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| Nº 621 - 25 de octubre de 2004 |
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“Lecciones de los maestros”, de George Steiner UN MAESTRO ADMIRABLE Desde hace algunos años la editorial Siruela nos viene acercando la producción más reciente del que podemos considerar como el crítico y analista literario vivo de mayor prestigio (con permiso del provocador Harold Bloom). Esta editorial ha publicado la sugestiva autobiografía de Steiner, titulada Errata, además de obras como Pasión intacta, Nostalgia del absoluto, Gramáticas de la creación, Tolstoi o Dostoievski o Extraterritorial (ésta de época temprana). En todas ellas podemos encontrar, en tiempos de pensamientos únicos, un pensamiento abierto y estimulante que nos transporta a ese misterioso territorio en el que confluyen el lenguaje, la interpretación del arte y la filosofía. Lecciones de los Maestros (Siruela, 2004) recoge las Conferencias Charles Eliot Norton sobre el arte y las tradiciones de la enseñanza que Steiner impartió a principios de este milenio en la Universidad de Harvard. En ellas repasa la historia del pensamiento desde la perspectiva de esa mágica relación maestro-discípulo. Una relación que comprende –como él mismo explica– “numerosas tipologías que van desde el pedagogo destructor de almas hasta el Maestro carismático”. El recorrido arranca de Sócrates y Platón y llega hasta Husserl y Heidegger, pasando por Jesús y sus discípulos, Virgilio y Dante o Brahe y Kepler, entre otros muchos. Lo que nos explica el maestro Steiner es que “no puede haber sistema familiar ni social, por aislado que esté y por rudimentario que sea, sin enseñanza y discipulazgo, sin magisterio y aprendizaje consumados”. En su análisis distingue tres escenarios: “Maestros que han destruido a sus discípulos psicológicamente y, en algunos raros casos, físicamente; discípulos, pupilos y aprendices que han tergiversado, traicionado y destruido a sus Maestros”, y, finalmente, la categoría del intercambio, es decir, aquella en la que se da “el eros de la mutua confianza, incluso amor” en la que “el maestro aprende de su discípulo cuando le enseña” y “la intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra”. Para Steiner “una definición cardinal del genio apunta a la capacidad de engendrar mitos, de inventar parábolas”. Nos recuerda que “mientras una buena parte de la doxa [doctrina] platónica, puesta en boca de Sócrates, se expresa por medio de mitos, el meollo de las enseñanzas de Jesús está contenido en parábolas: una taquigrafía oral encaminada a la memorización”. Esa luminosa capacidad, nos dice “es extremadamente infrecuente” y, entrando en el odioso terreno de las comparaciones, concluye: “Caracteriza a Kafka más que a Shakespeare; a Wagner más que a Mozart”. Estas lecciones no están exentas de un cierto tono polémico. Dice que “Jacques Lacan, por histriónica que fuese su conducta, por indescifrable que resultase su escritura, ha suscitado un grado casi histérico de adulación y discipulazgo”. Y de Louis Althusser que “es poco leído en la actualidad. Su glosa sobre Marx ha demostrado ser una excentricidad dogmática”. Asegura también que “desde Jaspers y Sartre hasta Lévinas, Habermas y Derrida, el existencialismo, la fenomenología, el postestructuralismo y la deconstrucción se pueden interpretar como notas marginales –si bien formidables por derecho propio– al encuentro Husserl-Heidegger”. La relación maestro-discípulo de Husserl y Heidegger nos sitúa, para Steiner, ante “una de las historias más tristes de la historia del pensamiento”. Condensar la disconformidad que separó a ambos lo considera tarea “casi imposible”, aunque las diferencias filosóficas serían lo de menos tras el triunfo de los nazis. De origen judío y casado con una mujer judía, Husserl fue sometido a un “macabro aislamiento”, mientras “en el circo brutal de la toma del poder por los nazis, Heidegger, cuyas simpatías por el movimiento son anteriores al triunfo de éste, ocupa el cargo de rector de la Universidad” [de Friburgo]. Steiner recuerda el “rumor obstinado” de que Heidegger llegó a denegar a su ex Maestro el acceso a la biblioteca de la Universidad. Lo que sí es una certeza consolidada es que retiró de las posteriores ediciones de su obra cumbre El ser y el tiempo, la dedicatoria al Maestro que recogía la primera edición. Por este libro desfila un largo elenco de maestros, algunos poco conocidos, al menos en España. Es el caso de Emile-Auguste Chartier, alias Alain, de gran influencia en la educación francesa durante la primera mitad del pasado siglo. Alain rechazó la Sorbona y los honores de la Academia Francesa “convencido de que la enseñanza secundaria es más importante que ninguna otra”. Uno de sus alumnos del Liceo recordaba que en las clases de Alain “no esperábamos una exposición de las ideas de Platón y Descartes; estábamos en su presencia sin intermediarios”. Steiner demuestra por Alain una profunda admiración y recuerda una brillante frase que escribió en la pizarra: “La Ley más hermosa de nuestra especie es que lo que no se admira, se olvida”. Por quien también siente especial respeto es por Nietzsche, a través del cual aborda cuestiones medulares de la relación maestro-discípulo. Analizando la utilización que hicieron los nazis de las ideas del filósofo se pregunta: “¿Está un Maestro autorizado a comunicar con quienes son tal vez demasiado débiles para soportar sus revelaciones, con quienes, inevitablemente, las vulgarizarán y distorsionarán?”. El Zaratustra de Nietzsche, al igual que Wittgenstein, “sabe que el auténtico discipulazgo debe concluir en el rechazo. El verdadero discípulo sólo puede ser el que “quiere aprender a seguirse a sí mismo”.Una frase que nos acerca a Buda cuando aconseja: “No aceptéis las cosas porque os las diga yo; sed vuestro propio refugio”. Otro asunto ligado al anterior es el que Steiner califica como “una de las cuestiones más difíciles de resolver de la filosofía moral y de la teoría social: “Un maestro ¿es responsable de la conducta de sus discípulos?”. Y en caso afirmativo “¿hasta qué punto, de qué manera?”. Vuelve aquí a recurrir a Nietzsche: “El modo en que exalta la dureza, una futura especie más que humana, unas verdades más allá del bien y del mal, ¿hasta qué punto no instrumentalizó el surgimiento y prevalencia del nazismo? ¿Qué legitimidad hay en las pretensiones nazis de discipulazgo? El fanatismo religioso ¿es la mayoría de las veces fruto directo de la fidelidad del prosélito, de la jubilosa obediencia del mártir al guía?”. Y añade: “Los grandes inquisidores, ¿son legítimos discípulos de Jesús?”. La respuesta de Steiner no nos saca de dudas: él mismo la califica como “un titubeante sí y no”. De lo que no tiene la menor duda es de que “el Magisterio y el aprendizaje, la instrucción y su adquisición tienen que continuar mientras existan las sociedades”, aunque también es consciente de que “ahora se están produciendo cambios importantes”. Con Internet y la red global estamos, en su opinión, ante “algo que es mucho más que una revolución tecnológica” pues nos enfrentamos a “transformaciones en la conciencia, en los hábitos perceptivos y de expresión, de sensibilidad recíproca, que apenas estamos empezando a calibrar”. “La pantalla –dice– puede enseñar, examinar, demostrar, interactuar con una precisión, una claridad y una paciencia superiores a las de un instructor humano. Sus recursos se pueden difundir y obtener a voluntad. No conoce el prejuicio ni la fatiga”. Pero el imperio de la pantalla genera también resistencias y “como si se tratase de una reacción a todo esto, el recurso al sabio terapéutico, al gurú y al chamán más o menos secularizados, está muy extendido, sobre todo en el insomne Occidente”. “Nunca ha habido –dice Steiner– más curanderos, abastecedores de lo oculto, consiglieri espirituales –la designación mafiosa es oportuna- o astutos charlatanes”. Pero el auténtico problema de estos nuevos tiempos está en su irreverencia, que es como define Steiner nuestra época actual: “La era de la irreverencia”. “La admiración –y mucho más la veneración– se ha quedado anticuada. Somos adictos a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo. Nuestros ídolos tienen que exhibir cabeza de barro. Cuando se eleva el incienso lo hace ante atletas, estrellas del pop, los locos del dinero o los reyes del crimen”. Y parece obvio que el “que millones de personas lleven camisetas con el número del dios del fútbol o luzcan el peinado del cantante de moda es lo contrario del discipulazgo”. No
se deja, sin embargo, dominar por el pesimismo. Para él, las lecciones
de los Maestros sobrevivirán “al embate de la marea, aunque sea de forma
imprevisible”, ya que “la libido sciendi, el deseo de conocimiento,
el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres.
También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado.
Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de
los nuestros”. No parece que se pueda discutir su afirmación de que “una
sociedad como la del beneficio desenfrenado, que no honra a sus maestros,
es una sociedad fallida”. Y es que “ningún medio mecánico, por expedito
que sea, ningún materialismo, por triunfante que sea, pueden erradicar
el amanecer que experimentamos cuando hemos comprendido a un Maestro”.
Por ejemplo, cuando hemos reflexionado sobre cualquiera de las observaciones
de este auténtico Maestro que es George Steiner. |