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| Nº 625 - 21 de noviembre de 2004 |
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‘Moteros tranquilos, toros salvajes’ y ‘Cassavetes por Cassavetes’ HOLLYWOOD NUNCA FUELO QUE ERA
Entre las muchas escenas memorables con que Robert Graves recreó la Roma del emperador Claudio, hay una en la que bromea con el popular espejismo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. A punto de iniciar un discurso, el orador griego Aristarco muestra su admiración por la voz del sirviente que le acaba de presentar ante el auditorio. Este le explica que ha sido actor, por lo que el orador pregunta: “¿Estás de descanso?”. El sirviente responde en tono de lamento: “No, lo he abandonado. Todo el mundo se cree actor en Roma, y no hay trabajo para todos”. Y concluye: “El teatro ya no es lo que era”. A lo que el griego añade: “No, y te diré algo más: el teatro nunca fue lo que era”. Algo parecido le ocurre a ese gran teatro de las vanidades que es Hollywood: nunca fue lo que era, aunque hubo un momento mágico en que pareció serlo. Ocurrió en la década de los setenta del pasado siglo y nos lo cuenta el periodista Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood (Anagrama, 2004). Una joven generación de directores tuvo más poder y control sobre sus obras del que nunca llegaron a tener nombres legendarios como John Ford o Howard Hawks quienes, como dice Biskind, por muy bien pagados que estuvieran “se consideraban a sí mismos meros asalariados para fabricar entretenimiento, narradores de historias que rehuían el estilo afectado para que no interfiriese en el negocio”. Aquel vendaval de talento tuvo su origen en que, como explica Steven Spielberg, “se levantó por primera vez una especie de restricción a la edad; a la gente joven se le dejó pasar, con toda su ingenuidad y su sabiduría y con todos los privilegios de la juventud. Fue una avalancha de grandes y nuevas ideas, y por eso fue una época crucial”. Spielberg sabía muy bien de que hablaba pues dirigió sus primeras películas con poco más de veinte años. Pero el autor y productor de inolvidables obras de entretenimiento se muestra un tanto injusto con Biskind, a quien trata de ningunear diciendo que “él no fue un motero tranquilo, no fue un toro salvaje, no creció con nosotros, simplemente cuenta en su libro cosas sobre nosotros”. Acostumbrado a dirigir actores que suelen cumplir disciplinadamente lo que ordena el director y adulado por una prensa al servicio de los grandes estudios, a Spielberg le cuesta digerir que algunos periodistas no actúen al dictado y publiquen sus libros sin haber solicitado el imprimatur de las grandes estrellas. Biskind hace un trabajo esencialmente riguroso en el que recuerda que “los directores del «Nuevo Hollywood» no tuvieron el menor reparo en ponerse el manto del artista, ni evitaron desarrollar un estilo personal que distinguiera su obra de la de otros directores”. Lo hicieron, además, expresando un respeto reverencial por los grandes artesanos del pasado y manteniendo un exquisito equilibrio entre arte e industria. En una primera camada incluye nombres como los de Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick, Dennis Hopper, Mike Nichols, Woody Allen o Robert Altman, y en una segunda los de Martin Scorsese, George Lucas, Brian De Palma o el propio Steven Spielberg. En apenas una década produjeron títulos legendarios como Easy Rider, El Padrino, Apocalypse Now, Taxi Driver, Toro salvaje y un largo etcétera. Aportaron no sólo una nueva forma de abordar las relaciones con la industria y una renovación de temas, sino que además incorporaron a la galaxia un largo elenco de nuevas estrellas como Jack Nicholson, Robert de Niro, Dustin Hoffman, Al Pacino, Gene Hackman, Robert Duvall, Harvey Keitel, Jane Fonda, Faye Dunaway o Diane Keaton. Pero lejos de lo que pudiera hacer creer la renovación de temas –intimistas, de preocupación por problemas sociales, etc.–, ni actores ni directores traicionaron la sagrada tradición hollywoodense del ego desbordante y de la extravagancia. Algunos, como Denis Hopper, rivalizaron en méritos hasta con la mismísima Zsa Zsa Gabor, aunque sin la gracia y la inteligencia de ésta. El libro de Biskind está repleto de anécdotas; algunas, es cierto, de dudosa verosimilitud, lo que no le resta ningún mérito. Porque, ¿desde cuando una anécdota tiene que ser cierta? Y menos aún tratándose de Hollywood, el paraíso de las imposturas. Citaré una de cuya veracidad no hay por qué dudar, relacionada con Apocalypse Now, una de las películas más emblemáticas de ese “Nuevo Hollywood”: basada, como se sabe, en una libérrima versión de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, Francis Coppola intentó hacerla con actores como Steve McQueen, Al Pacino, Jack Nicholson y Robert Redford, pero ninguno quiso pasarse varios meses en la jungla. La respuesta que Pacino le dio a Coppola, con quien había triunfado en El padrino, fue muy elocuente: “Ya sé lo que pasará. Tú arriba, en un helicóptero, diciéndome lo que tengo que hacer, y yo abajo, en una ciénaga, cinco meses seguidos”. Entre los autores que intentaron hacer de Hollywood lo que nunca pudo ser está John Cassavetes, considerado como el padre del cine independiente norteamericano. Para Cassavetes, el arte siempre estuvo por encima del negocio. Ray Carney ha elaborado un documentado libro (Cassavetes por Cassavetes. Anagrama, 2004) que podríamos considerar como la autobigrafía que Cassavetes nunca llegó a escribir pero de la que podemos disfrutar gracias a un minucioso trabajo de reconstrucción de materiales. Carney ha ordenado y editado conversaciones personales y telefónicas con Cassavetes y con muchos de sus amigos más cercanos, declaraciones del director a otras personas, entrevistas, memorias escritas, etc.”. Cassavetes murió de cirrosis en 1989, con 59 años, y ha sido fundamentalmente recordado por sus trabajos como actor con papeles protagonistas en films como La semilla del diablo o Doce del patíbulo. Lo que ganó actuando lo invirtió en dirigir un cine de ideas, muy personal y muy arriesgado, sin preocuparse de si era o no viable económicamente. Porque Cassavetes, nos explica Carney, nunca creyó que el valor de la obra de un artista pudiera medirse en términos económicos. “Llevo veinticinco años haciendo películas –dijo en cierta ocasión– y ninguna de ellas ha hecho de verdad mucho dinero. Pero no hay nadie en el mundo que pueda decirme que no conseguimos lo que queríamos. Y ese es el sentimiento más grande que he tenido en mi vida”. A mediados de los ochenta, Sony le ofreció una importante suma para comercializar sus películas en vídeo. Cuando Carney le preguntó por qué rechazó la oferta, Cassavetes respondió con contundencia: “¿Tu piensas que yo quiero ser popular? ¿Crees que quiero que mis películas circulen en vídeo? ¿Que quiero que millones de personas vean mis películas? ¿Por qué razón querría yo eso?”. El cine era para este autor un método de búsqueda de sí mismo y de las personas que lo rodeaban. Carney explica que “hacer una película era una manera de formular preguntas profundas y sagaces acerca del mundo en el que vivía, y de pedirles a los demás que cuestionaran y explorasen sus propias experiencias”. Pero Hollywood no estaba –ni está– para filosofías tan profundas y la carrera de Cassavetes fue una batalla constante con productores, distribuidores, critica y público que lo que buscaban era entretenimiento mondo y lirondo en el más puro estilo de la casa. Según su criterio, había que “tomar conciencia de que hay distintas maneras de hacer cine y diferentes aproximaciones, y que eso depende de lo que tú eres”. En uno de los textos que recoge este libro afirma estar perdido por la vida: “No sé nada de la vida. Cuando hago una película ni siquiera comprendo por qué la hago. Lo único que sé es que allí hay algo. Más tarde, y gracias a las opiniones de los demás, todos llegamos a saber de qué se trata”. Del cine no le importaba si las películas eran buenas o una porquería. “Yo amo, de entrada –decía–, a cualquiera que sea capaz de hacer una película, pero me dan pena los que no ponen en sus películas ninguna idea”. John
Cassavetes dejó un humilde testimonio al decir que “la influencia de mi
obra se nota en un puñado de anuncios para televisión”. No era falsa modestia.
La prueba está en que los productos que salen hoy en día de la gran factoría
de los sueños apenas se distinguen, salvo por el metraje, de los cientos
de miles de anuncios publicitarios que colapsan las pantallas televisivas.
Para ser justos, habría que reconocer que algunos de esos anuncios son
bastante mejores que muchas de las películas más laureadas con los óscares
de la academia. Hollywood no es hoy más que una industria de entretenimiento
simplón y ramplón, con poco arte y muchos efectos especiales. Ya no es
lo que era y, probablemente, nunca lo fue. Visto con perspectiva, el cambio
no fue más que un espejismo. |