Hemeroteca Esta semana
Nº 614 - 6 de septiembre de 2004

“Michael Moore”, de Leonardo Díaz

MOORE COMO PRETEXTO

A pesar de los Juegos Olímpicos y de los efectos de la televisión basura, que ha hecho inevitable incorporar al álbum de nuestras familias virtuales a personajes a los que nunca invitaríamos a tomar una copa en casa, el autor de estos comentarios concede la medalla de oro a la personalidad de 2004 al activista norteamericano Michael Moore. No recuerdo ningún precedente de una campaña electoral en la que la obra de un narrador de imágenes haya podido asumir un papel  tan destacadamente protagonista, actuando por libre, sin ridículas pretensiones de sustituir a los políticos como cartel electoral, pareciendo ser un anti-sistema pero, en el fondo, asumiendo la teoría del mal menor. Oportuno en la denuncia de la incapacidad reconocida por el propio Porter Gross ante su cámara para trabajar en la CIA, cuya dirección acababa de encomendarle el presidente Bush, o en primera línea de la gigantesca manifestación de protesta cívica en los prolegómenos de la Convención republicana. Moore no es un abajo-firmante ocasional, sino un militante continuado en el ejercicio del compromiso del intelectual con la defensa de los derechos civiles. Gracias a los documentales de Michael Moore muchos europeos que asumimos el riesgo de ser catalogados como miembros de una secta de acomplejados antinorteamericanos, víctimas de un infantilismo basado en la ignorancia y los prejuicios, podemos rechazar el esquematismo elaborado por los miembros de algún think tank subvencionado y demostrar lo deudores que nos sentimos de una sociedad y una cultura que han proporcionado nombres de la talla de Jefferson, Roosevelt, Luther King, Steinbeck, Faulkner,MillerAllen... o Michael Moore.

En vísperas de unas elecciones presidenciales en las que compiten dos políticos mediocres empeñados en disimular sus programas a impulso de los sondeos, resulta estimulante y esperanzador comprobar que ningún sistema político, incluso alguno con las singularidades del estadounidense, es capaz de eliminar absolutamente el espíritu de rebeldía que alimenta la inteligencia corrosiva. Michael Moore no trabaja para Kerry, sino contra Bush. Se confiesa arrepentido de haber contribuido de alguna manera al adelgazamiento de los votos demócratas en las pasadas elecciones –resueltas por un puñado de papeletas– a causa de sus escrúpulos para apoyar una opción que no le satisfacía plenamente. Por culpa de quienes pensaron como él y decidieron respaldar una opción sin posibilidades reales de gobierno en un país radicalmente bipartidista, George Bush ha podido dirigir la política del país más poderoso de la Tierra y en la práctica la de la Tierra hacia un horizonte de desastres en un camino para el que no le han faltado compañías cómplices o sumisas.

 Moore no es –como han querido motejarlo sus innumerables enemigos– un antipatriota. “Amo profundamente a este país de gente loca”, es una frase destacada en cualquier antología de su obra, pero aprovecha hasta el límite el derecho democrático –sagrado en las normas constitucionales– a la libertad de expresión para denunciar los fallos más profundos del sistema. Admitamos que ese sistema, sin embargo, hace posible que un documental como Fahrenheit 9/11 se convierta en un éxito de taquilla en los Estados Unidos, a pesar de los obstáculos más o menos encubiertos para su distribución y exhibición, y admitamos también que la colección de cortos elaborada por numerosos directores españoles contra la política de José María Aznar, mucho más sutil en su mensaje crítico, ha corrido peor suerte en España y ha transitado con dificultad por circuitos marginales.

 El aspecto físico de Michael Moore y algunos gestos ante la cámara, calificados por muchos como propios de un bufón ególatra, pueden favorecer una línea crítica que tienda a minusvalorar el mensaje de fondo de sus producciones cinematográficas y equipararlas a los efímeros sarpullidos producidos por los reporteros de Caiga quien caiga. Afortunadamente, ya pasó el tiempo en el que tildar un libro, una pieza teatral o una película de ser un panfleto equivalía a la condenación del autor. El panfleto –necesidad social obliga– ha sido reivindicado. Así que bienvenida sea la calificación de panfletaria para la obra de Michael Moore. Pero es bueno que alguien haya hecho el esfuerzo de sistematizar su producción y su pensamiento –vale, lo escribiré con minúsculas– para demostrar la coherencia interna de sus denuncias desde que en 1989 firmara Roger & Me, donde perseguía al presidente de la General Motors como culpable de arruinar su pueblo natal, Flint, por una política de despidos, hasta el reciente Fahrenheit, al que parece imposible que un político que depende de la opinión pública pueda sobrevivir. Ese trabajo de investigación se lo debemos a Leonardo Díaz, de quien confieso no tener ninguna referencia, ni siquiera unas breves líneas en la contraportada de un libro de apenas 130 páginas aprovechadas al máximo para que el lector encuentre con facilidad el dato que necesite del autor de Bowling for Columbine.

A pesar de su humildad a la hora de no presentarse a sí mismo, Leonardo Díaz dedica el primer párrafo de su Introducción a dejar bien claro que aunque el libro parezca formalmente poca cosa hay mucho trabajo detrás: “La tarea de reconstruir el pensamiento de Michael Moore no es simple dado el carácter polifacético de su personalidad y la variedad de su trabajo. Las fuentes a las que se ha recurrido incluyen toda su obra y una gran cantidad de reportajes, notas de opinión y críticas periodísticas durante más de veinte años”. No exagera. Es necesario advertir, sin embargo, que el esfuerzo de Leonardo Díaz va más allá de cortar y pegar fragmentos biográficos, síntesis de libros o documentales, reproducir fichas técnicas o reproducir frases impactantes aisladas. El autor nos acompaña y nos ayuda a la hora de interpretar correctamente el significado de la obra de Michael Moore y su ubicación ideológica en el arco de los liberales (izquierdistas) norteamericanos, sin adscripción formal a ningún grupo organizado y, en todo caso, copartícipe de los variados y heterogéneos movimientos antiglobalización. Podemos intuir contra quién votaría M.M. en España, Gran Bretaña o Italia, pero no sería prudente apostar a favor de quién lo haría. A Michael Moore no es posible entenderle sin emplear una clave de humor, y en eso es tan típico norteamericano como cualquier político o líder empresarial que sabe de la eficacia de un gag para sazonar cualquier discurso. Pocas proposiciones tan serias y tan radicales desde el pensamiento de la izquierda como las que formula M.M. en su best-seller Downsize this...  Por ejemplo: “Prohibir a las empresas que cierran fábricas llevárselas a otros lugares y así tener más ganancias.

Instituir un 100% de impuestos a las ganancias de los accionistas cuando una compañía anuncia despidos.

Prohibir que los ejecutivos ganen treinta veces más que el promedio de los trabajadores.

Que los consejos de dirección de las empresas tengan representación de los trabajadores y consumidores...”

Dicho lo cual, con la misma energía, declara: “Sí, uso mis Levi’s y bebo Coca-Cola. ¡Que les den! Odio a los progresistas.”

La lectura –que recomiendo– de este breve ensayo sobra la vida y la obra de Michael Moore nos depara la sorpresa de descubrir una forma revolucionaria de articular un completo programa alternativo a las manoseadas ofertas, demasiado similares en sus contenidos, que contraponen republicanos y demócratas. Moore, acostumbrado al leguaje audiovisual que no admite circunloquios, utiliza escasas palabras para denunciar prácticas que exceden los límites de los Estados Unidos: “El sistema político está prostituido con un solo partido que tiene dos cabezas, republicanos y demócratas, que representa a los ricos y lo hace muy bien. Esto no es una verdadera democracia. La financiación de los partidos por parte de las empresas es lo que envilece la política.” Y postula, en consecuencia, “la completa eliminación del aporte privado en las campañas electorales”. Su documental Fahrenheit 9/11 es un alegato implacable contra el procedimiento espurio –¿ por qué no lo traduzco por bastardo?– utilizado para torcer  la voluntad popular y llevar a Bush a la Casa Blanca. Queda bien claro en las imágenes y en los testimonios, pero Moore lo subraya en sus textos, que tienen el valor de la permanencia de lo escrito: “La elección de Bush fue en realidad un golpe de Estado que contó con la complicidad de la justicia al mejor estilo de una república bananera”. ¿Osaríamos el resto de los ciudadanos del planeta, tan directamente afectados por cualquiera de las decisiones adoptadas desde Washington, exigir la presencia de observadores internacionales para controlar la limpieza del proceso electoral de noviembre? Porque después de la experiencia en la Venezuela de Chávez, sabemos, al menos, que se ha legitimado la desconfianza, y que la humillación que se exige a un dirigente latinoamericano no debe hurtársele a un político norteamericano que gobierna bajo sospecha de fraude. Ya sé que acabo de formular una propuesta descabellada, referida a un país que proclama solemne y desdeñosamente que se sitúa al margen de cualquier convenio internacional que perjudique sus intereses, desde la política medioambiental a la actuación de tribunales por crímenes de guerra. Pero quiero interiorizar la esperanza de que, algún día, se haga realidad en los propios Estados Unidos, en ese país en el que convive lo peor con lo mejor, la reflexión, tan profundamente democrática, tan obvia, que Leonardo Díaz sitúa para ilustrar el concepto Optimismo en el diccionario de Michael Moore: “Bien, lo primero es no deprimirse. Eso es exactamente lo que quieren los poderosos. Ellos quieren que te sientas sin esperanzas y débil, cuando en los hechos la verdad es exactamente lo contrario. Vives es un país donde una persona es un voto. Y somos más nosotros que ellos. Y siempre seremos más nosotros que ellos”.

Espero que ahora se entienda por qué he titulado este comentario Moore como pretexto.

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