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| Nº 621 - 25 de octubre de 2004 |
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'Las Américas', de Felipe Fernández-Armesto AMÉRICA SIN TELARAÑAS Resultaría muy peligroso, y profundamente estúpido a la vez, incurrir en el error de trasladar el juicio sobre unos dirigentes políticos, ya sean Bush, Cheney, Rumsfeld o Wolfowitz, a toda una sociedad como la norteamericana capaz de producir sus propios antivirus. Aunque tengamos la impresión de que su capacidad de contención de las ideas y prácticas más peligrosas sea comparable, por vulnerable, a los cortafuegos informáticos. Nuestra dependencia de Estados Unidos y la impregnación de su cultura y sus modelos en nuestro comportamiento diario es tan grande que la única posición inteligente es profundizar en su conocimiento y aceptar los préstamos enriquecedores –que los hay– para fortalecer la identidad propia. En definitiva, eso es lo que hicieron instintivamente todos los pueblos que sentían sobre ellos el vuelo de cualquier águila imperial. Y los imperios, todos, cayeron. Escribo sobre un libro, Las Américas, que puede servir a este propósito tanto para aquellos cuya curiosidad intelectual les haya acercado a una bibliografía abundante y variada, forzosamente fragmentaria, como para quienes dispongan de elementos rudimentarios, tal vez sesgados –y no importa en qué dirección– sobre la conformación de los Estados Unidos y sus vecinos del continente desde la Patagonia hasta Alaska. El autor es Felipe Fernández-Armesto, profesor de historia y geografía en la Universidad de Londres, miembro de la Facultad de Historia Moderna de la Universidad de Oxford, y con un bagaje editorial copioso, traducido a más de veinte idiomas. En la memoria están, desde luego, Millenium o Civilizaciones, obras en las que el rigor de la investigación se aúna con una admirable capacidad narrativa, propia de aquellos que disponen de la gracia de extender su enseñanza más allá de la cátedra, soportando el riesgo de ser calificados como “divulgadores”. En Las Américas, he tenido la impresión de que al autor iba siempre un paso delante de lector, desbrozándole el camino y preparando la respuesta ante cualquier interrogante surgido durante la conversación que se establece desde la primera página. Una conversación tan sincera como para que al llegar al término del viaje el autor le confiese al compañero: “En mi opinión, en la historia no hay mucha diferencia entre percepción y realidad. La historia ofrece pocas lecciones. Pero una de ellas es que los hechos tienen menos fuerza que las falsedades que la gente cree”. Convengamos en lo inusual de este reconocimiento y en que puede entenderse el respiro de satisfacción, el gozo cómplice del lector, que ha venido sospechando algo así durante las doscientas páginas anteriores en las que ha ido asistiendo sin estridencias al desmontaje de tópicos admitidos como verdades absolutas. No pretendo –ni puedo– realizar una síntesis de lo que ya es una síntesis de cientos de años de vida en común de los distintos pueblos americanos y de su dialogo con el Viejo Continente, descubriendo el flujo constante de influencias entre las dos orillas del Atlántico y el menos evidente, pero real, a través del Pacífico. La mirada de Fernández-Armesto arranca de la contemplación del Continente Americano hace miles de años, describe minuciosamente la influencia de los cultivos y los recursos ganaderos, subraya el extenso período de vigencia de la esclavitud y los flujos migratorios, analiza los distintos modelos de constitucionalismo que acompañaron a las declaraciones de independencia... y en cada capítulo revuelve el sedimento de los lugares comunes que han ido forjando una visión acrítica del proceso que ha culminado con la imagen de un Norte poderoso, avanzado cultural y económicamente, frente a un Sur en progresivo declive. Anoto esta pertinente observación: “Las constituciones latinoamericanas sólo podían ser generosas en cuestión de derechos de los ciudadanos si no se permitía a la gente ejercerlos... Lo que le faltaba a América Latina no eran disposiciones formales y constitucionales para el voto, ni retórica democrática, sino espacios materiales donde se pudieran forjar identidades comunes entre gentes de diferentes clases”. Otra de las simplificaciones puestas al descubierto en este ensayo es la contraposición entre el individualismo, supuestamente clave en el entendimiento de las virtudes norteamericanas, y el colectivismo sureño. Fernández-Armesto pone especial empeño en explicarnos que “La gente en Estados Unidos es empalagosamente gregaria, profundamente comunitaria, aburridamente conformista” (me cuesta admitirlo, como una máxima generalizadora, precisamente hoy, cuando sigo un concierto de Bruce Springsteen) y que “el ser miembro de algo se considera como una obligación religiosa” hasta el punto de que “algunos sociólogos americanos parecen pensar en serio que es mejor pertenecer a un grupo fanático que no pertenecer a ningún grupo”. Otra verdad cuestionada: la determinante influencia del protestantismo en la configuración del ser estadounidense, frente a la negativa influencia de un pretendido hegemonismo del catolicismo en la América Latina. A juicio del autor las cosas están cambiando aceleradamente: “Mientras el resto de las Américas se van pareciendo más a Estados Unidos –el autor recuerda la masiva presencia de misioneros protestantes en América Latina, ‘en Brasil hay ya más pastores protestantes que sacerdotes católicos’– Estados Unidos se va asemejando más al resto de las Américas. Los latinos son ya la minoría más numerosa en Estados Unidos. Casi todos hablan español, son católicos y tienen ascendencia india”. No hay que sacar pecho, sin embargo, aunque estas notas las escriba bajo el influjo de las conmemoraciones del 12 de Octubre. Como muy oportunamente advierte Fernández-Armesto: “el aumento del número de hispanohablantes es consecuencia de la inmigración, no de la capacidad de resistencia del español frente a los prejuicios anglófonos”. Escrito
originalmente en inglés, Las Américas se beneficia de la traducción de
Juan Manuel Ibeas y, dada la intencionalidad del autor, admite muy diversas
lecturas e interpretaciones. La mía, evidentemente, ha soslayado para
la ocasión algunos aspectos fundamentales, entre ellos la atención al
proceso histórico de la transición del concepto unitario de América al
plural de las Américas o la descripción del peso determinante del clima
y las condiciones geográficas y alimentarias subyacentes al desarrollo
de los distintos colectivos humanos y políticos. Como tantos y tantos
españoles, inmerso estos días en la campaña electoral norteamericana,
las páginas de este libro me han ayudado a comprender mejor las informaciones
fragmentarias y las llamadas “crónicas ambientales” con las que vamos
orientando nuestra opción en el debate del que va a surgir, aunque nos
duela ser meros espectadores, un nuevo (¿) modelo de gobernación universal.
Gracias a Fernández-Armesto puede resultarnos más sencillo recomponer
el dialogo íntimo con una gran nación a la que no puede representar en
exclusiva ese equipo de intereses y odios, de religiosidad fundamentalista
y filosofía imperialista, dirigido por un hombre, George Bush, al que
el propio The Wall Street Journal definió como “un ex ejecutivo
de una petrolera reconvertido en político que ha llenado su gabinete de
consejeros delegados”. Como mejor argumento de que no así todo el pueblo
norteamericano, baste repasar a quien corresponde cada una las citas críticas
con las que he ido hilvanando estas líneas. |