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| Nº 615 - 13 de septiembre de 2004 |
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“El mundo pobre”, de Jeremy Seabrok ¡ARRIBA LOS POBRES DEL MUNDO! Después de leer el último renglón del libro de Jeremy Seabrook, resuena en mi cabeza el ¡arriba los pobres del mundo! de la Internacional. La llamada a la rebeldía es la primera sensación que embarga al lector de este libro sencillo que aborda, con palabras fáciles de comprender, el problema más importante que aqueja a la Humanidad. Ese problema no es el terrorismo, ni siquiera las guerras, sino la pobreza. Al lado del mundo de los adinerados que alardean de sus riquezas, hay un mundo de los satisfechos que tienen lo suficiente, pero está también El mundo pobre que Jeremy Seabrook disecciona con amenidad, parándose en aspectos puntuales y concretos que ilustra mediante anécdotas y cuadros estadísticos esclarecedores. Jeremy Seabrook es un autor prolífico que ha profundizado a través de más de treinta libros en todo lo que tiene que ver con las desigualdades y las injusticias sociales. Desde su campamento en Londres, Seabrook supervisa el dramático alcance de la pobreza y habla de el mundo pobre para distinguirlo de ese otro mundo, que pregonan los líderes de los gobiernos, basado en medias estadísticas y en datos económicos que encubren y ocultan la realidad de esta sociedad dual en la que los ingresos del 1% de la población más rica del planeta equivalen a los del 57% más pobre; en la que más de 840 millones de personas están desnutridas; en la que 1.200 millones de personas viven con menos de un dólar diario; en la que mueren al año por falta de agua 12 millones de personas; en la que 40 millones de personas padecen sida (y todas las cumbres mundiales sobre el VIH terminan en fracaso); en la que las mujeres trabajan dos tercios de las horas laborales que se hacen en el planeta, producen al menos la mitad de la comida, reciben sólo el 10% de los ingresos y poseen menos del 1% de la propiedad mundial. El fenómeno de la pobreza se ceba en los colectivos más débiles y vulnerables: las mujeres, los niños, los países menos desarrollados, el Sur. El autor subraya la importante relación existente entre pobreza y falta de democracia. Es bien palpable que proliferan los gobiernos no democráticos en los países más pobres, en muchos casos gobiernos dirigidos por desalmados sátrapas amparados por poderes económicos, multinacionales o gobiernos de las zonas más ricas y desarrolladas del planeta. Pero también hay pobres en los países desarrollados. Al lado de rascacielos suntuosos, o de urbanizaciones elitistas hay asentamientos para los pobres. Los acomodados delegan en los gobiernos la solución y los gobiernos, a su vez, se apoyan en los dictámenes de organizaciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM), para delegar sus responsabilidades en asociaciones altruistas que trabajan al lado de los pobres. El tratamiento real del fenómeno por parte de los acomodados es el que denuncia Seabrook: “Y en el mundo libre se suele aplicar el método predilecto: borrar a los pobres. La forma más fácil de hacerlo es expulsándolos: de la tierra que ocupan, de los frágiles asentamientos que construyen, de sus precarios modos de vida”. El desarrollo es la coartada que se utiliza para convertir a la pobreza y a los pobres en invisibles. Da la impresión de que los pobres son una consecuencia de que haya ricos pero, en todo caso, son para los ricos los privilegios y para los pobres sus pobrezas. Los países del mundo rico esconden la pobreza. Los destinos turísticos se relatan omitiendo ese detalle fundamental que es la pobreza. Países africanos que se caracterizan por el gran número de pobres que viven en ellos –Gambia, Tanzania, Suráfrica, Kenia, Etiopía, etc.–, ofrecen a los ricos sus bellezas naturales, sus paisajes maravillosos, sus aguas cristalinas. En los aviones que llegan no hay ninguna revista que informe a los visitantes de que allí viven niños que mueren antes de cumplir los diez años por enfermedades que en las zonas civilizadas se curan con un par de infusiones, o que allí mueren millones de personas infectadas por el sida. Después, cuando los ricos descubren la pobreza, se desata un proceso de concienciación caritativa. Así lo expresa Jeremy Seabrook: “Cuando la pobreza del mundo aparece en la ajetreada vida de los ricos actúa como un desencadenante de los instintos caritativos: mandar un talón, apadrinar un niño, mejorar una vida. El genuino y bienintencionado altruismo se disuelve en exaltaciones sentimentales, mientras permanece inalterable la fundamental relación entre el privilegio y la pobreza”. Seabrook insiste en esa obsesión, generalizada en el mundo de los ricos, que es hacer “invisibles a los pobres”. No es labor difícil. Primero se camuflan la cifras reales o, en todo caso, se ofrecen medias estadísticas en cuya interpretación no aparece el término pobres. Después se construye un sistema democrático que siempre dice estar basado en la participación, pero en el que “los pobres occidentales son las almas en pena de la democracia: no participan en ella, se les desprecia; son los desaparecidos, no están registrados, se les margina de las funciones electorales y de las listas oficiales. Sostiene Jeremy Seabrook que algunas definiciones de la pobreza responden a jergas puramente burocráticas, y que a veces se ofrecen datos espectaculares que eclipsan otros tipos de pobreza, menos espectaculares pero igualmente dolorosos. Son datos que producen desconcierto y consternación, pero esos datos no tienen en cuenta que frente a la brutalidad de que en el mundo haya 1.200 millones de personas que viven con menos de un dólar al día, existe la pobreza severa de quienes se abastecen al margen del mercado. Muchos de ellos no cuentan para las estadísticas porque cultivan sus alimentos, construyen sus viviendas y se hacen sus ropas. En el fondo de todo ello subyace, en opinión de Seabrook, que “el objetivo del desarrollo parece ser la inclusión gradual de toda la población mundial en un único sistema económico”. No es preciso determinar que se refiere al sistema capitalista y, dentro de él, a ese neocapitalismo que ha propiciado la actual globalización del mercado. Sin embargo, resulta evidente que no todas las personas excluidas de la economía global se empobrecen porque hay sociedades muy primitivas que no obedecen a las tradicionales normas de la economía. Seabrook intenta demostrar la falacia de los neocons que afirman que el único remedio a la pobreza es el crecimiento económico. Dice el autor: “La pobreza no tiene historia: la historia del desarrollo también lo es del empobrecimiento. Para desarrollarte, previamente tienes que haber experimentado algún tipo de pobreza”. La tiranía del mercado se ha disfrazado de globalización y “la globalización es la materialización de una ideología, no como teoría, sino como práctica implacable e inflexible”. El dominio de ese mercado mundializado se establece a través de procesos muy complicados de control económico. Las fronteras entre países se abren al capital de par en par, a la vez que se cierran herméticamente a la entrada de gentes, en su grandísima mayoría pobres, que están dispuestos, incluso, a trabajar sin descanso a las órdenes de dicho capital. El mercado así generado se sirve de coartadas y ardides. No se pone ningún límite ni se acomoda a las características de las personas a las que sirve. Estas se convierten en consumidores y, mientras el mercado les ofrece un surtido ilimitado para que elijan, su poder adquisitivo les restringe la oferta que el mercado –atrevido– ha puesto ante sus manos: “En definitiva, podemos elegir entre (por ejemplo) 130 tipos de champú a cambio de nuestras libertades perdidas”. En realidad, el mercado no tiene en cuenta las condiciones ni hábitos de las sociedades a las que se ofrece, sino que interfiere entre ellas y está dispuesto a generalizar el sistema capitalista al que sirve. Jeremy Seabrook ha escrito un libro de diagnóstico que lleva implícito su propio compromiso social, consecuencia de muchos años dedicados a la docencia, al estudio y a la observación de la realidad desde una atalaya tan útil como es un despacho de trabajador social. No escatima argumentos a favor del Estado del bienestar que ahora se han empeñado en revisar a la baja muchos gobiernos y partidos que se llaman socialistas. Tampoco escatima críticas al FMI o el Banco Mundial, a los que responsabiliza de la denominada Estrategia para la Reducción de la Pobreza (ERP), ideada por los gobiernos de los países en desarrollo, porque considera que dicha estrategia supuso en la práctica una falta de respeto a la idiosincrasia de los países pobres y condujo a más personas a la pobreza absoluta. Y expresa sus dudas: “Pensar que las políticas del FMI y el BM tratarían de mejorar la condición de los más pobres era realmente un auto de fe (...) Es sorprendente el escaso conocimiento que tienen las instituciones sobre la repercusión de sus políticas sobre los pobres y la desigualdad: la evaluación que ellas mismas hicieron pone de manifiesto la magnitud de sus ignorancia y su ineficacia”. En cada página del libro hay un dato esclarecedor y una llamada de alerta. Hay muchas preguntas y, ¡ay!, pocas respuestas. La conclusión final es que al lado del mundo rico de los satisfechos (o de los insatisfechos aunque acomodados) malvive un mundo pobre que se resigna, cuya rebelión es la resistencia ante el injusto orden social. Seabrook escribe: “Cabe preguntarse dónde queda la eficacia (de las instituciones financieras internacionales) cuando se relega a los pobres a los guetos de la violencia, la pobreza y la exclusión, mientras los acaudalados viven en privilegiadas comunidades valladas, protegidos por guardias de seguridad, policía y coches blindados. Es posible que a los pobres les consuele pensar que los ricos no son felices, pero, ¿es eso cierto?.” ¡Pues
no. No es cierto |