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| Nº 623 - 8de noviembre de 2004 |
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CAMUS Y LOS JUSTOS El recuerdo del compromiso político de los intelectuales que ha acabado imponiéndose es el que representó Jean Paul Sartre, un escritor que tuvo la inexplicable habilidad de escoger el lado equivocado en cada una de las grandes controversias que enfrentó el siglo XX. Forzado a elegir entre la claudicación de Vichy y la Resistencia, escogió de manera confusa lo primero. De igual manera, terminada la guerra y puesto ante el desgarro del enfrentamiento de Stalin con las antiguas potencias aliadas, se inclinó por la lógica maniquea del blanco y negro, del conmigo o contra mí, defendiendo las atrocidades soviéticas con el único argumento de no dar razón alguna al adversario. Y otro tanto ocurriría con la independencia de Argelia, por la que apostó con toda la fuerza de abstracción de que era capaz su pensamiento, pasando por alto que tener la razón no justifica hacerla valer a través de cualquier método. Frente a Sartre, sin embargo, se fue alzando poco a poco la figura de Albert Camus, otra versión del compromiso que, a diferencia del autor de La náusea, tuvo la habilidad exactamente opuesta: la de escoger el lado acertado en cada una de las controversias del siglo XX. Durante los años de oposición al nazismo, Camus se comprometió con el periódico clandestino Combat, del que llegaría a ser el principal editorialista. Advertida la deriva criminal del estalinismo, Camus fue uno de los primeros intelectuales de izquierda en distanciarse y criticarla, rompiendo la disciplina impuesta por el sectarismo alentado entre otros por Sartre. Con motivo de la independencia de Argelia, en fin, Camus aboga por un acuerdo que evite el derramamiento de sangre, sin aceptar tampoco que, como ha recordado recientemente Jean Daniel, se claudicase ante los métodos terroristas del Frente de Liberación Nacional. “Entre la justicia y mi madre –llegó a sostener en una intervención pública que se haría célebre– prefiero a mi madre”. A lo largo de los años se pensó que ésta era una de las pocas boutades que se había permitido Camus hablando de cuestiones que, como la guerra de Argelia, consideraba como auténticas encrucijadas morales. La publicación póstuma del manuscrito de El primer hombre, puso en evidencia que Camus no bromeaba ni se salía por la tangente: la madre a la que se refería esa frase era, en efecto, la suya, una mujer que había perdido a su marido durante la primera guerra mundial y que había debido salir adelante en Argelia con un hijo de corta edad. Camus no se burlaba de los grandes ideales, sino que rechazaba que se sacrificasen a ellos seres de carne y hueso. La publicación póstuma del manuscrito inacabado de El primer hombre supuso, en efecto, el inicio de la definitiva rehabilitación de Camus. La belleza literaria del texto contribuyó a singularizar a su autor dentro del grupo de intelectuales franceses de posguerra que pasarían del existencialismo hacia posiciones de abierto combate político. En la novela pueden encontrarse algunas de las escenas más estremecedoras de la literatura del siglo XX, como la llegada en carreta de una pareja de jóvenes colonos a Modovi, con un hijo recién nacido al que intentan proteger del aguacero. Pero, sobre todo, la escena en la que ese niño, ya en la cuarentena, se acerca al cementerio en el que yace su padre, muerto en las trincheras durante la gran guerra y del que apenas guarda recuerdo alguno; si acaso una vaga sensación de autoridad nunca ejercida por su temprana movilización militar y el consiguiente abandono de la familia. Al llegar ante la tumba, el adulto conmovido comprueba que la figura con la que había convivido se le viene abajo al advertir la fecha que figura sobre la lápida: el soldado que había sido su padre tenía veintinueve años en el momento de morir, muchos menos de los que tenía el adulto que le colocaba flores por primera vez en su vida. La idea de que Camus se había agotado como escritor tras la publicación de El extranjero y La peste quedó en entredicho con El primer hombre, y no sólo porque en este texto inacabado se adivinasen sus formidables posibilidades aún por desarrollar. Antes por el contrario, lo que El primer hombre ofreció fue la posibilidad de acercarse a sus obras anteriores, a las menos apreciadas y comprendidas, desde una perspectiva diferente, en la que el lector disponía del contexto íntimo de sus ideas y preocupaciones. En cada uno de sus nuevos escritos, tanto filosóficos como literarios, Camus iba asentando la convicción de que la vida humana está por encima de cualquier proyecto político, y de que la indagación intelectual no consiste muchas veces más que en identificar y desactivar los discursos con los que se trata de sortear ese inexorable orden de valores. Sacrificar la vida por una idea, ¿es legítimo? Y, sobre todo, ¿es legítimo sacrificar la vida de otros? Incluidas dentro de una reflexión unitaria, o tratadas como elementos aislados, estas preguntas serán el eje en torno al que discurre la práctica totalidad de la obra de Camus. Es lo que sucede con Los justos, una pieza teatro estrenada en diciembre de 1949 en el teatro Hébertot. En el principal papel femenino, el de Dora Doulebov, actuaba María Casares, hija del antiguo jefe de Gobierno de la República española bajo la presidencia de Azaña. Considerada durante mucho tiempo como una obra menor en el conjunto de la producción literaria de Camus, se le criticaba su excesivo conceptualismo, su envarada fidelidad a la exposición de una tesis, al igual que sucedería con Estado de sitio. Camus reproduce en Los justos un episodio verídico en la Rusia zarista de 1905, en la que un grupo de socialistas revolucionarios llevan a cabo un atentado contra el tío del zar, el conde Sergei, creyendo contribuir con ello a la derrota de la tiranía. Los actos reproducen las jornadas previas al asesinato y las reacciones del comando una vez alcanzado su objetivo. Desde los primeros parlamentos, Camus va trazando dos perfiles distintos entre quienes se muestran partidarios del asesinato. El de quienes actúan como reacción a su propia experiencia personal –detención y tortura en las cárceles zaristas, muerte de correligionarios, represión brutal e indiscriminada– y quienes lo hacen con el propósito de liberar al pueblo ruso de la tiranía, de franquear el paso a una vida mejor a través de un crimen. La frontera entre ambos queda establecida cuando, antes del primer intento de arrojar la bomba contra el conde, los terroristas hablan de la proximidad física de la víctima, incluso de su mirada, como uno de los principales obstáculos para perpetrar el crimen. A continuación, Camus pone en escena uno de los episodios más famosos de la obra: la renuncia de los terroristas a asesinar al conde por el hecho de ir acompañado por unos niños, que podrían resultar muertos. Stepan, el revolucionario por venganza, no aprueba la decisión de Kaliayev, el revolucionario por amor al pueblo ruso. Para el primero, el programa político de la revolución está por encima de los sufrimientos que provoca; para el segundo, en cambio, la revolución acabará despertando el odio si no respeta la vida de los inocentes. Este rumbo del razonamiento se prolongará después de la muerte del conde Sergei y Kaliayev sea detenido. La capacidad de Camus para captar los matices alcanza su plenitud cuando coloca al asesino frente a la viuda del asesinado. El bucle de Los justos se cierra tal vez en esta escena, cuando Kaliayev pretende convencer a la condesa de que su acción contribuiría a que Rusia se sacudiese la tiranía mientras que la condesa, por su parte, le responde que es al hombre, al marido, al padre, a quien han dado muerte. Si los revolucionarios pudiesen verlo así, reclamarían el perdón. Pero si reclamasen el perdón, replica Kalaiyev, dejarían de percibirse a sí mismos como revolucionarios y pasarían a engrosar las filas de los simples y vulgares asesinos. Por esta razón el verdadero revolucionario está condenado al sacrificio, a la inmolación, y no pretenderá ahorrar su vida con ninguna excusa. Ni siquiera con la de la revolución, según defendía Stepan. Frente
a una idea del compromiso asociada a Jean Paul Sartre y sus innumerables
miserias y arbitrariedades, cabría reivindicar la que representa Camus.
Y obras como Los justos demuestran hasta qué punto preocupaciones
actuales se corresponden con las preocupaciones de siempre, entre ellas
las de saber qué deben de experimentar y qué tipo de razonamiento deben
de hacer quienes, hoy como ayer, deciden dar la vida por una causa atroz
y fantasmal. |