Hemeroteca Esta semana
Nº 612 - 19 de julio de 2004

“Genealogía del frío”, de Félix Grande

LA LIBERTAD NO ES UN OASIS

A Félix Grande lo parió su madre “aterrado, desnudito y socialdemócrata”. El suceso ocurrió en Mérida en 1937, un año como para volverse, del susto, al claustro materno. El padre era un guardia de Asalto republicano y el abuelo, “el abuelo Palancas”, un patriarca desmesurado, cabal, entero y cervantino. Manchego, como la saga familiar de Félix Grande. Con los materiales biográficos de su abuelo, mi amigo Félix (sí, ¿qué pasa?, voy a escribir bien de un amigo) ha escrito su propia memoria, “La balada del abuelo Palancas”, y nos ha entregado uno de los más hermosos y emocionantes libros del siglo en que vivimos. Si no le han concedido el Premio de la Crítica es el problema de los críticos, y tal vez del propio Félix, que anda por la vida ocultando su talla sin darse cuenta –¿o sí?– de que su estatura prolonga la sombra de aquellos a los que ensalza como maestros y la gente, bueno, pues los confunde. Como todos los escritores que  piensan desde la poesía, Félix se siente, ante todo, poeta, y a esa condición se refiere aunque lo haga sin solemnidad  y aunque –también lo aseguró en su momento José Hierro y afortunadamente faltó a su palabra– declare que la poesía sólo está hecha para los jóvenes y que lo recomendable es jubilarse anticipadamente para no descubrir y descubrirse, con la inocencia perdida, escribiendo un soneto desde la técnica y fuera de la emoción.

Se engaña Félix Grande, como se engañó en su día Hierro, y aquí estamos muchos esperando que tenga el coraje que admira en su maestro César Vallejo y envíe a la imprenta ese libro que guarda en el cajón de las medicinas y que sospecho que debe tener mucho de grito. Mientras tanto, sus lectores hemos recibido un recordatorio de su última comunión con el periodismo. Cuando rompí el envoltorio del paquete postal que llevaba el remite de la Editora Regional de Extremadura y leí Genealogía del frío y su nombre, pensé, por un momento, que ahí estaba, al fin, su documento de rendición. Buen título, murmuré, para ese poemario tan esperado. Y cuando descubrí que era un volumen recopilatorio de algunos de sus artículos publicados en periódicos a los que yo habitualmente no tengo acceso –para qué ocultarlo– sentí una inicial decepción. No porque –siendo yo periodista y, ¡ay!, exclusivamente periodista– no esté interesado en ese género, sino porque creí en el milagro. Hasta que busqué en el índice el comentario que da título al libro. Lo siento, Félix, pero sólo un poeta puede tratar así, en un artículo de prensa, el maltratado tema de la inmigración que nos llega del Sur.  Maltratado por los ternuristas y maltratado por los apocalípticos. Maltratado por la izquierda que se defiende y la derecha a la ofensiva. Sólo un poeta es capaz de descubrirnos sin aspavientos que “esos bípedos procedentes de la necesidad, del desamparo y de unos territorios que quedaban al Sur... hijos del hambre y herederos del miedo” son nuestros padres venidos a poblar “las descomunales soledades del Norte” De África llegaron y de África siguen llegando, también hoy procedentes de la necesidad y el desamparo, ya no a unos territorios despoblados, pero sí despoblándose, muchos hombres y “desnutridas hembras preñadas abriéndose para parir al abrigo de una cueva devastada por la humedad”. O en una playa, Félix. El vientre a punto de reventar, les han dicho, puede ser vuestra garantía para permanecer en las costas del bienestar. En Europa faltan hijos y brazos. Ya no cubren las tierras de España los hielos, pero hace frío en las soleadas playas de Almería y su mirada, la de los supervivientes al éxodo, sigue descubriendo “el horizonte lóbrego desde donde avanzan los gruñidos de las bestias depredadoras”. Como hace miles de años. No sabemos –tampoco Félix Grande o, como su paisano, no quiere acordarse– cómo llegaron aquellos africanos hasta Europa. Cuestión de antropólogos e historiadores. Al poeta le importa la frase final: “Ahora llegan en pateras, temblando”.

Los artículos recogidos en este libro se publicaron originalmente entre octubre de 2000 y noviembre de 2001, hace ya más de tres años y hace un siglo de Aznar. Antes de Iraq, pero después de las Torres Gemelas. Podrían estar escritos hoy, y si Félix Grande fuera un pícaro, aparecerían, con leves retoques, como comentarios de actualidad. Si le ofrecieran columnas, claro. Voy a hacerlo por él. Estamos en julio de 2004. Iraq sigue siendo escenario de una ocupación militar, ahora camuflada. Las naves de la OTAN, con el añadido de algunas unidades marroquíes, desarrollan un gigantesco ejercicio de entrenamiento en una zona entre las Canarias y Marruecos. El almirante en jefe, naturalmente un estadounidense, declara que se trata de unas maniobras para luchar contra el terrorismo. En Madrid, los diputados investigan culpabilidades en los terribles sucesos de la mañana del 11 de marzo. A algunos parece importarles más, sin embargo, el terremoto del 14 que la propia acción terrorista. Se habla y se escribe de un inminente atentado en los Estados Unidos. Bush prepara el terreno para posponer las elecciones –no van bien los sondeos y Aznar le ha contado lo de España– si ello ocurriera. Sharon ignora la sentencia de la justicia internacional y mantiene el muro. Arafat implora respaldos efectivos, sin esperanza. Félix Grande escribe, no sé si directamente con esa mano que parece dibujar las palabras: “...es grotesco y da risa ver a Arafat intentado conservar un poder que no tiene, mediante el truco de donar sangre para los heridos norteamericanos. Es cosa también de mucha risa que los conductores del Imperio consideren este asunto como una contienda entre el Bien y el Mal: exactamente igual lo piensan y lo expresan los terroristas internacionales. Pienso: entre todos nos están jodiendo el lenguaje. Y me río como un loco, medio loco, porque el lenguaje es el único invento democrático de la especie, y ahora, una vez más, el Poder lo manipula, lo desacredita y lo enmudece. Mientras me río lleno de cólera, de piedad y de miedo, todas las Flotas de no sé qué se dirigen a no sé dónde. La venganza casi infinita puede durar años, originar un monstruoso número de muertes, acrecentar el asesinato ecológico que ya veníamos cometiendo aferrados a nuestra estupidez increíble y dejar las cosas como están: con el incremento del odio, la humillación y la miseria, una victoria sólo será un aplazamiento. El terrorismo internacional se puede combatir con la cabeza fría y con la cooperación de los Servicios de Inteligencia de los países que lo sufren. Con uno o varios Vietnam, no. Y ellos lo saben. Pero lo que sucede es que ahora mucha gente quiere ser John  Wayne. Es como para morir de risa, o de una explosión bacteriológica. Por ejemplo.” Escrito por un poeta jubilado. Pues, coño, por qué no jubilan a los jóvenes asesores de la Casa Blanca o a los maduros estrategas de salón de alguna Fundación cuyo patrón ni hubiera salido de Guetaria con sus sabios consejos.

No quiero que se equivoquen: mi amigo Félix Grande no es un tercermundista de libro y conferencias bien pagadas en lugares exóticos. Apenas es un socialdemócrata con bastante sentido del humor. Eso sí, un socialdemócrata desde los tiempos en que los más izquierdistas no habían descubierto la fe del ultraliberalismo. El humor lo pierde ante los cantamañanas, ante los que “como los malos toreros” suelen hacer desplantes “a toro pasao”... Hay que leer, aunque duela no haber sido suficientemente valiente y apenas quede el consuelo de no haber querido falsearlo, el artículo en el que narra su experiencia del 23-F: “...a la resistencia antifranquista y a la transición les brotan ahora héroes como brotan las setas. A toro pasao resulta que hubo miles, quizás millones de españoles heroicos sin cuyo formidable arrojo hoy no habría democracia... tras aquellas semanas en las que el dictador agonizó en la cama. ¡Qué infección de valientes, qué epidemia de intrépidos retrospectivos! No es cierto: durante muchos años hubo pocos valientes y mucho terror colectivo. Y todo aquel terror amontonado durante cuatro décadas de tiranía apestó el aire del país en el atardecer del 23-F” Aquella tarde, el poeta había oído en Madrid ruidos amortiguados, susurros, “porque el lenguaje del miedo es el susurro y el silencio y ordenar a las palabras que miren a otro lado”. Logró llegar ante el Congreso y anotó, desolado, que sólo había allí un puñado de ciudadanos. Veinte años después, escribe: “En la ruleta cuyo crupier era Tejero se jugaba nuestra democracia, y los alrededores del casino estaban vacíos”

En alguna página de este libro, Félix Grande descubre la receta de su lenguaje: “Las denuncias escritas con palabras cuantiosas apenas sirven para nada”. Por eso estos artículos son breves y eficaces. Tallados como un verso. Duraderos. Sirven para el consuelo de quien empieza a mirarse en el espejo de la vejez y descubre como Wilde que “lo doloroso para un viejo no es sentirse viejo, sino sentirse joven”, para quien se asusta al reconocerse con ganas de matar alguna vez a alguien, para saber distinguir entre el escritor “más vendido” y el “más leído” y, sobre todo, para emborracharse brindando por la libertad. Más importante que la vida, según Cervantes, y la guía de actuación para Félix Grande, sabedor de que  “la libertad no es una estación de llegada y mucho menos un oasis, sino un camino que no se acaba nunca, y que quien no avanza por ese camino se convierte en estorbo y miente”. Profesión de fe a la que no cabe pedir rentabilidad exagerada. Tal vez por eso, hace ya tiempo,  escribió un poema que conservo como aviso y como estímulo. En los versos finales de El buen salvaje:

 “Seres, instituciones, todo
me rehúye o me segrega
todo se aparta de mi lado, hiedo.
Soy un peligro público que expande
la pestilencia de la libertad.”

La libertad no es un oasis, Félix, pero si fuera un rincón en una taberna, quisiera estar cerca de ti, con una copa a la mano, y escuchar los versos nuevos del arcón.

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