Hemeroteca Esta semana
Nº 610 - 5 de julio de 2004

“Ser de derechas”, de Germán Yanke

EL CATECISMO LIBERAL

Germán Yanke es un personaje pulcro, educado en las formas, culto y, desde hace unos meses, responsable de un telediario “de autor” y algo así como director de contenidos en la televisión autonómica madrileña. El prologuista de este libro, Federico Jiménez Losantos, don Federico en las ondas de la Conferencia Episcopal Española, subraya en la biografía del autor que nunca haya sido un progre ni haya tenido tentaciones izquierdistas como él mismo, aunque no deja de extrañarle su “debilidad no tanto ideológica como política por los socialistas vascos, especialmente Redondo Terreros, pero también otros del PSE-PSOE que se han mostrado menos decentes, fiables y amigos de la libertad”. Se me ocurre pensar, don Federico, que el señor Yanke, de quien tanto espero discrepar en este comentario, sí es un liberal, no absolutamente un fundamentalista liberal, que ha convivido en el País Vasco, en momentos muy difíciles, con numerosos socialistas con los que ha compartido la trinchera de la libertad. Hasta el punto de no importarle escribir en un periódico socialista de Bilbao que tenía la vocación de llamarse El Liberal, como el de Prieto. No creo que las compañías de Germán Yanke a las que se refiere con sorpresa don Federico sean las más peligrosas para un liberal, aunque sea un liberal de derechas, sino las de quienes proclaman a quien quiera oírles –que ya son ganas– que no están dispuestos a permitir, en los medios que controlan, opiniones que no refuercen la línea editorial del conductor.

Pero vamos al libro. El autor lo califica como “manifiesto para desmontar una leyenda negra”. Para manifiesto es un poco extenso, 190 páginas con el prólogo, así que, en realidad, se trata de un ensayo periodístico al que, sin ánimo peyorativo sino descriptivo, podría denominársele también panfleto. Tal vez para huir de esa definición, Germán Yanke se apresura a afirmar que “aunque  a España se hacen constantes referencias en muchos de los capítulos, no se trata, sin embargo, de estudiar la derecha española, ni su confrontación ideológica con la izquierda española”. Verdad a medias: es cierto que, seguramente por la falta de referentes contemporáneos prestigiosos de la derecha española, los nombres citados de ese campo de pensamiento son escasos –Aznar, César Alonso de los Ríos, Gabriel Albiac o Amando de Miguel– pero no  es cierto que el objeto central del libro no sea la confrontación con la izquierda. En realidad, y eso es lo que hace que este breve ensayo se lea con apasionamiento, el propósito del autor no parece ser otro que el de dotar de munición argumental a las gentes de la derecha española, acosadas, a lo que parece, por una corriente dominante de izquierdas, hostil. Los títulos de los capítulos, de una extensión entre ocho y diez páginas cada uno, no dejan lugar a dudas: Sobre la derecha que acepta a regañadientes la democracia, Sobre la caricatura de la mano invisible, Sobre la derecha enemiga del bienestar, Sobre la derecha y la malvada globalización, Sobre la derecha servil al imperio, Sobre la derecha destructora del planeta, Sobre la derecha, señora de la guerra, Sobre la derecha y los colegios elitistas, Sobre los complejos de la derecha, o Sobre la derecha y la conspiración de la prensa.

Cada vez que en cualquier foro un desvalido hombre o mujer de derechas se sienta agredido por un perverso izquierdista que ose mencionar algunas tentaciones poco democráticas de la derecha española, su dependencia de los Estados Unidos, la guerra de Iraq, el incumplimiento de Kioto o el entusiasmo por la enseñanza privada en detrimento de la pública, no tiene más que acudir al manual del señor Yanke. Podrá mantener un diálogo civilizado con su interlocutor y, si tiene buena memoria, introducir alguna cita de Hayek o  de Lord Acton, abundantes en el libro. No es recomendable, sin embargo, para no entrar en seria contradicción con las tesis democráticas, por muy de derechas que sean, del señor Yanke, que el lector comulgue con el párrafo en el que el prologuista, don Federico, expone su concepto de Libertad, tras haber unido esa hermosa palabra a la de Igualdad, pero sustituyendo Fraternidad por Propiedad en el imaginario histórico. Transcribo el párrafo, para aviso de navegantes: “Libertad, obviamente individual, porque no hay otra. Los liberales no creemos en esas fantasías tribales de “la libertad de los pueblos” ni en los “derechos colectivos”, arrendados siempre a un déspota que los gestiona indefinidamente, llámese Lenin, Stalin, Hitler o Fidel Castro, sino en la protección del individuo frente a los abusos de los poderosos, sean del género maleante, mafioso o monopolista, sean del género despótico que habitualmente producen el Estado, el Gobierno y la Administración a través de cualquier tipejo provisto de un cargo público, un mandato electoral o un galón cualquiera”. El delirio liberal. La libertad de los pueblos –¿ni siquiera la del pueblo iraquí o, por Dios, la del pueblo cubano?–, una fantasía tribal. Y, por Dios, los derechos de los católicos, como colectivo, otra fantasía tribal. Iguales de déspotas los dictadores que los gobernantes elegidos democráticamente: ese despectivo “mandato electoral”, don Federico, como lo de “tipejos”. Qué susto.

Dada la condición de periodista de Germán Yanke, por otro lado un respetable poeta, unamuniano y biógrafo de Blas de Otero, me quiero detener en el capítulo dedicado a la prensa. El enemigo a batir intelectualmente es Chomsky, y con él, cómo no, esos intelectuales que se benefician de su presencia en foros, seminarios y publicaciones de la izquierda –nada parecido, por supuesto, a la menesterosa situación de los intelectuales de la derecha, sin fundaciones, cursos en universidades, diarios o revistas que acojan sus clandestinas ideas– para denunciar el llamado pensamiento único. Yanke (con una sola e, por favor) intenta desbaratar la idea de que los Estados Unidos disponen de un poderosísimo aparato mediático dispuesto a influir sobre la percepción de sus ciudadanos en temas tan cruciales como la intervención en una guerra.  Falso sería, por tanto, que todas las grandes cadenas de televisión norteamericanas hayan aceptado una autocensura respecto a la invasión de Iraq; falso también que hasta el New York Times haya tenido que terminar pidiendo perdón a sus lectores, a toro pasado, por haberlos engañado en función de haber seguido la doctrina de la Casa Blanca. Chomsky puede publicar en Estados Unidos o “dar sus conferencias en las zonas rurales de Kentucky”, argumenta Germán Yanke. Y Blas de Otero bajo una dictadura, don Germán...

Comparto con el autor –y con Hannah Arendt, oportunamente traída a colación– la idea de que la prensa, por sí sola, es incapaz de  modificar de inmediato el sentido del voto, y también en que el Estado, para garantizar la pluralidad, “debe establecer normas adecuadas para que los medios de comunicación operen con transparencia y a resguardo de excesivas concentraciones en la propiedad”. Disentimos, claro, en cuanto a que sea el mercado el que facilite que los distintos puntos de vista sobre la sociedad y la política tengan su correlato mediático. La discusión sobre la ideología dominante en la propiedad de los grandes medios de comunicación resulta ya cansina y poco estimulante. Trasciende los límites de la opinión y sólo serían verificables los argumentos si se tuviera acceso al intrincado mapa de las relaciones empresariales y el incesante flujo accionarial... en el que se mueven con mucha mayor comodidad y espacio los prohombres liberales, pese a las excepciones progresistas que figuran en cualquier libro de estilo de la derecha. El propio Germán Yanke no vacila en enfrentar al Wall Street Journal con Le Monde, como ejemplos de un diálogo en paridad de condiciones, ocultando que mientras el diario norteamericano es uno más en un colectivo amplísimo de similar ideología, el periódico francés es un viajero en escasa compañía.

Estamos ante un libro construido sobre la tesis de que existe una izquierda a la que puede caricaturizarse por el sencillo método de romper las fotografías o los retratos existentes. Así, para defender la altura intelectual de los inquilinos de la Casa Blanca, Germán Yanke los contrapone con “cualquier concejal de una aldea española, sobre todo si ha sido elegido en una candidatura progresista (que) sabe, aunque sus estudios sean inexistentes, su dicción imperfecta y sus ideas políticas no vayan más allá de molestar lo que se pueda a su antecesor en el cargo, que los presidentes de los Estados Unidos son unos incultos que desconocen la geografía del mundo y no han leído jamás una enciclopedia”. Escribe a continuación: “(...) Bastará con reseñar la idiotez de una crítica que se basa en presupuestos como los señalados”. Absolutamente de acuerdo. Muy estúpida es una crítica a la izquierda que se opone a ciertas decisiones políticas de los gobernantes estadounidenses, pero respeta y admira muchos signos culturales y sociales, actuales e históricos, de esa nación, inventando el maniqueo del paleto, analfabeto y, por supuesto, progresista.

 Es de suponer que se han convocado ya oposiciones para cubrir plazas en cualquiera de los centros de la Fundación Bush en España, pilotados por José María Aznar, y que éste es un texto preparatorio. Los alumnos que aspiren a nota no deben conformarse con leerlo, sino que pueden completar su preparación asistiendo a las clases de derechismo liberal aplicado que se imparten a las ocho y media de la tarde en las aulas de Telemadrid. Doña Esperanza Aguirre, teórica liberal que mantiene cerrados a cal y canto sus dominios a cualquier heterodoxia del pensamiento, otorgará los diplomas expedidos –¡oh, paradoja!– en un centro público de formación. No me duelen prendas al reconocer que a  la derecha española no puede negársele el mérito de la coherencia. Allí donde pueden sitúan sin ningún complejo las piezas que completan su rompecabezas ideológico. No pierden el tiempo en discursos sobre la  supuesta legitimidad que dan las urnas a la hora de subrayar ciertos mensajes en los medios públicos. Se escandalizan con una frase discutible de la señora Caffarel y colocan a Germán Yanke  en el prime time. Los liberales sí que saben.

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