Hemeroteca Esta semana
Nº 628 -12 de diciembre de 2004

Comentario a ‘Ojos que no ven...’ de Alberto García Ferrer

ENTRE CASTRO Y GARCÍA MÁRQUEZ"

 

El todavía convaleciente Fidel Castro ha pronunciado un discurso ante las juventudes del partido de, apenas, dos horas y media de duración. Aunque la retórica revolucionaria no ha estado ausente en algunos momentos y las palabras finales hayan reproducido las habituales consignas que deben ser coreadas y ovacionadas, la lectura atenta del texto –que transcribe en su meollo fundamental Granma– nos hace pensar más en un ejecutivo que rinde cuentas de los logros mensurables en la política de educación, sanidad o cultura, que en un líder borracho de palabras. Por supuesto, ni una referencia, tampoco he podido encontrarla en los medios oficiales cubanos, a la noticia con la que Cuba protagoniza estos días espacios en la prensa occidental: la liberación, con cuentagotas si se quiere, pero plausible, de algunos miembros de la disidencia interna injustamente condenados y encarcelados. Castro es capaz de explicar detalladamente la adquisición de televisores en color fabricados en China, por el ahorro de energía que supone su uso frente a los viejos receptores soviéticos en blanco y negro, y no comentar, ni de pasada, una decisión política de gran calado que puede afectar a sus relaciones con la UE y que no deja indiferente al vecino norteamericano. Castro lleva décadas administrando palabras y silencios con una estrategia que desconcierta, por sus resultados de permanencia en el poder, a los analistas occidentales. Sobre la Cuba de Castro es prácticamente imposible escribir desde la indiferencia. Se viaja a La Habana con el tópico instalado en el disco duro de cada ordenador mental y, a lo máximo, se incorpora a la crónica del viajero algún suceso personal, alguna conversación semiclandestina o una reflexión moralista. Es verdad que el gobierno de Cuba no da demasiadas facilidades para que el visitante, sobre todo si hace saber su condición predominante de curioso sobre la etiqueta de turista en busca de cualquier tipo de sensualidad, no sólo sexualidad, deambule por la isla en libertad y recabe información donde le plazca. De esa opacidad nacen dos modelos de crónica: la pintoresca, que conduce desde el Malecón a Varadero, del mojito a las mulatas y del daiquiri a la santería, y la militante, que transita desde el reconocimiento a los avances sanitarios y educacionales – “los niños están bien alimentados y vestidos y no se ven mendigos por la calle, como cuando estuvimos en México”–, a la denuncia escandalizada por la falta de productos de consumo habituales en la cesta de la compra de cualquier trabajador europeo, y, sobre todo, por la falta de libertad, que se hace escandalosa cuando el viajero compra un periódico o sintoniza la televisión del hotel. Todo es cierto. Y mucho más que el turista –no siempre cegado por las luces de Tropicana o el culto a Hemingway– no alcanzará a saber por mucho que lo intente. Ni para bien, ni para mal.

Hace falta una estancia prolongada en Cuba, disfrutar de la confianza inicial de las autoridades, y mantener un espíritu libre, para decantar todas las impresiones recibidas y poder ofrecer un relato suficientemente documentado de la realidad cubana. Y tener dotes de observación. Y saber contarlo. Todas esas condiciones se dan inicialmente en Alberto García Ferrer, que parece haber tenido la necesidad de transmitir por escrito la experiencia excepcional de sus mil seiscientos cincuenta y nueve días al frente de la Escuela de Cine de Cuba, esa ya mítica institución creada por Gabriel García Márquez en San Antonio de los Baños. García Ferrer es un hispano-argentino, especialista en cooperación cultural iberoamericana, profundo conocedor del  cine, hombre de izquierdas... y amigo de García Márquez. Una de las cualidades de este libro –defecto para críticos rigurosos– es que está construido sobre la memoria y sin el contraste de documentos ni fuentes terceras. Una cita a tiempo, como la confesión de Peter Brook de que “a medida que voy escribiendo, no siento obligación alguna de contar toda la verdad”, sirve al autor para advertir al lector, desde la primera página, de lo que va a conocer es un mundo de impresiones personales en las que la literatura y el poder evocador de las imágenes se imponen al rigor de la agenda o del diario minuciosamente anotado. La reflexión de García Ferrer sobre su propia actitud es útil, como guía pedagógica, para cualquiera que experimente la tentación memorialista: “Las ideas, el olfato, el tacto, los colores, la luz, los sonidos, las palabras convocan la memoria y otorgan el sentido. Afectos antiguos empañan la memoria y se sobreimprimen sobre deslealtades y simulaciones...”. De afectos y deslealtades se habla abundantemente aquí. Pero cuesta identificar las personalidades mencionadas, no porque exista una voluntad consciente de protegerlas, sino porque el narrador habla más de arquetipos –los burócratas que se manejan con habilidad en ambientes conspirativos o sometidos a la necesidad vital de la corrupción, por ejemplo– que de personajes concretos a los que desnudar para la pequeña historia. El riesgo, sin embargo, es que un lector medianamente informado complete por su cuenta, y expuesto al error, el dato oculto. Lo sustancial, no obstante,  es la trama argumental: el esfuerzo por modernizar y abrir al máximo pluralismo posible un centro de enseñanza en técnicas y artes audiovisuales que ha alcanzado ya un puesto de privilegio en el contexto internacional. García Ferrer nos cuenta, a veces de forma desordenada y espasmódica, su política de convenios con cualquier tipo de organismos internacionales que pudieran contribuir con sus recursos económicos o profesionales a dotar  de mejores medios a una Escuela cuyo prestigio estaba cimentado en el relieve artístico de algunos profesores y el talento de muchos de sus alumnos, pero que tropezaba con enormes dificultades para pasar el formato de 35mm. o incorporar los primeros rudimentos de la digitalización. Una Escuela de Cine que debía piratear películas de los canales estadounidenses –práctica común, por otra parte, a muchas salas de exhibición cubanas– para incrementar su filmoteca, y donde un profesor tenía que ejercerse en el pedaleo para producir la mínima electricidad precisa para mantener encendido un vídeo mientras La Habana quedaba a oscuras por uno de los frecuentes cortes de luz. A esa Escuela han acudido, en ocasiones, sorteando el feroz embargo de los Estados Unidos, figuras como Coppola o Robert Redford a las que Washington exigía, y a la Escuela correspondía demostrarlo, no haber gastado ni un solo dólar durante su estancia en la isla. La política marca buena parte de este relato. La sombra de Fidel Castro, impulsor del centro hasta en detalles como la ubicación y dimensiones de su piscina, se proyecta constantemente hasta en la brillante metáfora de unas pisadas que creen oír todos los residentes en una habitación sobre la cual, una noche, el comandante paseó en charla interminable con el premio Nobel. Animo al lector español a descubrir por sí mismo la huella de los numerosos realizadores de nuestro país que han transitado por esas aulas y la influencia determinante de gestores como Teddy Bautista, o Pilar Miró en su etapa de responsable política, para que pudieran llevarse a cabo algunos proyectos. Los más interesados en conocer la experiencia de planificación de la enseñanza cinematográfica y los fundamentos teóricos que alentaron los casi cuatro años de dirección de la Escuela a cargo de García Ferrer, hallarán en este libro abundantes sugerencias para un debate. Quienes acudan a él motivados por la curiosidad sobre los condicionantes políticos que marcan la actividad de los creadores en un sistema tan cerrado como el cubano, podrán conocer la anécdota de un ministro de Cultura especialista en contar chistes “antirrevolucionarios”, para espanto de algún izquierdista de salón, o el testimonio del propio García Ferrer: “Durante mis años de gestión de la Escuela nunca nadie me sugirió, señaló, objetó o censuró alguno de mis actos. Ningún alto cargo del gobierno, o del partido... Trabajé con entera libertad”. Sospecho el gesto de ironía en algunos al leer estas afirmaciones que cobran mayor valor de autenticidad al enmarcarlas en el contexto de la narración. Sospecho la mueca irónica y espero, con mayor certeza, las descalificaciones que va a recibir Alberto García Ferrer. Sobre todo, después de haber leído en una reciente publicación de la Unión Liberal Cubana que Benito Zambrano, el director de Solas, no pasa de ser un “mercenario castrista” y “un pancartero” con veleidades terroristas, al que no parece perdonársele que se manifestara contra la guerra de Iraq, ni mucho menos que hubiera cursado sus estudios de realización en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. García Ferrer conoce bien Cuba y comparte la idea, común a quienes le admiran o le odian, de que la personalidad de Fidel Castro marca el destino de la isla en paralelo a su proyecto vital. ¿ Y luego? Anoten esta idea: “ Los jóvenes tiburones, ¿son realmente garantía de continuidad de la revolución? O son en realidad un puñado de disciplinados y ambiciosos brokers que pueden romper, sin dolor, cualquier vínculo imaginario con la revolución del59”. Faltan los signos de interrogación en la segunda frase de la disyuntiva. No creo que se trate de una errata. Más bien parece que García Ferrer conoció demasiados tiburones durante mil seiscientos cincuenta y nueve días. Pero, “ojos que no ven...”

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