Hemeroteca Esta semana
Nº 626 - 29 de noviembre de 2004

‘El fin del petróleo’, de Paul Roberts

EL APAGÓN

 

La opinión pública es un ente difuso al que parece posible manejar con cierta soltura desde muy variadas instancias de los poderes políticos, económicos o morales, siempre que se cuente con la complicidad activa o pasiva del otro gran poder de nuestro tiempo, que es el de la comunicación. La opinión pública se sosiega o se atormenta cíclicamente ante catástrofes reales, las muy numerosas que se soportan en distintas latitudes, pero también ante apocalipsis imaginarios correspondientes a inescrutables designios divinos o potencialidades de destrucción incontrolada en manos de los hombres. Algunas generaciones han crecido con la angustia de vivir un final de civilización cuya fecha de cierre quedaba al arbitrio de los máximos dirigentes de las dos superpotencias de la guerra fría. La posibilidad técnica de que eso ocurra sigue existiendo a pesar de los tratados internacionales pero nadie siente, hoy, esa amenaza como real, por mucho que se reiteren  los mensajes alarmistas de la Casa Blanca referidos a la acción terrorista: ese miedo no cotiza en los medios de comunicación. Periódicamente, la angustia se traslada al territorio de la catástrofe ecológica. Es de suponer que la amenaza no desaparece de un día para otro, pero los habitantes del planeta nos tomamos un respiro de vez en cuando: en los espacios temporales en los que deja de estar de moda, por ejemplo, hablar del agujero de ozono. Conozco una persona muy sensata, con residencia envidiable en primera línea de playa, que ha puesto en venta su casa ante la noticia de que el mar invadirá irremisiblemente su jardín a impulsos del deshielo polar. Ninguno de estos problemas ambientales pueden ser tomados a broma, y los síntomas de degradación del medio son lamentablemente reales. Como la propia muerte individual, por otra parte. Pero así como vivimos lo cotidiano sin que nuestras pasiones y ambiciones personales estén absolutamente determinadas por la incógnita de la fecha de caducidad de la existencia, así sobrevivimos y convivimos con los anuncios de las catástrofes colectivas. Hasta que, en una extraña conjunción entre sabios, políticos –economistas en ocasiones– y periodistas, una amenaza concreta se visualiza y protagoniza el debate social. En estas fechas, la crisis energética ha desplazado otras inquietudes y henos aquí abocados a un futuro de desolación con herramientas de transporte oxidadas e inmóviles, hogares alumbrados al modo del siglo XVIII, y la hambruna extendiéndose desde los territorios en los que es endémica hasta los opulentos paraísos del consumo. El cine nos ha ofrecido ya algunas muestras de la épica casada con la ciencia-ficción en esas situaciones límite. Espero que con menor fortuna adivinatoria que aquella con la que Mèlies reflejó el sueño lunar de Julio Verne.

Este largo preámbulo es, apenas, un desahogo existencial, algo así como un tranquilizante previo a la lectura, que recomiendo, de un apasionante trabajo del periodista norteamericano Paul Roberts. Tanto el título del libro, El fin del petróleo, como la ilustración de la portada, un surtidor de gasolina herrumbroso y abandonado, conducen a una precipitada interpretación de la tesis del autor. Y, sin embargo, no estamos ante una profecía apocalíptica, sino ante la exhibición ordenada de un ejercicio de investigación en el que, junto a los datos ciertos, suministrados por Estados y organismos internacionales, que alertan razonablemente del fin de unas reservas petrolíferas cuya explotación viable puede concluir en un período que oscila entre el cálculo pesimista de 2005 y el optimista –también el del gobierno norteamericano– que dilata la fatalidad hasta 2035, se apuntan soluciones de ahorro y alternativas energéticas contrastadas.

Muchos españoles hemos experimentado ya algo que Paul Roberts señala como prueba de la oportunidad de afrontar el reto de diseñar una nueva economía energética: los apagones eléctricos y la subida del precio de las gasolinas. Pues bien, los pronósticos del consumo para 2020 no permiten confiar en que caminemos hacia un futuro mejor, sino a una precarización de los servicios que recibimos y a una elevación insoportable del precio que pagamos si no se adoptan políticas enérgicas y valientes que no pueden dejar las manos libres a quienes actualmente controlan el mercado y miman la rentabilidad de sus inversiones a corto plazo. “En 2020 el planeta necesitará más del doble de la energía que utiliza ahora. La demanda del petróleo se disparará desde los 77 millones de barriles diarios actuales hasta 140 millones. El uso de gas natural se incrementará un 75%, y el de carbón, casi un 40%. La demanda será especialmente grande en economías emergentes, como las de China y la India, cuyos líderes ven en un consumo voraz de energía la clave del éxito industrial”. Todos los datos que maneja Roberts aparecen suficientemente avalados por notas documentales en las páginas finales del libro, aunque el lector no siente la necesidad de acudir a ellas ni se ve interrumpido en su lectura, que se hace fácil gracias el estilo propio de los buenos periodistas anglosajones. Otro ejemplo de forma y de fondo: “El auge actual en la tecnología y la información ha hecho de la electricidad el segmento de crecimiento más rápido del mercado energético, y un recurso crucial para las economías emergentes. En 2020, la demanda de electricidad podría ser un 70% mayor que la actual. No obstante, puesto que la mayor parte de la energía eléctrica se genera en centrales alimentadas con gas y carbón, producir toda esa nueva electricidad supondrá  ejercer una mayor presión sobre la economía energética de hidrocarburos. Al mismo tiempo, mover toda esa nueva carga eléctrica saturará por completo la infraestructura eléctrica existente, desde centrales y líneas de transmisión hasta la emergente y problemática red de suministradores de energía. El gran apagón de 2003 y la crisis eléctrica californiana (debida tanto a especuladores de energía deshonestos como Enron como a la escasez de centrales eléctricas) son sólo los ejemplos más pintorescos de lo que podemos esperar presenciar a medida que la necesidad de electricidad siga dejando atrás el suministro”. Si el autor hubiera sido español tendría a su disposición ejemplos más próximos con referencias a Unión Fenosa o Endesa, por citar los últimos graves fallos de suministro que han afectado a más de un millón de miles de usuarios en Cataluña, Madrid y Andalucía. El sistema se resquebraja y es urgente acomodar, cuando aún es posible no actuar traumáticamente, el juego de oferta y demanda antes de que salte por los aires. Porque, como recuerda el autor, los cambios de modelo energético a lo largo de la historia han ido acompañados por fuertes convulsiones sociales y han estado en el origen de muchas guerras. No hace falta, por obvio, incidir en la vigente crisis bélica de Iraq o en la latente tensión que afecta a Irán en su relación con los Estados Unidos.

Este libro –debo insistir en ello– no conduce a la desesperación aunque no deje de mencionar ninguno de los graves riesgos que, como el efecto invernadero, está corriendo la Tierra. El autor mantiene el optimismo basándose en las experiencias en curso de utilización de otras fuentes energéticas distintas que el petróleo. Todavía quedan amplísimos yacimientos de gas natural, aunque la lucha por asegurarse ese recurso va a determinar unos impredecibles enfrentamientos en Asia –una pugna muy clara es la ya existente entre China y Japón– y la energía eólica debe considerarse ya como algo más que un complemento pintoresco en el paisaje: “Gracias a la subida vertiginosa de las cifras de producción, los costes unitarios están bajando tan deprisa que se prevé que la electricidad generada por el viento sea competitiva en coste con cualquier otra fuente energética, salvo la hidráulica, sin subvenciones gubernamentales, en 2008”. Por descontado, Paul Roberts dedica un extenso capítulo, titulado muy expresivamente El futuro es brillante, a la reciente historia de la investigación sobre el uso del hidrógeno como alternativa energética. Luces y sombras se suceden en la narración de un proceso que, al menos industrialmente, cuenta con menos de un quinquenio de vida y que, muy pronto, provocó una grave crisis financiera en los emprendedores como Geoffrey Ballard (de Ballard-Daimler) que  apostaron por las posibilidades  de unas pilas de combustible automotriz ante las que los principales fabricantes de automóviles reaccionaron con ferocidad indisimulada. Así, después de algunos años en los que las principales empresas del sector parecían empeñadas en participar en la carrera del hidrógeno, en 2001 la burbuja estalló. Las causas están perfectamente explicadas por Paul Roberts y tienen mucho que ver con las cuentas de resultados. Las pilas pueden ser una solución, también para reducir los riesgos de contaminación, pero hoy siguen siendo un campo para la experimentación. Mientras tanto, los norteamericanos, los que más ensucian la atmósfera y los que no quieren saber nada de Kioto, compran cada vez más automóviles todoterreno que consumen hasta 50 litros de gasolina por cien kilómetros. Y los españoles, que pagamos la cuenta del petróleo mucho más cara, ampliamos esa flota para ir a recoger los niños al colegio. Qué impresionantes pueden ser nuestros futuros cementerios de coches…

Hemeroteca Esta semana