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| Nº 608 - 21 de junio de 2004 |
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“El simple arte de escribir”, de Raymond Chandler LAS REFLEXIONES DE PHILIP MARLOWE Dashiel Hammett consiguió para la novela negra el reconocimiento de la auténtica calidad literaria, pero fue Raymond Chandler quien logró escalar con el género las más altas cimas. La serie de novelas que tienen como protagonista al detective Philip Marlowe se encuentran entre la mejor literatura del siglo XX. El gran sueño, Adiós, muñeca, La dama del lago o El largo adiós se sostienen sobre una trama espléndida que atrapa desde la primera línea, pero además contienen diálogos, comentarios, reflexiones y descripciones de una exquisita ironía y de un firme aliento poético. Chandler tuvo una vida complicada marcada por el alcohol. Tras perder su trabajo de contable en el negocio del petróleo probó suerte con la novela policíaca donde las cuentas le salieron mejor que nunca. Su éxito le introdujo en Hollywood y esto le permitió llevar una vida más desahogada. Pero el fantasma del alcohol le persiguió hasta la tumba y acabó sus días, tras morir su esposa, en un solitario deambular por hoteles de Europa y casas alquiladas del sur de California. Tres días antes de su muerte explicaba en una carta por qué no podía casar a Philip Marlowe: “Lo veo siempre en una calle solitaria, en cuartos solitarios, desconcertado, pero nunca del todo derrotado”. Él y Marlowe eran almas gemelas. Además de novelas, Chandler escribió innumerables artículos y ensayos cortos así como infinidad de cartas. De éstas se han publicado a lo largo del tiempo distintas selecciones. La editorial Emecé publica ahora en España una nueva selección editada por Tom Hiney, bajo el título El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Las cartas están dirigidas a editores, agentes o abogados. En ellas empieza abordando cuestiones prácticas o de negocios para terminar reflexionando sobre literatura, sobre el arte de escribir, sobre sí mismo o sobre cualquier cuestión inimaginable. Como apunta Hiney en el prólogo, “una carta a su contable sobre un asunto de impuestos puede terminar hablando de cine o ajedrez (este último descrito por Chandler como “el más grande desperdicio de la inteligencia humana después de la publicidad”). Chandler se consideraba un escritor forjado a fuego lento. En carta a Paul Brooks, quien planeaba publicar una recopilación de sus primeros cuentos, revela que “cuando empecé a escribir ficción tuve la gran desventaja de no tener absolutamente ningún talento para hacerlo. No sabía cómo hacer entrar un personaje en un cuarto, o cómo hacerlo salir. Perdían sus sombreros y yo también. Si había más de dos personas en escena a una de ellas no podía mantenerla con vida”. En ocasiones comentaba que quizás debía haberse dedicado a otro oficio. “Hay cosas que amo en la escritura –dice en otra carta–, pero es una profesión solitaria e ingrata, y personalmente habría preferido ser abogado, e incluso actor”. Como autor, Chandler se veía a sí mismo como una excepción, sin que de esta opinión se desprenda un ápice de vanidad. “Como escritor de novelas policíacas –escribe en una de sus cartas– creo que soy un poco anómalo, ya que la mayoría de los autores de novelas policíacas de la escuela norteamericana son apenas semianalfabetos, y yo no sólo soy alfabetizado sino un intelectual, por mucho que me disguste la palabra”. En otra carta sentencia que “el noventa por ciento de las novelas policíacas están escritas por gente que no sabe escribir”. Una de sus distracciones favoritas era empezar a leer una novela por el final. “Después –decía– me divierto viendo cómo el autor trata de disimular las huellas”. Era un intelectual a su pesar, pero se esforzaba por huir de todo tipo de intelectualismo al enfrentarse a la página en blanco. “Ningún escritor –le dice a Charles Morton, director de la revista Atlantic Monthly- escribió nunca exactamente lo que quería escribir, porque nunca hubo algo dentro de él, algo puramente individual que él quisiera escribir. Todo es reacción de una clase o de otra. Oh, al diablo con todo eso. Las ideas son venenos. Cuanto más se razona, menos se crea”. Deseaba escribir historias, no agudas reflexiones. “No estoy interesado –decía– en complacer a los intelectuales escribiendo crítica literaria, porque la crítica literaria como arte en estos tiempos tiene un alcance demasiado estrecho y un público demasiado limitado, lo mismo que la poesía”. En una carta dirigida a Erle Stanley Gardner, el creador de Perry Mason, resume su filosofía literaria afirmando que el público de todos los tiempos “se volverá con alivio hacia el hombre que le cuente una historia y nada más. Decir que lo que ese hombre escribe no es literatura es como decir que un libro no puede ser bueno si provoca ganas de leerlo”. Gardner era para él la referencia de la que se nutrieron sus primeros escritos. Mientras dictaba la carta anterior tenía “dos estantes de gardners frente a mí, y sigo comprando para completar la colección”. “Cada página –decía– arroja el gancho a la siguiente. Yo encuentro que para eso se necesita una especie de genio. Me considero un lector bastante exigente; las historias policíacas como tales no significan nada para mí. Pero si tengo media docena de libros sin leer junto al sillón, y uno de ellos es un Perry Mason, tomo el Perry Mason y dejo a los otros esperando; lo que significa que ese libro debe de tener alguna cualidad.” Así como reconocía el magisterio de Gardner, podía ser implacable con otros escritores famosos, aunque siempre salvaba de la quema a Dashiel Hammett. En carta a Blanche Knopf, esposa de su editor Alfred Knopf, dice que “espero que llegue el día en que no tenga que ver mi nombre junto al de Hammett y James Cain (autor de El cartero siempre llama dos veces), como un mono de organillo. Hammett está bien. Le concedo todo. Hubo una cantidad de cosas que no supo hacer, pero lo que hizo lo hizo excelentemente. Pero James Cain… ¡Por favor! Todo lo que toca queda oliendo a chivo. Es, en todos los detalles, la clase de escritor que yo detesto, un faux naïf, un Proust en guardapolvo grasiento, un niñito de mente podrida con una tiza y una pared y nadie mirando”. En cualquier caso, Chandler sentía un profundo desprecio por aquellos que consideraban a la novela policíaca como algo poco serio: “Cuando me preguntan, como lo hacen a veces, por qué no pruebo a escribir una novela seria, no discuto; ni siquiera les pregunto a qué se refieren con una novela seria. Sería inútil. No sabrían qué decir. Esa pregunta es la que podría hacer un loro”. La correspondencia con sus editores ofrece algunos de los pasajes más divertidos de este volumen. Algunos resultarán tremendamente familiares a cualquier escritor actual. Por ejemplo, cuando termina una misiva a Knopf diciéndole: “Espero tener un libro pronto. Estoy tratando de pensar un buen título para que ustedes quieran cambiármelo”. O cuando se dirige a la esposa del editor, escandalizado por lo poco que ganaba con las ediciones baratas de sus primeras cuatro novelas, y le pregunta: “¿Está bien que una venta de un millón de ejemplares le reporte al hombre que creó el material vendido no más de siete mil quinientos dólares? Esto necesita una respuesta. No creo que esté bien. Creo que el autor en todas las reediciones debería tener un pago mínimo del 10% del precio de venta. Todo lo que sea menos me deja pensando qué pasa”. Chandler sabía ser también agradecido, como lo demuestran sus opiniones sobre el cine, gracias al cual pudo permitirse una vida cómoda durante una larga temporada. En un informe sobre la ceremonia de los Oscar de 1946 que le encargó el Atlantic Monthly, escribió que “los que desdeñan el cine por lo general se satisfacen diciendo que es una forma de entretenimiento de masas. Como si eso significara algo. La tragedia griega, que sigue siendo considerada muy respetable por la mayoría de los intelectuales, era entretenimiento de masas para el ciudadano ateniense”. Chandler argumenta que “razonablemente podría decirse que todo arte en algún momento y de algún modo se vuelve entretenimiento de masas, y si no lo hace muere y es olvidado”. Y concluye: “No sólo el cine es un arte, sino que es el único arte enteramente nuevo que ha aparecido en este planeta en cientos de años”. Por la televisión no sentía la misma simpatía. Con su implacable ironía decía en una de sus cartas a Morton que “la televisión es perfecta. Basta con girar los botones, arrellanarse en el sillón y vaciar la mente de todo pensamiento. Y ahí queda uno, contemplando las burbujas que se forman en el barro primigenio. No tiene que concentrarse, no tiene que reaccionar. No tiene que recordar. No se extraña el cerebro porque no se lo necesita”. Para Chandler “la televisión es sólo una cara más de ese considerable segmento de nuestra civilización que nunca tuvo ninguna norma salvo el dinero”. Y como remate añadía: “La televisión le hace algo a la gente que la radio no le hacía. Le impide formarse cualquier clase de imagen mental y le fuerza a mirar en su lugar una caricatura”. Hay en este libro páginas memorables de enorme interés sociológico e histórico y reflexiones sumamente interesantes sobre la actividad creativa o sobre las relaciones con las gentes de su tiempo. Pero quienes más van a disfrutar de estas cartas y ensayos son los lectores incondicionales de Raymond Chandler que, una vez leídas y releídas todas sus novelas y relatos cortos, echaban de menos ese humor a veces tierno, a veces ácido, y ese conocimiento de la naturaleza humana que le han hecho un hueco entre lo más selecto de la historia de la literatura. |