblo retuvo en la memoria los rumores y olvidó las refutaciones”. “El
segundo emperador –concluye Spence– pensó que al destruir el libro dejaría
descansar en paz el fantasma de su padre. Pero su pueblo pensó que, si
había decidido destruir el libro, entonces gran parte de su contenido
debía de ser cierto”.Y es que el pueblo es tremendamente suspicaz. Por
muchos cuentos chinos que le cuenten, ya sea aquí ya o la China imperial,
se aferra siempre al sabio principio de “piensa mal, y te quedarás corto”.
Y en cuanto puede, lo deja claro. |