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| Nº 624 - 15 8de noviembre de 2004 |
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"Envenenados de cuerpo y alma". La oposición universitaria al franquismo en Madrid (1930-1970), de José Álvarez Cobelas REBELDES CON CAUSA
Debo una advertencia previa a los lectores: el libro que someto hoy a su consideración no tiene la intención de resultar ameno ni de encender pasiones. Está escrito con la finalidad inicial de presentarse como tesis doctoral y, a pesar del trabajo posterior para convertirlo en una obra más reducida y asequible, se nota la legitimidad de origen. No puede soslayarse la lectura del prólogo, firmado por el catedrático de la Autónoma de Madrid Manuel Pérez Ledesma, director de la tesis, porque ayuda al entendimiento global de los movimientos sociales y políticos registrados en el mundo universitario durante treinta años de dictadura que el autor relata con tanta minuciosidad y lujo de cita documentales que, en ocasiones, puede producir fatiga. Libro para ir desentrañando paso a paso, capítulo a capítulo, y si es posible, con un bloc de notas al lado. Otro consejo: en las páginas finales existe un imprescindible glosario de siglas –más de un centenar– al que es preciso acudir con cierta frecuencia para no perder el hilo de la narración. Supongo, claro, que este consejo no resultará excesivamente útil a aquellos que participaron en actividades de la resistencia estudiantil pero, dado el tiempo transcurrido y la transformación incesante, incluso en la nomenclatura, de los grupos sindicales y políticos en liza, así como la imposibilidad real de haber permanecido en la universidad durante tres décadas, resulta escasamente probable que se retengan tantos datos. Lo he comprobado en una encuesta rápida, sin valor estadístico, pero suficientemente orientativa, entre universitarios de aquellas generaciones. Los de hoy, incluso aquellos que desmienten con sus actos de protesta el tópico de la indiferencia política en la juventud, destinatarios deseables de este trabajo para que sientan la democracia como un valor que se conquista y se mantiene, apenas aciertan a reconocer una decena de las siglas reseñadas, más o menos las que aún conservan alguna vigencia: PCE, PSOE, CCOO, FET, LOU, FMI, ACNP... Afortunadamente, no saben qué fuera el TOP ni dónde estaba la DGS. Algunos de mis amigos se van a llevar un disgusto, pero los universitarios de ahora no traducen correctamente ni FLP ni ASU. Parece que ha tenido cierta fortuna el intento de borrar la memoria: una especie de Alzheimer provocado en el cuerpo social ha ido diluyendo el recuerdo de lo que todavía es demasiado próximo –peligrosamente próximo– y perfilando con esmero la recomposición de un pasado que vuelve a conducirnos a las glorias del Siglo de Oro. Parece que cierto grado de éxito está acompañando el intento de recomponer la historia, o reconducirla, hacia una lectura –que se consideró superada– basada en los rasgos individuales de caudillos, generales, monarcas y políticos, retratos de figuras en primer plano sobre un fondo en el que cuesta reconocer a sus pueblos. Parece, sin embargo, que la maniobra no ha sido diseñada con tanta sutileza como para evitar que surja la alarma. Por eso hay que agradecer que se editen libros como el de Álvarez Cobelas, capaz de trabajar con los materiales fragmentados, en ocasiones difícilmente reconocibles, de una realidad tan compleja como el proceso de lucha y represión en las aulas madrileñas, que produjo más víctimas que héroes, pero que, con la perspectiva de los años transcurridos, permite identificar biografías a ambos lados de las trincheras. Dejan su huella en el libro, siempre en referencia a su participación en actuaciones colectivas, profesores como Tierno, Aranguren, Laín, García Calvo, Fraga, Botella Llusiá, Ollero, Garagorri, Castañeda, Carlos París, Peces-Barba, Díez del Corral, Luis de Sosa o García de Vercher, entre muchos otros. Dirigentes estudiantiles como Pastor, Múgica, Tamames, Pradera, Carlos Romero, Álvaro Gil-Robles, López Campillo, José María Maravall, Ángel de Lucas, Sahuquillo, Mohedano, Sartorius, Zayas o Sánchez Dragó, en una cita incompleta. Muchos de esos nombres pertenecen hoy a nuestro imaginario cultural y político. Algunos han evolucionado desde planteamientos muy radicales a posiciones más moderadas. Como los propios partidos políticos en los que la mayoría terminaron integrándose, definitiva o transitoriamente. Álvarez Cobelas se ha entrevistado personalmente con muchos de ellos y ha trabajado también, en busca de documentación de primera lectura, en archivos personales y en los periódicos legales o clandestinos de la época. En muy escasas ocasiones se permite alguna valoración subjetiva. La fuerza de los documentos aportados, así como la posibilidad de que el lector encuentre la vía de acceso a cada dato u opinión aportados, transmite, sin embargo, la sensación de que disponemos de material sobrado para establecer el propio juicio. Y si no se prodiga el adjetivo, de igual forma se prescinde de la retórica. Tal vez por eso, resulta más sorprendente el hallazgo de alguna perla que no me resisto a reproducir. Tras extenderse en una relación sistematizada, con economía de palabras, sobre las causas o motivaciones de los acontecimientos de 1956, que junto al periodo convulsivo que condujo al Estado de Excepción en 1969, fue uno de los momentos más críticos del Régimen en relación con la Universidad, Álvarez Cobelas concluye: “En último extremo, cuando Franco cesó a sus ministros fue por ser incompetentes e irresponsables, pues la situación se les había ido de las manos, y porque no controlaron a sus subordinados que estaban enzarzados en querellas internas. Tenía razón”. Una buena parte de esas querellas internas, que van dejando su huella en los distintos planes de estudio y de organización en la Universidad, las protagonizan los representantes de la Falange y los de los sectores conservadores católicos, sucesivamente los vinculados a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y los miembros o simpatizantes del Opus Dei, que terminaron apropiándose de la política educativa del franquismo y dirigiendo la investigación en el CSIC con cerrazón integrista, entre otras razones porque los falangistas, más preocupados por el control de las organizaciones sindicales de estudiantes a través del SEU, nunca presentaron una alternativa global de sistema educativo. El nacionalcatolicismo forjaba en la educación secundaria el pensamiento que pretendía trasladar a la Universidad, y el que reclamaba al profesorado de nuevo cuño. José Álvarez Cobelas recoge las palabras con las que Enríquez de Salamanca, presidente de un Tribunal de oposiciones a cátedra, saluda a tres nuevos profesores: “Día de gozo hoy para la Universidad española. Estos tres nuevos catedráticos, más que eminentes histólogos y anatomopatólogos, son grandes católicos y grandes españoles ”. Si el autor no estima necesario hacer ningún comentario, yo tampoco. Aunque no sea el principal objetivo del libro, lo cierto es que en sus páginas encontramos una descripción suficiente de los distintos proyectos llevados a cabo por los ministros que se fueron sucediendo en esa responsabilidad a las órdenes de Franco, en una evolución que lleva desde la concepción elitista de la Universidad, con acceso restringido a unos pocos privilegiados, a la necesidad de abrir las puertas a los hijos de la clase media y fomentar las carreras técnicas por la demanda del desarrollismo tecnocrático. Apunta también el autor una interesante vía de investigación sobre los sucesivos orígenes familiares, económicos e ideológicos de las distintas generaciones de estudiantes, así como sobre el comportamiento represivo de jueces y policías con los universitarios rebeldes al sistema, en función de su vinculación a familias con pedigrí franquista, y en todo caso, salvo sucesos tan trágicos como la muerte de Enrique Ruano, con menor saña que la ejercida contra dirigentes políticos o de sindicatos obreros. Durante
algunos años la protesta universitaria tuvo como argumento la reivindicación
por la representatividad estudiantil o el rechazo a determinadas disposiciones
que afectaban el régimen de exámenes o las salidas profesionales, por
ejemplo la huelga en Políticas a causa de una disposición que favorecía
a los estudiantes de Comercio, pero la dureza de la represión terminó
por hacer insoportable el propio sistema y se acentuó la influencia de
grupos ideologizados, próximos a los partidos políticos ilegales existentes
(comunistas, socialistas, troskistas, maoístas, incluso falangistas disidentes,
etc.), o movimientos integradores, como el Frente de Liberación Popular,
al que, por cierto, creo poder asegurar que nunca el autor cita como el
“felipe”. Buena parte del libro la ocupa la descripción de los procesos
de creación, disgregación, coordinación y hasta enfrentamientos, de los
distintos grupos que alentaron la oposición al franquismo en la Universidad,
en paralelo a los sucesivos intentos gubernamentales de responder con
reformas insatisfactorias a las demandas de participación estudiantil,
hasta llegar a la desaparición del SEU y su sustitución por unas asociaciones
que nacieron muertas. La Universidad terminó asumiendo las reivindicaciones
democráticas comunes a toda la oposición y escapó, a partir de finales
de la década de los sesenta, a la disciplina gubernamental. Los intelectuales,
y los artistas como Raimon, Pí de la Serra, Llach o Serrat, se suman –y
así lo recoge el autor– a la marea que invade el campus. Todo esto se
cuenta sin grandilocuencia y con absoluto rigor en Envenenados de cuerpo
y alma, que fue el diagnóstico que aplicó a la salud de los universitarios,
en un discurso ante las Cortes, el almirante Carrero Banco. Era 1969 y
los universitarios estaban en plena fase de desintoxicación. |