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| Nº 622 - 1 de noviembre de 2004 |
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‘Una mentira anunciada’, de Vicenç Sanclemente APENAS UNA SATISFACCIÓN MORAL El muy pragmático, bien informado y correcto Hermann Tertsch, uno de los escasos columnistas de PRISA que tiene el privilegio de no irritar a la derecha española ni a sus órganos mediáticos, acaba de recetarnos (El País, 20 de octubre) una dosis de realismo ante los resultados de las elecciones norteamericanas, conocidos, al menos provisionalmente, cuando se publique este comentario. HT (no confundir, por Dios, con Haro Tecglen)se burla –todo lo finamente que se lo permite su privilegiada educación– de quienes hemos puesto alguna esperanza en la victoria de Kerry: mejor sería escribir, en la derrota de Bush. No cabe ninguna alegría, sea cual sea el vencedor: “Ni con Bush ni con Kerry va EE UU a pedir perdón por ser la megapotencia del siglo. Ni por defender sus intereses nacionales. Nosotros haríamos bien, concluye H. T., en defender los nuestros, con sobriedad, con menos Chomsky y Moore y algo de sentido común”. No nos deja Tertsch ni el derecho al pataleo, que otros podríamos llamar la libertad de participar en el debate de las ideas. Su fórmula, afortunadamente no compartida por la mayoría de los europeos, sería la de una aceptación sumisa de los designios imperiales y una colaboración sumisa para conseguir algunas migajas de esos bienes –por ejemplo, los derivados de la reconstrucción de Iraq– que están enriqueciendo las cuentas de beneficio de algunas grandes empresas norteamericanas casualmente vinculadas a ciertos nombres de gran peso en el gabinete fundamentalista de George Bush. A Hermann Tertsch no se le escapan las diferencias, desde luego las culturales, que separan a Kerry de Bush, pero no parecen importarle. Sus dardos, en realidad, se dirigen hacia ese ingenuo colectivo de intelectuales que se han empeñado en escribir “libros, artículos o arengas contra el presidente norteamericano” Como, aunque sea modestamente, yo me he reconocido en ese grupo, no como autor de un libro, sino como comentarista de muchos de los publicados en esa dirección, estoy dispuesto hoy a cerrar el ciclo. Y lo hago dejando constancia de un libro escrito con absoluta contención por un periodista español que tuvo que medir mucho sus palabras al informar desde Washington para TVE en los momentos cruciales del 11-S y las posteriores guerras en Afganistán e Iraq, gobernando Urdaci y Aznar. El título, Crónica de una mentira anunciada, no es, desde luego, un derroche de ingenio. Resulta mucho más esclarecedor el subtítulo: “Miedos, convicciones y locuras de un periodista en la capital de poder mundial”. Vicenç Sanclemente, ahora corresponsal en China y antes en México, Londres y La Habana, donde se estrenó como escritor con La Habana no es una isla, que prologó Vázquez Montalbán, no es un radical ni un militante antinorteamericano. Es más: los responsables de prensa de la Casa Blanca y de la Secretaría de Estado favorecían sus tareas informativas concediéndole entrevistas exclusivas por su condición de representante de un medio amigo de un país amigo. Aunque él mismo reproche y se reproche la falta de reacción profesional ante ciertas descortesías que no hubieran sido toleradas en cualquier otro país. El relato de tres años, tan intensamente vividos en Washington, no es un alegato frontal contra la Administración Bush ni una precipitada expiación de culpas ante los cambios producidos en España. Sanclemente transmite un mensaje de honradez, de buena intención, que le lleva hasta el extremo de publicar en su integridad la carta en la que su viejo compañero y amigo, el periodista Joaquim Ibars, se atrevía a advertirle, en aras de la amistad, del malestar que producían sus crónicas, a las que en muchos sectores, incluso entre grupos de manifestantes contra la guerra, se señalaban como “totalmente identificadas con las tesis norteamericanas, triunfalistas, asumiendo como propio lo que dice Bush, el secretario de Defensa o el general de turno”. Vicenç incluye, a continuación su respuesta, tras admitir que se encontraba “absolutamente alterado y hundido”. Tras esforzarse en desmentir, con ejemplos, la falsedad de esas imputaciones y admitir que, como bien sabemos los que hemos tenido contacto prolongado con ese medio, “la gente no escucha la tele”, Sanclemente confiesa a su amigo la convicción de fondo, que es también la que impera en el libro: “...agradezco muy sinceramente tus consejos. Pero por un lado, a mí no me encontrarán en el antiamericanismo barato. Por otra, yo no soy un coladero y me creo todo lo que nos quieren hacer creer. Pero tampoco puedo endulzar el mensaje de Washington o simular que hay un gran debate cuando los demócratas están bajo las piedras”. No estoy seguro de que todo el mundo vaya a interpretar correctamente el sentido de estas páginas, pero sí podrá contar Vicenç Sanclemente con la comprensión de quienes han trabajado para un medio público en momentos de crispación, bajo sospecha. El resumen de los treinta y seis meses de corresponsalía ofrece la posibilidad de recomponer la vida de la sociedad americana en momentos tan cruciales, así como para reflexionar sobre la función de los periodistas y, sobre todo, de los medios. Se encuentra así el lector con la descripción del terror real, el que se corresponde con la tragedia cierta de las Torres Gemelas, y con la utilización del terror como gran argumento político al servicio de una doctrina fabricada en centros de pensamiento, fundaciones y universidades, que parecía estar esperando apenas un atentado de relieve similar al ataque de Pearl Harbour para convertirse en programa de gobierno universal. No sólo en Washington. Desde la redacción de Madrid alguien dice al corresponsal: “Contra el terrorismo también vale la mentira”. Sanclemente denuncia la progresiva implantación de la cultura del miedo en el país que más asusta fuera de sus fronteras. Y es útil recordar ahora, de forma estructurada, sistemática, todas aquellas terribles amenazas de terrorismo biológico, de accidentes aéreos convertidos momentáneamente en atentados, que iban justificando los mensajes agresivos y la política de guerra preventiva. Anuncios catastrofistas y campañas de seguridad casera que incitaban al estadounidense a convertir cada casa en un búnker, con reservas de agua, conservas, pilas eléctricas, radios para recibir mensajes de emergencia, y alguna máscara antigás. Otro de los grandes negocios. Y los niños recibiendo cursos y panfletos para no equivocarse al identificar a los malos. El miedo que ha impregnado la campaña electoral ocultando el otro miedo, el de la realidad de la deficiencia de un sistema de salud que obliga a millones de norteamericanos a escoger entre gastar todos sus recursos en un tratamiento médico o, simplemente, comer. Uno de los capítulos más interesantes del libro de Vicenç Sanclemente es precisamente el que titula “La cultura del miedo”. No precisa utilizar un lenguaje cargado de adjetivos, sino facilitar datos, para argumentar sobre el proceso malintencionado de fomentar la sensación de temor colectivo y responder a la pregunta de por qué un país con tanto poder necesita vivir en el miedo. El autor nos pone en la pista de otro libro, escrito por Barry Glassner, en el que, a su vez, se lanza otra pregunta: “¿Cómo es posible que si el índice de criminalidad había bajado durante la década de los noventa, la mayoría pensara que se estaba incrementando, que el 62% de los ciudadanos se declararan verdaderamente desesperados y que el porcentaje de los atemorizados doblara al de los años ochenta?”Los homicidios, según anota Glassner, habían descendido un 30% y también era menor el índice de violencia escolar, pero la percepción social era la contraria... la respuesta podemos encontrarla en otros datos: la sensación de miedo dio lugar a un sistema judicial basado en el castigo y a una inversión de cien mil millones de dólares para financiar el cuerpo de policía y las prisiones. Así, “en California se invierte más en prisiones que en educación superior”. No parece justo que los españoles nos permitamos mirar con suficiencia en este terreno a los estadounidenses. Nosotros también hemos vivido algún proceso de intoxicación similar, coincidente –¡oh, casualidad!– con los momentos históricos en los que se ha intentado llevar a la práctica una política progresista en la legislación penal y penitenciaria. Concluye Sanclemente: “Estos pasajes del libro de Glassner reflejaban lo que se ha vivido en la era Bush” Y era también la filosofía de fondo, la línea argumental de fuerza, que nutría el discurso de Aznar en España, añado por mi cuenta y riesgo. Terrible paradoja que sean justamente aquellos políticos y creadores de opinión que practican el discurso formalmente, visceralmente, más antiterrorista, quienes más contribuyen a llevar a la sociedad al clima de paroxismo, de miedo irracional, que persiguen los terroristas. Paso
por alto, en esta panorámica de lector interesado, las muchas páginas
en las que se detallan los sucesos, ya suficientemente conocidos, en torno
a la estrategia bélica del gabinete Bush y su trilogía de mentiras sobre
la existencia de armas de destrucción masiva, la amenaza universal de
Sadam Hussein o la complicidad con la red de Bin Laden. El texto de Sanclemente
es convincente, justo por su frialdad narrativa. Prefiero ocupar las últimas
líneas con su referencia a la doctrina que puede haber inspirado la acción
en Iraq y que, según el profesor Hertsgaard, de la Universidad de Berkeley,
es de carácter religioso, mucho más que económico o político, y que es
la que corresponde “al círculo de poder en Washington (que) está dirigido
por un grupito de hombres que se consideran “cristianos renacidos”, como
el propio Bush. Un grupo, los cristianos fundamentalistas, que son ya
la primera fuerza política del país, que suponen un 30% de los votantes,
y que “al igual que los judíos ortodoxos o los extremistas islámicos,
se consideran a sí mismos el pueblo elegido para dirigir la Tierra”. Tampoco
desde esta perspectiva deberíamos los españoles mirar a los norteamericanos
por encima del hombro. Aquí sabemos también algo de fundamentalismos cristianos.
Sólo que los nuestros no pueden liderar la Tierra y se conformarían con
ceder sus legiones al César. Pero aquí vamos aguantando, con permiso de
Hermann Tertsch. Y, a veces, tenemos alguna satisfacción moral. |