Hemeroteca Esta semana
Nº 618 - 4 de octubre de 2004

“España en los diarios de mi vejez”, de Ernesto Sábato

ELOGIO DE LA UTOPÍA

Hace cinco años Ernesto Sábato publicó un pequeño libro de memorias, Antes del fin, considerado unánimemente como su testamento espiritual. Había cumplido ya ochenta y ocho años, luchaba contra numerosos impedimentos físicos, dependía de otras manos y de otros ojos para abarcar el mundo, pero en la dialéctica interna que le agitaba desde la desesperación a la esperanza siempre recalaba en esta última o, al menos, ese era el mensaje que trascendía de sus palabras escritas o sus discursos públicos, dirigidos especialmente a los jóvenes, que siempre le han adorado como algo más que un maestro. Aquel testamento se demostró prematuro, y ahora nos llega un suplemento enormemente vital, con  reiterada dedicatoria los jóvenes, aunque las páginas de estos diarios confiese haberlas escrito para expresar algo de lo que siente un hombre al inminente borde de la muerte.

Sábato ha hecho suyo el pensamiento de Hölderlin: ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté; o el de su compañera intelectual, María Zambrano: no se pasa de lo imposible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero, y ha escrito en una pancarta: el hombre sólo cabe en la utopía.

Leo a Sábato ahora, cinco años después, justo cuando en esta España cuya última visita ha dado origen a este diario, asistimos a una despiadada ofensiva, cargada de desdén e ignorancia, contra un político al que se le acusa de haber pronunciado un discurso candoroso, ilusionado y utópico en el plenario de las Naciones Unidas. A un gobernante al que se le caricaturiza por ejercer la acción política a partir de su fe en el diálogo y en las buenas maneras, no se le perdona que utilice un foro de tanta resonancia como el de la ONU para recordar algunas verdades elementales como el rechazo colectivo a la guerra preventiva, la urgencia de atacar algunas de las causas que hacen posible la desesperación de ciertos pueblos convirtiéndolos en terreno abonado para la prédica de doctrinas violentas que estimulan los sentimientos de odio y venganza, o la necesidad de buscar fórmulas estables para el diálogo entre civilizaciones, ahora artificialmente enfrentadas. Los fundamentalistas cristianos sueñan, y no sólo en Georgetown, con nuevas cruzadas y reconquistas. Defender la paz es, para ellos, una muestra de debilidad, si no de complacencia o complicidad, con los terroristas. Ellos prefieren alimentar el terror para justificar acciones de exterminio sin atreverse a mirar las caras de las víctimas. Incluso las propias. Reclaman para sí la exclusiva del dolor por las víctimas del terrorismo y rechazan compartir junto a ellos la presencia en un acto público de cualquiera que no comparta sus métodos. ¡Qué vergüenza su actitud contra Llamazares en un concierto cuyo protagonismo pretendían monopolizar!

 Leo a Sábato y hallo el consuelo de saber que todavía pueden existir guías para caminar por un mundo orientado hacia la confrontación entre quienes ahondan y engrandecen los conflictos y los que buscan soluciones. Estas son sus palabras: “La vida de todo ser humano oscila entre esa ilusión del ideal y la pesadumbre de lo fáctico, esa chatura que llamamos realidad. La existencia reducida a lo material cae en un fascismo opaco que aborta lo mejor de la existencia en aras de este absolutismo de la realidad que hoy adoramos, estúpidamente”

Leo a Sábato, pero sé que aquellos a los que podría interesar hacerlo, para contrastar sus propias convicciones, no van a hacerlo. Nos envuelve –a todos– una burbuja de creencias impenetrable. Tenemos nuestro propio marco de referencias informativas y culturales en las que nos sentimos cómodos y acompañados. Sábato fue lectura de mi juventud en Sobre héroes y tumbas. Luego, busqué El túnel. Un poco más tarde, Abaddón el exterminador. Un mes de mayo, hace casi veinte años, pude experimentar la misma ingenua alegría de tantos admiradores de los hombres grandes cuando consiguen unos minutos de diálogo directo con ellos. La Fundación Germán Sánchez Ruipérez había organizado unas jornadas sobre su obra que cerraba el autor argentino con una conferencia sobre “El papel trascendente de las ficciones en el derrumbe de los tiempos modernos”. Allí estaban Félix Grande, Luis Montiel y Marina Gálvez dialogando con Sábato, cara al público, y Daniel Pageaux, Francisco Rodríguez Adrados y José Luis Sampedro rodeando al homenajeado en una mesa redonda que me correspondía moderar. Si recupero ese recuerdo es porque Sábato ha sabido siempre buscar y mantener amistades con un criterio selectivo de afinidades que no le han deparado sorpresas –no incluyo en ese círculo, ya quisiera, al espectador que, un punto cohibido, pasaba la palabra– , y porque en aquella ocasión los no iniciados descubrieron la clave de su literatura, consistente en desnudarse en la novela y cubrirse más pudorosamente en el ensayo. Este último libro de Sábato no tiene la ambición de sus grandes obras, pero aseguro que su lectura confirmará las razones de quienes le escogieron como profeta y estimulará el deseo de conocerlo con mayor profundidad a quienes todavía le ignoran. Los diarios se inician con fecha 5 de abril de 2002. “Me voy para España por dos meses, un tiempo peligrosamente largo –hasta la muerte podría hallarme lejos de mi patria– a dar unas conferencias y recibir honores, que mucho agradezco y que sin duda me alentarán, pero voy en verdad para que la ausencia ahonde en mí tal deseo por la Argentina que pueda transmitir, ya viejo y casi sin fuerzas, las reservas de esperanza que guarda en ella mi alma”. Con mayor economía de palabras no podría realizarse una síntesis más completa de estos diarios. El escritor lleva mucho tiempo esperando a la muerte y jugando con ella. La vieja dama, a la que ha dedicado una de sus más dramáticas pinturas, se siente, afortunadamente, perezosa. Sábato la envía mensajes continuamente, como si fuera él quien tuviera que tranquilizarla. No puedes asustarme ni sorprenderme, parece transmitirle a golpe de páginas. “Ni bien me descuido ya estoy pensando en la muerte. Ya estará cerca. Miro el cuarto a mi alrededor para ver por cuál de las puertas entrará. Hace años pinté un  cuadro que se llamaba La visita. Es la Muerte como una mujer con una valija en la mano.

Está muy arreglada pero su cara es una calavera”. Hay ráfagas de depresión, algún momento confesado de deseos de autodestrucción. Pero basta el reclamo para una acción solidaria, la amistad, el compromiso con una cita cultural, la oferta del descubrimiento de un paisaje o la contemplación de Goya, un solo cuadro de Goya, para que el cuerpo cansado y el espíritu en la frontera de la rendición, tome nuevo impulso. De esas alternativas vitales se enriquecen los diarios españoles de Sábato. Piensa un día en la lógica de que muy pronto una lápida con su nombre figure junto a la de Hemingway en el hotel Suecia de Madrid, recordando sus estancias. Amanece después corrigiendo minuciosamente el discurso que habrá de pronunciar en Oviedo, Sevilla o Salamanca. Vive la hospitalidad de Saramago y Pilar en Lanzarote. “El último día José vino hasta el auto, me abrazó y nos despedimos. Quedó con su mano levantada hasta que el coche desapareció. A mí se me caían las lágrimas”. Observación irónica ante la inagotable actividad de Juan Cruz, capaz de cantar a Eduardo Falú y, al tiempo, atender al móvil. “Parecía tener mucho trabajo; no entiendo cómo no ha podido ahorrar algunos pesos para estar más libre y vivir pausadamente... Juan se fue sin postre para Barajas a tomar un vuelo al que ya estaba llegando tarde. Quise pedirle que se cuidara pero no me dio tiempo”. Al autor de Apologías y rechazos nada le resulta indiferente. Habla con el mendigo anciano que le hace recordar, desde lo que él anota como una excepción en la opulencia española, la pobreza esencial de Bueno Aires, o dicta de un tirón, con la rabia de un editorial combativo, unas notas en defensa de las pequeñas editoriales y librerías ahogadas por las grandes empresas. Es que ha visitado una de esas librerías madrileñas en las que se cultiva la disposición de los títulos y ediciones de calidad. “La filosofía mercantilista que desde hace mucho tiempo viene rigiendo la cultura ha convertido a las grandes casas editoras en expendedoras de best-sellers previsibles, prefabricados sobre un riguroso estudio de mercado”. Más adelante, admite: “No pretendo caer en la insolente omisión de ignorar que mis novelas y ensayos llevan años gozando de los cuidados y beneficios de las más grandes editoriales del mundo”. Solicita, transaccionalmente, que los poderes públicos corrijan en alguna medida al mercado protegiendo a los pequeños. Alguien a su lado le sugiere, con acentuación argentina: “Suprimí. Suprimí casi todo”. Él, nos lo cuenta sin empacho, ya ha tachado. “Pero luego sigo queriendo escribir como si fuese un anhelo que se impone lenta pero seguramente sobre mi espíritu crítico y mi tendencia a la destrucción, ese otro lado inevitable, e imprescindible al acto creador”. A la altura de su biografía estos diarios no podían significar ningún ajuste de cuentas ni una pirueta para modificar el perfil. Ni siquiera con él mismo. No podría esperarse nada así cuando el autor, de vuelta a su espacio propio en Santos Lugares, cierra los ojos y manda escribir:

“Estoy alejándome de la vida.

De esta vida.

La miro con emoción como si ya estuviera fuera de mí.

O, más bien, como sentado en esas mesas de café que están en las veredas desde donde uno puede ver pasar la gente y oírlos hablar....”

Ahí está Sábato, poéticamente alejado de su vida, pero vibrante en la defensa de existencias peores. Dedicando esfuerzos y agitando influencias en una Fundación para los muchachos argentinos. Esos que le acompañan, sentados en el suelo de su habitación, y le escuchan murmurar que es el modelo de vivir austero y pobre el que permite sobrevivir con dignidad a la ignorancia y la explotación de todo un continente. “Con una grandeza que avergüenza. Y es esta vergüenza la que puede salvarnos”. Con la fuerza de la utopía.

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